Sinceridad de corazón

Mons. Juan del Río      Las llamadas coloquialmente “virtudes domésticas”, son aquellos valores que muchas veces se dan por supuestos y que en otras ocasiones están un tanto arrinconados. Sin embargo, sin ellos la convivencia familiar, social y religiosa se hace imposible.

Benedicto XVI en múltiples ocasiones ha insistido en la necesidad de la sinceridad en la vida cristiana, porque “solo la conversión es posible desde la sinceridad, desde el examen de conciencia sincero y arrepentido”. Por eso mismo, viene bien que en este tiempo de Cuaresma nos examinemos de cómo andamos en la sinceridad, porque sin ella no infundimos confianza a los demás, no creamos un clima de cordialidad y familiaridad a nuestro alrededor.

Decimos que una persona es sincera cuando tiene aprecio por la verdad y sus acciones están marcadas por el amor (cf. Rom 12,9). No es casual que en una sociedad donde no se valora el “esplendor de la verdad” y la misma caridad se ha cosificado, la sinceridad con Dios, con uno mismo y con los demás, sea un “bien escaso”. Parece prevalecer más la mentira, la artificialidad, el fingimiento etc., que la rectitud de intención en lo que pensamos, hablamos y hacemos, de tal manera que como diría Maugham: “en tiempos de hipocresía cualquier sinceridad parece cinismo”. Pero la necedad de los farsantes es creer que aquello que se habla en secreto no será descubierto (cf. Lc 12,2-3), y ahí tenemos el dicho popular: “Antes se coge al mentiroso que al cojo”. Así pues, terminadas las ferias de las vanidades de este mundo pasajero, sólo quedará de la persona su claridad sencilla y sus obras edificadas en el amor.

Ahora bien, conseguir un corazón sincero supone: la renuncia a la mentira y medias verdades; la constancia del empeño de cada día por mantener la verdad en la caridad; y la prudencia que nos libera de confundir la sinceridad con la ingenuidad inconsciente.

La sinceridad con uno mismo se asienta en el conocimiento de las cualidades y defectos de cada uno. Ello motiva un doble sentimiento, por un lado de gratitud por los dones recibido del Altísimo, por otro de aceptación y superación de los defectos propios de la naturaleza humana y aquellos procedentes de los errores personales. El saber situarse en el espejo de uno mismo, sin extremismos de ningún tipo, demanda una buena dosis de humildad.

Para la persona creyente, la sinceridad con Dios reside en la toma de conciencia de su dependencia radical con Aquel que le ha dado el ser y lo sostiene. De igual forma, el no creyente, si quiere ser sincero consigo mismo, tendrá que preguntarse alguna vez: “¿Qué tienes que no lo hayas recibido?, ¿de qué te jactas, como si no lo hubieses recibido?” (1Cor 4,7). Hay todo un mundo que nos precede y del cual no podemos prescindir, por ello también somos seres dependientes de los otros, en cuanto: vida, ambiente, cultura y tantas otras cosas que nos vienen dadas. Si aceptamos esa dependencia directa e indirecta, llegaremos a ser sinceros con Dios, con los demás y nos habremos encontrado a nosotros mismos.

La sinceridad tiene un rostro que refleja sencillez, naturalidad, franqueza. La persona sincera no se enreda ni se complica por dentro, no busca lo aparatoso en lo exterior, sino que hace de lo ordinario de cada momento algo extraordinario tocado por la bondad de su corazón. El reverso de este semblante es la afectación, el glamour, la pedantería, la jactancia que tanto nos aleja de los demás y crea un envolvente vacío existencial.

La raíz de la falta de sinceridad se halla en la soberbia. A aquel que cree que todo lo puede conseguir por sus muchas cualidades y esfuerzos, le será muy difícil reconocer el misterio en su vida y a la vez descubrir lo positivo que poseen los demás. Esa ceguera le hace perder objetividad ante su propia historia, la culpa de sus fallos siempre la tendrán los demás, será incapaz de someterse a la verdad, de valorar el amor y la amistad. Por eso, el soberbio intentará desplazar a Dios, ignorar a sus semejantes y sus labios no proferirán una palabra veraz.

† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

 

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma.Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla.Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana.CARGOS PASTORALESEn los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992).El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año.El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".