Día del Seminario 2012

Mons. Braulio Rodríguez    Pasión por el Evangelio es lo que el Seminario emprende cada año para que sea una fuerza en los seminaristas, que les permite formarse con ardor en una tarea preciosa: ser pastores para el resto del Pueblo de Dios, la Iglesia; pasión por el valor y la riqueza que supone para la humanidad el Evangelio de Jesucristo.

En definitiva, pasión por Cristo, al que ellos tienen que conocer y amar, para llevarlo a los demás. Los seminaristas tienen que aprender cómo ir a los que no vienen, cómo ofertar una propuesta de vida; y se aprende amando y teniendo muy en el corazón lo que pronto serán: sacerdotes de Jesucristo.

También yo «al verlos, compruebo de nuevo cómo Cristo sigue llamando a jóvenes discípulos para hacerlos apóstoles suyos, permaneciendo así viva la misión de la Iglesia y la oferta del Evangelio al mundo». Son palabras de Benedicto XVI en la Misa que él celebró en agosto pasado con los seminaristas en Madrid, durante la JMJ.

No se puede hoy ser seminarista ni ser sacerdote sin una alegría interior que lleve a la acción y que viene de la oración y del conocimiento profundo de lo que es la Iglesia de la que formo parte. Me refiero a la Iglesia Católica y la Iglesia particular de Toledo. El Seminario ofrece encauzar esa potencia de fe que supone aceptar que Cristo me ha llamado, que no me pertenezco y que entro en una comunidad educativa cristiana muy peculiar, que me permite dar lo mejor de mí mismo. Los elementos educativos o dimensiones de formación en el Seminario son muy concretos y facilitan la vivencia de la gracia que supone la amistad con Cristo y de Cristo, que me hace feliz. Al servicio de estas dimensiones están el Rector y los formadores y padres espirituales; también los profesores, los párrocos de cada seminarista; y no olvido a todos cuantos les rodean: sus padres (sobre todo en el Seminario Menor), sus amigos, las parroquias con las que tienen contactos, los movimientos apostólicos, y un largo etcétera. Mucha gente, porque la formación de los futuros pastores debe interesar e interesa a todo el santo Pueblo de Dios.

A la revista Forbes, que nada tiene que ver con los Seminarios, pero que, especializada en el mundo de los negocios y las finanzas, le interesa saber quién es más feliz en su profesión, tal vez para mayor rendimiento personal a favor de la empresa. Esta publicación curiosamente publicaba una lista de esas «profesiones» más gratificantes y colocaba a los sacerdotes católicos y pastores protestantes a la cabeza de ella. No es que sea un dato absolutamente fiable ni creo que deba ser determinante para que aumente el número de los seminaristas. Sí que indica una verdad: cuando uno se entrega a Cristo que llama y responde aún con sus limitaciones, se produce en el ser humano una armonía impresionante, sea cual fuere la vocación eclesial a la que nos ha llamado el Señor. Es normal: Cristo es el centro de la historia, es el Hijo de Dios, verdadero hombre, incondicional disponibilidad para nosotros, Verdad que nos hace libres, acogida del Padre de los cielos con quien nos da a cada uno el Espíritu Santo para vencer tentaciones y gozar íntimamente del misterio de Dios, que es el misterio de la vida y de la muerte, el sentido más profundo de la existencia humana.

Todos los que formáis conmigo la Iglesia de Toledo estáis, pues, implicados en crear o mantener una cultura vocacional, de manera que en cada comunidad cristiana surjan vocaciones al sacerdocio y en ese ambiente vocacional puedan crecer niños, adolescentes y jóvenes, capaces de ir al Seminario como a un lugar serio, pero amable, centro de la vida de la Diócesis, lugar para la valentía y la acogida de los dones de Dios y de esas llamadas (vocación) a ser sacerdotes. Todos podéis colaborar en esta tarea; también con la aportación económica, pues «se llega con dificultad a fin de mes» también en el Seminario, que hace un ejercicio responsable de austeridad y de ahorro, para salir adelante.

Es mentira, entonces, que los sacerdotes sean hombres amargados, apartados del mundo y escasamente comprometidos con los problemas reales de la sociedad y de los hombres y mujeres a los que sirven. Miren a su alrededor. Piensen en sus sacerdotes concretos, no en lo que dice la cultura dominante y los grandes «santones» de la sociedad mediática. Si el sacerdote es feliz, no es por su estatus social, ni por la remuneración económica. La felicidad viene y ha de venir de otra realidad: la entrega a Jesucristo y a su Iglesia en la vida real de cada día. Todo cual no quiere decir que el sacerdote no experimente en ocasiones las dificultades de la evangelización y los obstáculos para que se dé en sus comunidades una vida auténticamente cristiana; que no sienta soledad y que, en su acompañar a las personas, se sienta limitado; también por sus pecados y limitaciones.

Repito: ser sacerdote y, antes, seminarista, es una cuestión de pasión por el Evangelio de Cristo, por Cristo en definitiva. Pero una pasión de estas características sólo puede nacer del corazón de Dios, quien se ha apasionado primero por el hombre. El mismo Dios, que nos ha mostrado su predilección por sus criaturas, es quien toca el corazón en la intimidad de cada hombre, quien suscita la pasión por el Evangelio en cada ser humano, especialmente en aquellos a quienes llama a ser testigos en la Iglesia de la incesante fecundidad del Evangelio de Cristo: los sacerdotes.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.