¡Qué bien se está aquí!

Mons. Demetrio Fernández     El segundo domingo de  Cuaresma es el domingo de la Transfiguración. En el camino cuaresmal, camino de penitencia, se nos presenta como un adelanto la gloria de la resurrección, la meta de nuestro camino. Si miramos solamente lo que nos falta, si contamos sólo con nuestras fuerzas, el camino se hace insoportable, porque somos débiles, estamos manchados y es mucho lo que hay que purificar en nuestro corazón. Seremos transfigurados con Cristo resucitado, que en esta escena de la Transfiguración deja traslucir los esplendores de su divinidad. Contamos con su ayuda, y esa luz que brota de su carne glorificada es la que nos envuelve, nos purifica y nos transfigura divinizándonos.

“Este es mi Hijo amado” (Mc 9,7), nos dice la voz del Padre. Jesús es el amado del Padre, que nos invita a escucharle y a seguirle del Tabor al Calvario para llegar a la gloria. Cuando Pedro vive esta experiencia de profunda unión con Jesús, que le comunica el misterio de su identidad divina y el misterio de su amor, Pedro se siente amado y exclama: “¡Qué bien se está aquí!”. Qué bien se está con Jesús. Sólo Él puede saciar como nadie las aspiraciones más profundas del corazón humano. La Cuaresma nos invita a vivir esta profunda experiencia en el trato con Jesucristo. “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (S 34,9).

Mientras el gusto lo tenemos en las cosas de este mundo y en las criaturas, no digamos en los vicios y pecados que nos alejan de Dios, entonces el paladar lo tenemos estropeado para gustar las cosas de Dios. Jesús viene a mostrarnos otro horizonte, otra manera de vivir, que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni cabe en la mente del hombre” (1Co 2,9). Pedro percibió algo de ese profundo misterio y por eso exclamó: ¡qué bien se está aquí! La vida cristiana no es un conjunto de fastidios, sino el atractivo de una Persona, que nos deslumbra suavemente con su belleza, nos envuelve con su amor y nos transforma.

En la Iglesia, algunas personas son llamadas a la vida contemplativa, cuya misión es la de vivir esta experiencia de manera continua y recordarnos a todos lo “único necesario” (Lc 10,41). La vida contemplativa no es una huida del mundo (fuga mundi) para vivir más cómodamente y sin problemas. No. La vida contemplativa incluye el desierto, la lucha contra Satanás, el apartamiento de las cosas de este mundo, la penitencia por los propios pecados y por los del mundo entero. Y todo eso, para dedicarse a Dios e interceder por todos los hombres. Los contemplativos siendo fieles a su vocación son los primeros bienhechores de la humanidad. Ellos (monjes y monjas) experimentan de cerca lo que experimentó Pedro en el Tabor: ¡Qué bien se está aquí!, y se han sentido atraídos por una fuerza irresistible, hasta dejarlo todo para estar a solas con Él.

El camino cuaresmal, -y toda la vida cristiana-, quiere enseñarnos a gustar las cosas de Dios, el insondable misterio del corazón de Cristo, hasta quedar fascinados por su belleza, hasta quedar transformados por su bondad. Sin este atractivo no entenderíamos nada del largo camino penitencial que hemos de recorrer para llegar a la plena divinización. Entremos, por tanto, en el camino de la cuaresma que nos conduce hacia la Pascua. Cultivemos durante este tiempo especialmente la oración, el trato personal con el Señor. Es ahí donde Él podrá decirnos al corazón su amor por nosotros y donde podrá encandilarnos con el fulgor de su divinidad.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

 

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.