La fuente de la auténtica felicidad

Mons. Braulio Rodríguez     Avanza la Cuaresma. Conviene detenernos y preguntarnos cómo estamos en nuestra preparación; es también un momento importante para nuestros catecúmenos (sean adultos o niños en edad escolar), pues el tercer domingo de Cuaresma está relacionado con el rito del “primer escrutinio” para los que serán bautizados en la Vigilia Pascual. Como saben los sacerdotes y catequistas los textos bíblicos de los domingos 3º, 4º y 5º del ciclo A pueden ser utilizados en lugar de los que este año nos ofrece la Iglesia, sobre todo si en nuestras parroquias hay catecúmenos (= los que se preparan al Bautismo). Para ellos y para los que ya estamos bautizados, a esta altura de la Cuaresma la Iglesia nos recuerda que Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en Él la fuente de nuestra auténtica felicidad.

Sí, hermanos: todo creyente corre el peligro de practicar una religiosidad no auténtica, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar más bien a Dios como si Él al servicio de nuestros deseos y proyectos. Ocurre totalmente al revés. Cuando, como el pueblo de la primera alianza, exigimos a Dios que salga al encuentro de nuestras expectativas y exigencias, le convertimos en un ídolo más que abandonarnos confiados en sus manos. Así perdemos confianza en Él. Ahí están las exigencias de Dios: sus mandamientos, que no son caprichos de Dios, sino exigencias que se adecuan a lo que somos los seres humanos. “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma” (Sal 18,8).

Hoy la sociedad nos exige a los cristianos muchas cosas y, además, tenemos que demostrar que creer en Jesucristo y vivir según las exigencias del Evangelio de cara a los demás, con unas exigencias morales muy serias, con aprecio y apertura a la vida y con un modo poco entendible de desarrollar la sexualidad y la moral conyugal en un ambiente tan pan sensualista, es posible. ¿De dónde sacar la capacidad para hacerlo ante esas exigencias? “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados –judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,23-24).

Nuestra religiosidad tiene que huir de la utilización de nuestra fe, de buscar intereses personales, de negocios que no tienen que ver con el Evangelio. Ser íntegros, capaces de buscar el bien común y el sentido comunitario. Nos impulsa a ello la revelación de Jesús y su entrega, que es capaz de ofrecer su cuerpo/templo para ser aparentemente destruido, pero que será levantado en tres días. Una alusión directa al núcleo de nuestra fe: la resurrección de Cristo, pues Él hablaba del templo de su gloria en su enfrentamiento con los que el evangelio de san Juan llama “los judíos”, esa personificación de los que no aceptan el testimonio del Señor.

La Liturgia, sobre todo en Cuaresma, nos estimula, pues, a examinar nuestra relación con Jesús, a buscar su rostro sin cansarnos; también en el nuevo contexto cultural y social de nuestro tiempo, para realizar la obra de evangelización y de educación humana y cristiana que nos está pidiendo el Papa Benedicto XVI. Se trata, en realidad, de abrir más el corazón a una acción pastoral misionera, que impulse a cada cristiano a encontrar a las personas –en particular a los jóvenes y a las familias- donde viven, trabajan y pasan el tiempo libre, para anunciarles el amor misericordioso de Dios. 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.