La hora de la verdad

Mons. Santiago García Aracil   Queridos jóvenes:

Quiero dirigirme a vosotros con todo afecto y esperanza. Confío en que Dios quiere hacer cosas grandes en vosotros, como las hizo en la Santísima Virgen en los preciosos años de su juventud. Permitidme que os hable claramente de lo que pienso y de los que me gustaría que pensarais. Estoy seguro de que me entenderéis y de que, al menos en alguna ocasión pensaréis en lo que os digo. Es muy importante para vosotros, para la Iglesia y para la sociedad. Pero no os asustéis; las cosas verdaderamente importantes son bastante má sencillas de lo que parece.

1.- ¡CUÁNTAS COSAS SOMOS CAPACES DE DECIR COMO SI LAS CREYÉRAMOS DE VERDAD!

Hay muchos momentos en nuestra vida que empleamos  dialogando,  exponiendo, unas veces, verdaderas convicciones personales; y, otras veces, expresando espontáneamente, en el curso de una conversación, algo que nos viene a la mente y en lo que intuimos visos de verdad, de probabilidad o de interés para el bien de nosotros mismos, de las demás personas, de la Iglesia, o de la sociedad. Y nos constituimos en defensores y propagandistas de todo ello.

En algunas ocasiones podemos sorprendernos incluso manifestando ilusiones muy seriamente valoradas, o deseos de futuro en los que podríamos empeñarnos con satisfacción. ¿Quién no se ha entusiasmado contemplando un ideal de vida admirado al verlo realizado valientemente por otras personas? Yo sé, queridos jóvenes, que esto os ocurre en muchas ocasiones y respecto de diferentes aspectos de vuestra vida. Sin miedo a equivocarnos podríamos decir que, en esos momentos, no faltaba la sinceridad muy lejana, por supuesto, de toda pedantería. Pero con las mismas probabilidades de acierto, podríamos afirmar, también, que todo ello no siempre estaba motivado por una suficiente reflexión y por la decisión de asumir como objetivo propio aquello que exponíamos, quizá, con tanto entusiasmo.

2.- UN PELIGRO QUE DEBEMOS EVITAR

Todo ello nos  lleva a concluir que, muchas veces, corremos el peligro de valorar y defender públicamente lo que todavía no hemos madurado en  nuestro interior y que, por tanto, no ha podido adquirir la seriedad de un verdadero compromiso.

No quiero decir, en absoluto, que solo se pueda valorar y exponer con espíritu veraz y son buen sentido aquello que haya de pasar necesariamente a constituir un ideal de nuestra vida. Uno puede admirar y defender los valores del alpinismo y, en cambio, tener asumido que, dadas sus condiciones físicas, nunca formará parte de su dedicación. Uno puede admirar y defender los valores de la vida contemplativa, a sabiendas de que el monacato no es compatible con su condición de esposo y padre de familia. Hay que tener un espíritu abierto y un temple suficientemente educado, como para estar siempre de parte de la verdad en cualquiera de sus auténticas manifestaciones. Luego, llegará el momento en que tengamos que decidir qué manifestación de la verdad corresponde a cada uno como la propia vocación y dedicación de por vida.

3.- LA DIFERENCIA ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA

Pero sí quiero decir que debemos estar muy atentos; porque, respecto de determinadas formas de vida, o respecto de una posible vocación concreta, podemos adoptar actitudes y comportamientos teóricamente muy favorables, sin llegar a plantearnos con sinceridad si ese debiera ser el camino para nuestra vida; sobre todo sui está dentro de nuestras posibilidades. ¿No pasa esto con muchos de  los propósitos que nunca llegaron a  cumplirse?  Lo grave del asunto está en que, la propia experiencia de propósitos incumplidos, y el olvido habitual de aquello que teóricamente, y hasta con entusiasmo, valoramos y defendimos en otro momento, pueda llevarnos a establecer una separación habitual entre el pensamiento y la vida, entre la valoración de un ideal o de una vocación y la atención que le prestemos en nuestros planteamientos personales.

Tengamos presente que en la vida humana hay momentos para teorizar, para soñar, e incluso para defender, como si fuera cosa propia, una forma determinada de vivir;  y otros momentos en que esas teorías, esos sueños y esas defensas verbales, han de plantearse como un verdadero interrogante personal que nos interpela profundamente. Ese momento es el que, ya en el título que encabeza estas líneas, he llamado “la hora de la verdad”.

