A nuestros hermanos de Hispanoamérica

 Mons. Santiago García Aracil     Gracias, queridos hermanos hispanoamericanos. Os escribo desde Extremadura, que es tierra de descubridores y misioneros. Me dirijo a vosotros, cristianos de los diversos países en que los misioneros españoles han ido sembrando la semilla del Evangelio. Os tengo presentes ante el Señor, especialmente en esta Jornada eclesial que lleva por título “Día de Hispanoamérica”. No os sorprenda que comience dándoos las gracias. Es la actitud justa de quien ha recibido un regalo y lo valora debidamente.

Es posible que vosotros penséis: si nosotros hemos recibido de los misioneros españoles la semilla del Evangelio y el cuidado que requiere su cultivo, nos corresponde la gratitud hacia vosotros, los cristianos españoles. Tenéis razón. ¿Cómo voy a negar el valor y la generosidad de tantos sacerdotes, religiosos y seglares que durante más de quinientos años han puesto y siguen poniendo su ilusión, su amor y su esfuerzo en manos del Señor para serviros la palabra de Dios, los sacramentos y el testimonio del amor fraterno y desinteresado?

Pero no cabe duda de que, a través de los tiempos, vosotros habéis sido la muestra limpia, gozosa y, por tanto estimulante, que, unida a la permanente ayuda del Señor, ha contribuido a mantener en el corazón de los misioneros el celo apostólico, el amor creciente a Jesucristo y la convicción de que el anuncio del Evangelio da pleno sentido a la vida.

Alguno de vosotros podrá preguntarse: ¿Acaso no puede encontrar eso mismo cada uno cumpliendo el mandato evangelizador de Jesucristo es su propia tierra? También es verdad. Pero en mis viajes a países de Hispanoamérica y en los contactos con sacerdotes, religiosos y seglares que han ejercido su ministerio entre vosotros he percibido siempre que les habéis ganado el corazón, que les habéis hecho olvidar las penurias y las inevitables incomodidades que lleva consigo el cumplimiento del mandato evangelizador de Jesucristo que nos compromete a todos los cristianos. He constatado, también, que muchos de ellos han recibido, de vosotros, especiales testimonios de generosa y sacrificada fidelidad al Señor; y ello les ha ayudado a vivir más intensamente su propia vocación. No debo olvidar algo muy importante; me refiero a la austeridad de vida que, por diversas circunstancias, traslucís con esa naturalidad propia de quien se sabe cumpliendo la voluntad de Dios. Sin excluir a nadie, estoy pensando, sobre todo, en quienes no disponen de los bienes que en otros lugares se consideran normales y hasta necesarios. Vosotros nos dais la lección de que se puede vivir con toda dignidad y con alegría sin someter la vida a tantas y tantas ataduras superfluas como nos tienden a imponerse en determinados ambientes y países.

Ya veis, queridos hermanos de Hispanoamérica, que mi gratitud hacia vosotros no brota de una voluntad complaciente. Esa actitud pecaría de falsedad, de pretencioso paternalismo o de indecente demagogia; y eso es, sencillamente, algo que un cristiano debe excluir siempre de su comportamiento; y más todavía si cabe, cuando me estoy dirigiendo a vosotros como Obispo de la Iglesia católica, en quien jamás debe privar la falsedad por encima de la sinceridad movida por la verdad.

Dejadme, queridos hermanos cristianos de Hispanoamérica, que termine esta breve carta pidiéndoos algo muy importante y valioso: rezad para que el Señor envíe obreros a su mies y nos conceda pastores según su corazón. La Iglesia los necesita para esas tierras y para estas. Pedidle que nos ayude a descubrir en el corazón de los niños y de los jóvenes la llamada del Señor; y que nos haga ante ellos testigos incombustibles de la alegría de haber sido llamados y de habernos podido consagrar totalmente a Él.

Como no es correcto limitarse a pedir, os ofrezco la oración de esta porción del pueblo de Dios que la Iglesia me ha encomendado, pidiendo al Señor que haga fructífera entre vosotros, cada vez con más fuerza, la semilla del Evangelio. Deseo que en esta plegaria nos unamos como hermanos, hijos del mismo Padre Dios, miembros de la gran familia de la Iglesia y llamados a vivir la unidad en la fe católica por encima de toda lengua, pueblo y nación.

Recibid mi abrazo fraternal, portador de mi sincero afecto y de la gratitud que merecéis.

 

+Santiago García Aracil.

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
Acerca de Mons. Santiago García Aracil 73 Articles
ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".