La solemnidad de la Anunciación y la Jornada anual en favor de la vida

Mons. Ureña     Hoy, día 25 de marzo, celebramos el V domingo de Cuaresma. En él contemplamos a Cristo resucitando a su amigo Lázaro y ofreciéndose al mundo como la resurrección y la vida del hombre. “Yo soy – dice el Señor a Marta, hermana de Lázaro – la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26).

Y, al tiempo que contemplamos a Cristo como vida del mundo, abrimos los ojos a mañana lunes, día en el que celebraremos la Anunciación del Señor, solemnidad trasladada este año del 25 al 26 por exigencias obvias del calendario litúrgico.

También la solemnidad de la Encarnación tiene como centro a Cristo, vida de Dios y vida del hombre. Con razón la Conferencia Episcopal Española ha elegido la solemnidad de la Anunciación como día plenamente adecuado para celebrar la Jornada anual pro-vida.

Año tras año, al celebrar la solemnidad de la Anunciación, traemos a la memoria el hecho central de la historia de la salvación: la concepción virginal de la segunda Persona de la Trinidad Santa, del Verbo de Dios preexistente y eterno, en el seno purísimo de María, llevada a cabo por la acción del Espíritu Santo. Como dice el Ángel a la Virgen en el conocido texto del Evangelio de Lucas, “concebirás en tu vientre y darás a luz a un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31). Y, respecto de cómo ocurrirá esto, prosigue el Ángel con estas palabras: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).

Pues bien, Cristo, que es la vida de Dios, viene al mundo, se encarna, se hace hombre, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf Jn 10, 10).

Naturalmente, la vida a la que se refiere el Apóstol es aquella vida “nueva” y “eterna”, que consiste en la comunión con el Padre y a la que todo hombre está llamado a participar en el Hijo por obra del Espíritu.

De este modo, la vocación a la vida sobrenatural inscrita por Dios en la vida humana y la posibilidad de realizarla por medio de Cristo nos hacen ver la grandeza y el valor de la vida incluso en la fase temporal de ésta, al tiempo que subrayan el carácter relativo de la vida terrena.

Pero esta grandeza de la vida humana, que es, sin duda, el primero de todos los valores humanos, no sólo la descubre el creyente por la fe. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf Rom 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y puede afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo.

Con todo, los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover tal derecho, pues lo que dice la razón lo corrobora acrecidamente la fe.

Asumir esta tarea es urgente en nuestro tiempo, pues cada vez son mayores las amenazas a la vida humana, sobre todo cuando ésta es débil e indefensa, lo que ocurre con la vida concebida y no nacida, sometida, más de una vez al aborto, y con la vida en su fase final, víctima a veces de la así llamada “eutanasia”.

Pero la peor de las amenazas contra la vida se encuentra, sin duda, en el hecho de que, desde hace ya tiempo, se está delineando y consolidando una nueva cultura que trata de justificar no pocos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual y pretende gozar, para perpetrar aquéllos, no sólo de la impunidad, sino también de la autorización explícita por el Estado.

Así las cosas, como dice el beato Juan-Pablo II en Evangelium vitae, “si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo que atañe al valor fundamental mismo de la vida humana” (Evangelium vitae, nº 4).

Saludo desde “Iglesia en Zaragoza” a todas las instituciones y personas comprometidas en nuestra diócesis en la lucha por la defensa de la vida. Permitid que cite a Einkaren, que lleva ya 15 años de feliz andadura y en cuyo seno más de 600 mujeres han podido ver y disfrutar de la sonrisa de sus hijos. Demos las gracias a su abnegada presidenta, Dª Teresa González.

Y os recuerdo que hoy, día 25 de marzo, domingo V de Cuaresma, tendrá lugar una concentración del Movimiento pro-vita en la Plaza del Pilar, de Zaragoza, a las 12 del mediodía. Y, a las 13 horas, en la catedral-basílica de Nuestra Señora del Pilar, celebraremos la santa misa por los frutos de la Jornada en favor de la vida.

 

† Manuel Ureña

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.