La Iglesia Diocesana necesita sacerdotes

Mons. Manuel Ureña    En todas las Iglesias de España nos encontramos celebrando el Día de oración y de colecta en favor del Seminario. Oremos, pues, por las vocaciones sacerdotales y ayudemos también con nuestra limosna al Seminario.

Recordemos especialmente en esta jornada que los sacerdotes son intrínsecamente necesarios en la Iglesia. El sacerdocio ministerial es constituyente y constitutivo de la Iglesia. En efecto, el sacerdocio capital de Cristo, participado directamente por éste a los apóstoles y transmitido por éstos a sus sucesores, los obispos, auxiliados siempre en el ejercicio de su ministerio por los presbíteros, hace posible la Eucaristía, la cual engendra la Iglesia. De este modo, sin Eucaristía no hay Iglesia. Consecuentemente, allí en donde no hay sacerdotes, no puede haber Iglesia, pues sólo los sacerdotes constituyen la Eucaristía, causa de la Iglesia.

Oremos al Señor de la mies que mande obreros a su mies, pues ésta es mucha, mientras que los obreros son pocos.

En nuestra diócesis la necesidad de sacerdotes es muy grande. Ciertamente, somos todavía muchos: cerca de cuatrocientos. Pero tengamos presente que nuestra edad media ronda los 67 años. Si a este hecho añadimos la escasez de vocaciones al sacerdocio ministerial, entonces las perspectivas de futuro pueden parecer no halagüeñas.

Pero no seamos pesimistas. El cristiano no debe ser pesimista ni optimista, pues uno y otro, el pesimismo y el optimismo, parten de un mismo principio, y éste, falso: que todo depende del hombre. Con lo cual, comenzamos las obras confiados en nuestras propias fuerzas; constatamos que estas obras al principio crecen; y, como consecuencia, surge en nosotros el optimismo. Pero, al ver que, llegados a un determinado punto, las obras comenzadas e impulsadas sólo por nosotros comienzan a derrumbarse, entonces nos volvemos pesimistas, lo echamos todo a rodar y terminamos como hundidos en la miseria. No otra era la situación en que se encontraban los apóstoles en el mar de Galilea cuando fueron sorprendidos por el Señor tras aquella noche de pesca en vano. Ellos, estaban desmoralizados porque habían intentado pescar confiados sólo en sus propias fuerzas.

Tal vez esto mismo nos ocurre también hoy a nosotros, que ansiamos asistir al florecimiento de abundantes vocaciones sacerdotales y no caemos en la cuenta de que éstas vendrán, sin duda, desde el seno mismo de nuestro trabajo, pero principalmente como fruto de la gracia de Dios, como un don del Altísimo.

La solución al problema de la falta de vocaciones sacerdotales en la Iglesia no reside, pues, en echar balones fuera y en postular, por ejemplo, la existencia de una Iglesia sin sacerdotes. Esto sería una quimera. Pero la solución al problema que nos ocupa tampoco está en creer que por nosotros mismo haremos posible la floración de vocaciones sacerdotales.

El trabajo pastoral por la promoción del bien espiritual de los sacerdotes (la santidad), por los frutos de su ministerio pastoral y por el don de las vocaciones sacerdotales habrá de estar siempre presidido por dos principios.

El primer principio lo formulamos así: El misterio y la realidad de la Iglesia no se reducen a la estructura jerárquica, a la liturgia, a los sacramentos y a los ordenamientos jurídicos. Aunque estos elementos son medios necesarios para el desarrollo de la Iglesia y pertenecen a la estructura de ésta, la naturaleza íntima de la Communio y el origen primario de su eficacia santificadora hay que buscarlos en la unión mística con Cristo.

Así pues, nosotros, los sacerdotes, cuanto más santos seamos, cuanto más oremos y cuanto mayor sea nuestra unión con Cristo, mayor será la eficacia de nuestra acción evangelizadora y mayor número de vocaciones sacerdotales otorgará Dios por su medio. La clave reside, pues, en la unión mística con Cristo, en la oración, en la santidad.

Y el segundo principio lo podemos enunciar así: La referida unión mística con el Señor no puede concebirse como separada de la unión mística con la Madre del Verbo encarnado, a la que Jesús quiso unir íntimamente a sí mismo para la salvación del género humano.

Con lo cual, el trabajo pastoral por el bien de los sacerdotes, por la eficacia del ejercicio de su ministerio y por la afluencia de vocaciones sacerdotales pasa por la emergencia de un movimiento espiritual capaz de hacer nacer una cadena de adoración eucarística continua cuyos eslabones serán sobre todo las almas femeninas consagradas. De este modo, desde cada rincón de la tierra se elevará incesantemente a Dios una oración de adoración, de petición y de reparación para que brote en la Iglesia un número suficiente de vocaciones santas al estado sacerdotal.

 

Manuel Ureña

 Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia.Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza.En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe.Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986).Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.