Las siete palabras

Mons. Amadeo Rodríguez  Queridos diocesanos:

Esta semana Santa quiero acompañaros con una sencilla meditación sobre las palabras de Jesús en la cruz. Ospido entonces que entréis en la intimidad de su corazón, que aún latía de amor por nosotros. Recordad lo que dice San Pablo: “me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20). Os invito también a encontraros con su Padre y Padre nuestro, pues también Él estaba en la cruz con su Hijo e interviene en nuestro favor. De Él decía Maritain: “Si los hombres supiesen que Dios sufre con nosotros y mucho más que nosotros por todo el mal que asola la tierra, muchas cosas cambiarían sin duda, y muchas almas serían liberadas por esa verdad del corazón de Dios”. Y, por supuesto,  os recuerdo que junto a la cruz, en la que estaba elevado el Hijo, con lágrimas en los ojos y en el corazón, estabala Madre. Ella era, tras el Padre, que nunca falta a la cita en la misión de Jesús, la más íntima, la más sólida aliada en este trance de pasión, por dolor y por amor. Ella le dio a su Hijo un corazón para cobijarse y un regazo en el que reposar al bajar de la cruz.

Recompuesta la escena con todos los interlocutores, escuchemos al Señor: La primera palabra es de perdón, y pertenece, por eso mismo, a la esencia del Evangelio. Jesús ofrece en la cruz el perdón que había proclamado en el Sermón de la Montaña. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Detrás de tanta ignominia, Jesús, que conoce los corazones en su más íntima verdad, ve en cuantos cooperan en su muerte más que nada ignorancia. Por eso, no sólo no condena, sino que abre la puerta ala conversión. La ignorancia aceptada elimina la culpa.

La segunda palabra es también una puerta a la esperanza. “En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). El buen ladrón, más allá de la burla de su compañero, ha sido capaz de ver en Jesús, a pesar de estar en la cruz sin poder, al verdadero Rey. Y Jesús, que sabía que podía prometer el paraíso, le ofrece la verdadera salvación del hombre, le ofrece la certeza consoladora de que, incluso después de una vida equivocada, la misericordia de Dios puede llegar, aunque sea en el último instante.

La tercera palabra es para su Madre. “Madre, ahí tienes a tu Hijo; hijo ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). Se trata de un gesto totalmente humano del Redentor cuando está a punto de morir: no quiere dejar sola a su Madre y le da un hijo y un nuevo hogar en el corazón de Juan. Pero también es un gesto divino, porque Jesús sabe que de este modo le está dando a María una nueva misión: ser madre espiritual de la Iglesia.

A la hora de nona Jesús exclamó con voz potente su cuarta palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; MC 15,34). ¿Qué significa este grito? Jesús recita el Salmo 22, en un a oración de intimidad con su Padre y lo hace en solidaridad con todos los seres humanos. Esta oración tiene entrañas de redención: Jesús lleva ante el corazón de Dios el grito de angustia del mundo atormentado y dolorido por la ausencia de Dios. Jesús asume así el clamor de los que se sienten desamparados y lo transforma. En esta oración el Hijo tiene la certeza de que será escuchado, de que habrá respuesta divina de salvación para los hombres.

“Tengo sed” es su quinta palabra. (Jn 19,28). Jesús es el justo que sufre, que tiene sed. Los que le escuchan le dan lo que estaba previsto que bebieran los moribundos. Se cumple así el salmo 69: “En la sed me dieron vinagre”. Prestemos especial atención a esta palabra, porque Jesús habla en clave espiritual. Nos dice: tengo sed de vuestro amor. En realidad el amor es el fruto que cabría esperar de las criaturas de Dios. Sin embargo, cuántas veces nuestra respuesta al amor solícito de Dios es un corazón agrio.

Para Juan, la última palabra de Jesús es: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). Jesús amó a los suyos hasta el extremo. Ese es el momento culminante no sólo de su vida, sino de toda la creación: en la muerte de Jesús se realiza la salvación de la humanidad. Este es el cumplimiento al que se refiere esta sexta palabra: Jesús ha realizado el amor de Dios hasta el final, hasta el límite, hasta más allá del límite, más allá de su muerte.

Y Jesús murió orando en la hora nona. EnLucas, su séptima palabra está tomada del salmo 31: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esta palabra es el testamento espiritual de Jesús: él vive y muere en la voluntad de Dios, poniéndose en la voluntad del Padre que le ha enviado al mundo. Y lo hace en oración. Jesús transforma su muerte en una oración.

Santa semana de pasión, muerte y resurrección.

+Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.