Dejarse reconciliar con Dios

Mons. Braulio Rodríguez     En la Iglesia primitiva la Cuaresma era el tiempo privilegiado para la preparación de los catecúmenos a los sacramentos pascuales, el Bautismo y la Eucaristía que se iban a celebrar en el curso de la Vigilia Pascual. ¿Lo es también para nosotros, católicos de hoy? Pregunta inquietante. Pero ciertamente la Cuaresma es tiempo de “volverse cristiano”, que es algo que no se realiza en un único momento, sino que exige un largo recorrido de conversión y renovación. Lo es para el adulto o el niño en edad escolar que no están bautizados; lo es para los que han olvidado qué es ser cristiano y no viven la alianza con Jesucristo; lo es igualmente para el que fue bautizado de bebé, que tiene que seguir un proceso de incorporación personal a la fe que recibió. Es el delicado y hermoso proceso de la Iniciación Cristiana, a descubrir por todos nosotros, empezando por el Obispo.

Pero en la antigüedad como hoy, los ya bautizados se unen a esta preparación a la Pascua desvelando en nosotros el recuerdo del sacramento ya recibido y disponiéndonos para una renovada comunión con Cristo en la gozosa celebración de la Pascua. Así la Cuaresma tenía, y conserva hasta hoy, un carácter bautismal, en el sentido de que ayuda a mantener despierta la conciencia de que ser cristiano se realiza siempre como un nuevo despertar: “Ser cristiano no es nunca un hecho ya terminado que se encontraría detrás de nosotros, sino un camino que exige siempre un nuevo ponerse en marcha”, afirmó Benedicto XVI en la audiencia general del 6 de febrero de 2008.

Pero el ser cristiano, que se nos da en el Bautismo, tiene que ver con nacer y morir: renacer para Dios y morir el pecado. De modo que podemos entender la Cuaresma como “tiempo de nacer y tiempo de morir”, según la famosa expresión del libro de Qohélet (Eclesiastés) en su capítulo 3. “¡Ojalá se me conceda a mí, dice san Gregorio de Nisa, el nacer a su tiempo y el morir oportunamente! Y es que el texto bíblico no se refiere al nacimiento voluntario ni a la muerte natural, como si en ello pudiera haber algún mérito. El nacimiento no depende de la voluntad de la mujer; tampoco la muerte depende del libre albedrío del que muere: no hay en ello ni virtud ni vicio, pues no depende de nuestra libertad.

El nacimiento del que hablamos es a tiempo y no abortivo cuando nosotros hemos concebido nuestra salvación con los dolores de parto del alma. Es decir, somos padres de nosotros mismos cuando, por la buena disposición de nuestro espíritu y nuestra libertad, nos formamos a nosotros mismos, nos engendramos, nos damos a luz. Parece un lenguaje un poco difícil, pero somos padres de nosotros mismos en realidad cuando aceptamos a Dios en nosotros, y somos hechos hijos de Dios, hijos de la virtud, hijos del Altísimo. Por el contrario, nos damos a luz abortivamente y nos hacemos imperfectos y nacidos fuera de tiempo cuando no está formado en nosotros “lo que el Apóstol llama la forma de Cristo” en nosotros (San Gregorio de Nisa).

Y tenemos justamente en san Pablo esa manera de encontrar la forma de Cristo, esto es, que Cristo se forme en nosotros; él nunca vivió para el pecado, mortificó siempre sus miembros carnales, llevó siempre en sí mismo la mortificación del cuerpo de Cristo, estuvo siempre crucificado con Cristo, no vivió nunca para sí mismo, sino que Cristo vivía en él. El verdadero don de Dios es estar muertos al pecado y vivos en el espíritu. Ahí está nuestra lucha y nuestro esfuerzo cuaresmal. Eso sí, sabiendo aquello que dice el Señor: Yo doy la muerte y la vida.

Es que no debemos creer que podemos renovarnos y conseguir la felicidad y la paz del espíritu sin la gracia de Cristo, sin la vida generosa que Él nos da en la conmemoración anual del Misterio Pascual, que se despliega en la Cuaresma, en el Triduo Pascual y en los cincuenta días de la Pascua. Se muere al pecado destruyendo el propio egoísmo, renovando en nosotros la pasión redentora del Señor; portando en nuestro propio cuerpo todos los males de la Iglesia y de la humanidad. La muerte al pecado (reconciliación con Dios) y el nacimiento a la gracia en la Resurrección son dos etapas indispensables del camino cristiano. 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.