4.- LA HORA DE LA DECISIÓN, LA HORA DE LA VERDAD

A todos nos llega la hora de los planteamientos personales y el momento de asumir el compromiso formal, decidido y gozoso de entregar nuestra vida a una vocación concreta. Lo que entonces hay que pensar muy seriamente es si acaso estamos convencidos de que toda decisión supone una opción preferencial no siempre compatible con otras dedicaciones igualmente apetecibles y legítimas. Más todavía: hay que pensar que, cuando la vocación pide la entrega de la propia vida, como es el caso del matrimonio, del sacerdocio, o de la Vida Consagrada, por ejemplo, no se puede programar la propia entrega como provisional ni como compatible con otras formas de vida propias de otras vocaciones.

La entrega vocacional ha de ser definitiva. Es una respuesta a Dios que nos llama, y  a Dios no podemos decirle fríamente que estamos dispuestos a hacerle caso solo durante un tiempo. Para ser capaces de tomar una decisión firme que embargue nuestra vida entera es necesario poner toda la confianza en Dios que nos ha llamado, que nos pide esa dedicación por nuestro bien y por el bien de quienes nos rodean. Por tanto, no tenemos derecho a poner plazos ni condiciones.

La respuesta firme y definitiva a Dios, sin plazos ni condiciones, no es problema exclusivo de la capacidad de decisión y compromiso de cada uno. El problema a la hora de responder a la vocación divina está, sobre todo, en plantearnos muy seriamente de quién nos fiamos más: si de Dios o de nosotros.

5.- ¡CUIDADO CON EL ARREBATO DE ENTUSIASMOS MOMENTÁNEOS

Las decisiones no deben ser fruto de arrebatos ni de planteamientos ciegos, emotivos, o simplemente entusiastas. Han de ser pensados considerando los pros y los contras. Pero esto no puede pensarse rectamente sólo desde uno mismo. Estamos tan cerca de nosotros mismos, que el árbol de nuestros propios sentimientos y cavilaciones puede impedirnos ver el bosque de la vida en su conjunto. Nuestra reflexión solitaria carece de perspectiva suficiente para discernir y decidir sobre cosas tan importantes. Por eso, además de la oración y la reflexión personal, es imprescindible la orientación de quien tiene mayor experiencia. Vosotros veréis lo que debéis hacer y a quien debéis recurrir para tomar una decisión acertada que os permita ser fieles a Dios más que a vosotros mismos.

6.- A VOSOTROS, PADRES

Queridos padres: Lo que he dicho a los jóvenes tiene que ver también con la parte que os corresponde en el descubrimiento, discernimiento y seguimiento de la vocación de vuestros hijos. Pero hay algo que os concierne de modo especial. Vosotros, como los primeros educadores de vuestros hijos, incluso en la vivencia de la fe cristiana, estáis llamados a la excelsa misión de mirar a Dios en vuestros hijos, sin sucumbir al peligro de miraros vosotros mismos en ellos. Cuidado con el peligro de pensar en vuestros hijos en quienes han de satisfacer vuestros sueños afectivos. No sería justo supeditar la vocación de vuestros hijos al deseo, explicable pero no correcto, de ver cumplidas en ellos vuestras ilusiones personales. La auténtica grandeza de vuestros hijos, su mayor felicidad, y la forma insustituible de que alcancen la plenitud para la que Dios les ha creado está en que sigan el camino que el Señor les ha señalado. Y el mayor motivo de vuestra auténtica felicidad como padres, estará, aunque a simple vista no lo parezca algunas veces, en suplicar al Señor que os ayude a encauzar la vida de vuestros hijos por el camino que Dios ha elegido para ellos.

Yo os pido con toda el alma, que colaboréis a que vuestros hijos asuman con verdadera responsabilidad, con valiente decisión, con sencillez y con esperanza, responder generosamente a la llamada del Señor, sea cual sea. No sucumbáis a la tentación de proyectar en ellos vuestros sueños e ilusiones, por muy legítimas que sean a la vista humana.

Pedid a Dios que os ayude a desear sinceramente para vuestros hijos lo que Dios quiere de ellos. Y que os conceda la gracia de sembrar en su corazón la alegría que supone fiarse plenamente de Dios y entregarse generosamente a lo que Él pide a cada uno. 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
Acerca de Mons. Santiago García Aracil 73 Articles
ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".