Juan de Ávila, el hombre que hablaba con Dios

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Este “predicador evangélico”, tal como lo llamaba fray Luis de Granada, se había encontrado con Jesucristo.

– Lo encontró cuando se volvió a su casa después de estar estudiando Leyes cuatro cursos en la prestigiosa Universidad de Salamanca y dedicó tres años de su juventud a reflexionar y a orar.

– Lo encontró en los pobres con quien repartió su cuantiosa fortuna heredada de sus padres y a los que invitó a su mesa para celebrar su ordenación de presbítero y primera misa solemne.

– Lo encontró ¡y de qué modo! Los dos años que estuvo recluido en las cárceles de la Inquisición, allá, en los sótanos del castillo de san Jorge, junto al puente de Triana de Sevilla. Lo absolvieron completamente de las falsas acusaciones que le habían hecho; pero lo importante es que salió de aquella cárcel mucho más enriquecido que si hubiera quedado con las minas de plata que heredó, porque el Señor le salió a su encuentro y le hizo gustar el misterio de su entrañable amor que, en adelante, centró la vida espiritual y apostólica del Santo Maestro.

– Lo encontró después en cada esquina, en cada calle y plaza de las que recorrió predicando, en los que oyéndole se convertían de su vida pasada, en los que le consultaban y pedían consejo, en los niños y jóvenes a quienes enseñaba el catecismo y la doctrina cristiana, en los padres y madres de familia que le seguían para escucharle… En cada persona, circunstancia y lugar porque, como se había acostumbrado a mirarlo todo después de haber mirado mucho a Dios, le veía por doquier.

Quien se encuentra con Jesucristo no tiene más remedio que decírselo a los demás. Y hace todo lo que está a su alcance para no perder el tesoro.

Antes de subir al púlpito o de evangelizar por las calles y plazas, pasaba muchas horas en oración. El Licenciado Muñoz, el del elefante, decía del Santo Maestro que “vivía de la oración, en la que gastó la mayor parte de su vida”. Así se explica que el Maestro Juan de Ávila, hablando de la oración dijera cosas como estas:

“Graciosa y muy agradable oración haréis si, dondequiera que os halláredes, alzardes vuestros corazones a Dios y lo tuvierdes presente en vuestra memoria. ¿Quién os estorbará que no podáis hacer esto?”.

“No tener algunos ratos de ella [de oración]. Sería yerro muy grande”.

“Las almas se ganan con las rodillas”.

“Si tuviésedes callos en las rodillas de rezar y orar, si importunásedes mucho a Nuestro Señor y esperásedes de Él que os dijese la verdad, otro gallo cantaría. ¿Quieres que te dé su luz y te enseñe? Ten oración, pide, que darte ha. Todos los engaños vienen de no orar”.

“Comunicaos con Él, recogeos un poco a solas con Él en vuestro rinconcillo, si queréis sanar de vuestros males”.

“Perseveremos en mirar a Dios”

Juan de Ávila dedicó mucho tiempo a la oración. Luis Muñoz decía también que “No predicaba sermón sin que por muchas horas la oración le dirigiese”, y que “cuando había de predicar, su principal cuidado era ir al púlpito bien templado”; es decir, habiendo hablado antes con Dios de lo que había de comunicar a los demás.

No sabemos si recibió o no muchas gracias espirituales extraordinarias, pero sí una, que representa este grabado de la segunda mitad del siglo XVIII, realizado por Juan Bernabé Palomino, en el que se inspiraron muchos otros después. Cuando el Maestro Ávila estaba orando delante de un gran Crucifijo, oyó estas palabras: MAGISTER, DIMITTUNTUR TIBI PECATA TUA” que, como se ve, en el grabado están escritas al revés, saliendo de la boca de Jesús.

Lo que pone en la cartela de debajo es: “El V[enerado] P[adre] M[aestro] JUAN DE ÁVILA, Predicador apostólico. Varón de Vida y Virtudes Evangélicas; natural de Almodóvar del Campo, (cuya beatificación se trata con eficacia). Murió en Montilla a 10 de Maio de 1569, a los 69 de su edad”.

Reflexión: ¿Por qué le llamarían “Predicador apostólico”?.

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