¿Son muchas o pocas vocaciones al sacerdocio?

Mons. Adolfo González    La fiesta de San José nos coloca, una vez más, ante la llamada vocacional del día del Seminario. Los analistas tratan de interpretar las cifras de los seminarios, para concluir de forma perentoria si estamos o no ante un retroceso de las vocaciones sacerdotales. Las conclusiones no son fáciles de extraer, porque lo que sucede hoy en el primer mundo no es tan homogéneo como algunos creen; y hay situaciones diversas incluso en las Iglesias de un mismo país, en las Iglesias de Europa y las de los demás continentes. Si por una parte la disminución de vocaciones tanto al sacerdocio como a la vida consagrada, aunque mucho más a esta última vocación, es un fenómeno constatable en los países del llamado primer mundo, los seminarios conocen un notable crecimiento en algunos países hermanos de Hispanoamérica y en África.

Por lo que nos afecta, sin perder la perspectiva global, nosotros tenemos que centrar nuestra atención en nuestro país. En España aumentaron casi un 15% las ordenaciones sacerdotales en el curso 2010/2011 con relación al curso anterior, aun cuando el número de seminaristas fue el mismo. Así de 149 ordenaciones en 2009 se llegó a 162 en 2010; y de 2.227 seminaristas mayores en 2009 se descendió a 2.224 en 2010. La variación de la cifra carece de significación, ya que esta oscilación va con la naturaleza de la estadística. En números redondos, los seminaristas menores serían otros 1.500  muchachos desde la infancia madura (11/12 años) a adolescentes y jóvenes hasta los 17/18 años.

¿Son muchos o pocos para una población como la española que alcanza los 46 millones de habitantes, de los cuales alrededor del 74 % se declaran católicos? Es verdad que la sociedad española tiene un segmento de no católicos que ha crecido en las dos últimas décadas. Se trata de un porcentaje que ha aumentado, como es sabido, por la inmigración, con cifras conocidas, aunque las dificultades económicas están contribuyendo a modificarlas; y es verdad también que más del 55% de los católicos españoles son poco o nada practicantes, aun cuando sus sentimientos sean cultural y sociológicamente católicos. Ahora bien, también es verdad que el catolicismo español encuentra su reflejo vigoroso en la encuesta del Centro de Investigaciones Sociales del pasado 12 de febrero del año en curso, según la cual, aun cuando ha avanzado en la última década el proceso de secularización de la sociedad, los datos que arroja la encuesta son relevantes, porque el fenómeno de secularización es un fenómeno globalizado en el área sociocultural en Europa.

La encuesta, en efecto, permite constatar que alrededor de un 25 % de la población practica habitualmente la fe que profesa, distribuida entre un 15 % que asiste a Misa a diario, o bien todos o casi todos los domingos, y un 10 % por ciento que lo hace varias veces al mes. Pues bien, esta población reclama la atención de sacerdotes que presten la debida atención a sus necesidades espirituales y les  ayuden pastoralmente a afrontar el sentido de la vida a la luz de la fe en Jesucristo. Necesitan tantos millones de seres humanos que se les anuncie la salvación revelada y acontecida en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús; es decir, necesitan, porque así lo quieren positivamente en razón de sus convicciones cristianas, que haya sacerdotes que les guíen y acompañen orientando espiritualmente su conciencia moral y la sostengan  con el ejercicio del ministerio sacerdotal, con la celebración del culto y la predicación evangélica e instrucción cristiana.

¿Tenemos muchas o pocas vocaciones para mantener los sacerdotes necesarios al servicio de la población católica? ¿Son suficientes para ayudar a los bautizados más conscientes a afrontar la nueva evangelización que reclama una sociedad todavía culturalmente cristiana, pero alejada de la práctica consecuente de su fe? La respuesta que es más habitual es esta: la falta de vocaciones es resultado del estado de la sociedad cristiana que tenemos, y si faltan vocaciones es que la comunidad cristiana se halla imbuida de la mentalidad de una sociedad en la cual no se valora suficientemente el significado para la vida humana del ministerio de los sacerdotes y, por eso mismo, se valora también poco su realidad social. En términos generales es así, pero no del todo.

Hay que señalar, en concreto, y tenerlos muy en cuenta algunos factores determinantes de la escasez de vocaciones, sobre todo la descomposición de la familia como ámbito de socialización de la fe y orientación vocacional; y, con ella, la influencia de la escuela, notablemente presionada por un sistema educativo demasiado condicionado por la ideología de lo cultural y políticamente correcto. Hay además menos vocaciones porque también es menor el porcentaje social de adolescentes y jóvenes, resultado de una política familiar equivocada y negativa; y de la persistencia de una beligerante crítica antirreligiosa que se sigue proyectando sobre la historia de la Iglesia y la realidad social y cultural de la Iglesia aprovechando errores, fallos y pecados de los cristianos y de los ministros ordenados.

Sin embargo, esto no es todo. Hay comunidades de cristianos más vivas y comprometidas que nunca con su fe, conscientes de su responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad, y capaces de un testimonio que no es posible ocultar. Hay al presente un compromiso pastoral de miles de sacerdotes en parroquias, comunidades cristianas y movimientos que están dando resultados tan espléndidos en la educación cristiana de los jóvenes como han podido verse el pasado verano, en la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 en Madrid. Cientos de miles de jóvenes en torno al Papa para proclamar la fe en Jesucristo que les ilusiona y les impulsa, contra viento y marea, hacia un futuro que desean inspirado por la fe y los valores que dimanan del Evangelio de Cristo.

Son muchachos sin prejuicios y alegres, que sintonizan con su mundo, porque son hijos de su tiempo, con sus valores y contravalores, pero llenos de esperanza que les infunde confianza infinita en Dios, fundamento del mundo creado y de la vida, aunque son más débiles que los nacidos en tiempos recios; a veces no saben formular con argumentos su fe, porque entienden mejor una imagen que la palabra. Hay, pues, que ayudarles a aplicar la inteligencia a la fe, y la argumentación de la razón al sentimiento religioso; y es necesario hacerles conscientes de la contundente realidad del sufrimiento de los hombres. Esto y mucho más, pero no es posible ignorar su intuición de que en Cristo resucitado y vivo en la Iglesia. Su intuición de que merece la pena entregarle la vida propia, y ayudar a los demás a creer en Dios y en Jesucristo para que vivan.

Esta intuición y esta convicción de los adolescentes y jóvenes cristianos, que escandaliza a algunos críticos desencantados de la quiebra de sus ideas aviejadas, son tierra fecunda para la vocación sacerdotal. Ellas los hacen aptos para remontar el materialismo y agnosticismo de una sociedad desilusionada, duramente castigada por ideologías y programas, que han fracasado y no pueden dar la salvación que viene “de arriba” y sólo da la fe en Dios. La fe que puede  regenerar al ser humano, siempre proclive a la corrupción, fe en la transformación que hace el perdón y la gracia sanadora de Dios, que se ha revelado en Cristo, el Maestro amado, el Pastor único, que les llama y les dice: «¡Venid vosotros conmigo!». Y ellos han dicho que sí, que van con él porque la llamada ha prendido en sus corazones la pasión de la vida, y por Jesús están dispuestos a dejarlo todo, para ser con él pescadores de hombres. 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.