Tiene remedio

Mons. Santiago García      El diablo tienta para pillarnos de sorpresa y sin recursos. Por eso, como nos muestra el pasaje evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto, es frecuente que sus tentaciones vayan frecuentemente disfrazadas de invitación a la virtud. Por ejemplo: nos hace ver la cobardía en el apostolado, como un gesto de prudencia y respeto a los demás; la tentación del orgullo a causa de los propios descubrimientos, como una defensa valiente de la verdad objetiva; la pedantería, como una defensa de la cultura; y así sucesivamente. Y, en la medida sucumbimos a esas u otras tentaciones, nos hace ver que esos comportamientos forman parte del propio modo de ser, y que, por tanto, son inevitablemente constitutivos de nuestra natural forma de actuar.

Todo esto se descubre en un momento de serena reflexión, cuando la luz del Señor nos orienta mediante la palabra de quien tiene la responsabilidad pastoral de ayudarnos en el camino de la propia superación. Camino que ha de ser acorde con nuestra identidad original que es don de Dios. En consecuencia, dicha identidad original dibuja los perfiles de cada personalidad; pero nunca se opone al desarrollo virtuoso que ha de llevarnos a la plenitud en la santidad. Dios es nuestro creador y salvador; por tanto, no solo nos capacita para el desarrollo de la vocación con que nos ha distinguido, sino que está constantemente al tanto de lo que podamos necesitar para atender su llamada. De tal modo esto es así, que podemos decir con toda verdad que hasta el arrepentimiento de los propios pecados es don del Espíritu Santo.

Es necesario, pues, que busquemos la presencia de Dios en nuestra vida; y que, aprovechándola en momentos de humilde sinceridad, como han de ser los que debemos dedicar al examen de nuestra conducta cotidiana, invoquemos la luz del Espíritu para descubrir lo que se oculta a nuestra propia mirada tan fácilmente ensimismada.

Es una enseñanza repetida por los maestros del espíritu o conductores de almas que la mayor dificultad en el camino hacia la plenitud en la santidad está en vencerse a sí mismo, en descubrir y corregir los propios errores de visión, de valoración, y de juicio; sobre todo cuando la realidad a observar, juzgar y cambiar forma parte de nuestra propia historia y hemos pasado tiempo sin poner la atención en  lo que ahora nos preocupa.

 La superación de los trances difíciles, en los que el error se apropia el nombre de virtud por fuerza de la tentación diabólica, no depende siempre y exclusivamente de cada uno.  En ello ha de contar la ayuda pastoral, apostólica, de caridad o de amistad de quienes tenemos cerca, nos conocen. Ellos han de ser conscientes de su deber de ayudarnos, con valentía y caridad, a superar nuestros defectos y a avanzar por el camino de la virtud.

Es muy importante que todos consideremos la responsabilidad que nos incumbe, inexcusablemente, en la vida de nuestro prójimo. Sería una grave injusticia dejar que alguien permaneciera en el error por falta de nuestra valiente, humilde y oportuna orientación. La condición de hermanos que nace de la común filiación divina, sobre todo desde el Bautismo, nos une a la vida del prójimo en la tarea de acercarnos cada día más al Señor que está a nuestra puerta y llama constantemente, como nos enseña el libro del Apocalipsis. La comunión eclesial, sin la que no es posible vivir como cristianos, nos une al Señor y, por esta unión, nos vincula al prójimo hasta  descubrirle y tratarle como hermano.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, podemos concluir con toda seguridad que nuestra vida tiene remedio. El Señor lo quiere. Las ayudas existen. Es de suponer que también existen en cada uno las ansias de ser cada día mejores, En consecuencia, es posible. Cualquier situación espiritual tiene remedio. Debemos tener muy claro que, cuando el diablo no ha podido mantenernos en el error para lograr que nuestra conducta sea equivocada y lejana u opuesta a la virtud, entonces emplea el nuevo ardid de hacernos ver que los defectos no son tales, o que es vano pretender un cambio dada la propia historia y la dificultad que encierra. Hay que hacer frente a semejantes errores y falacias. El Señor está de nuestra parte. Acudamos a Él.

 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".