Iglesia para evangelizar

Mons. Murgui     La realidad actual de nuestro mundo nos reclama a nosotros, creyentes en Jesucristo, miembros de su Iglesia, que ofrezcamos con mayor empeño el don de la fe que de Dios hemos recibido.

Esto pide, a la vez, un constante camino de fortalecimiento de nuestra fe en el Señor Jesús, además de la relación permanente que debe haber entre el hablar de Él y dar testimonio con nuestro vivir, que ese dinamismo confesante esté cada vez más sustentado en la propia experiencia de su amor.

La situación de crisis, no solo económica, que nuestro entorno social y cultural vive aumenta aún más, si cabe, la necesidad que sentimos de compartir nuestro conocimiento y experiencia de Dios como la mayor caridad que podemos ejercitar hacia nuestros coetáneos, y como la mayor solidaridad hacia la falta de esperanza que llega a dominar a un ser humano encerrado en sí mismo y que tan solo contempla los propios límites de su ser y hacer como horizonte.

Los tiempos recientes no solo han propiciado una muy escasa permeabilidad hacia el don de la fe, y hacia todo lo que ésta significa, en la realidad humana de nuestro entorno, sino que han afectado a la fe de muchos creyentes y a la vitalidad de nuestras comunidades cristianas.

En este contexto el Santo Padre Benedicto XVI, para este año de gracia, además de haber convocado la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, con el tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, en su reciente Carta Apostólica Porta fidei, afirmaba que, ante “una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”, importa recordar “la exigencia de redescubrir el camino de la fe” y el deber de toda la Iglesia de “ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto, hacia el lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, la vida en plenitud” (nº 2).

Precisamente movido por todo esto el Santo Padre ha convocado un Año de la Fe, unido al cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Concilio sobre el que, en esta misma Carta Apostólica, recuerda las palabras del Beato Juan Pablo II en su Carta Apostólica Novo millennio ineunte, en la que lo califica como “la gran gracia de la cual se ha beneficiado la Iglesia en el siglo XX” y la “brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (nº 57).

El mismo Benedicto XVI reafirmaba, a propósito del Concilio, en su discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, que “si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede convertirse cada vez más en una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”.

Unidades de Pastoral. Orientaciones

Con esa necesaria revitalización de nuestra fe, una fe que hay que fortalecer y transmitir, y con un necesario afianzamiento de la comunión eclesial, tan importante para la misión, y que tiene en las orientaciones del Vaticano II y de todo el Magisterio posterior el gran referente para seguir renovándose, es desde donde debemos y queremos orientar la acción pastoral.

Así lo hemos hecho a lo largo de estos años en los que la acción pastoral diocesana, en sus líneas maestras, ha quedado reflejada y, a la vez, orientada por los recientes Planes Diocesanos de Pastoral, que han tenido como grandes objetivos, además de la transmisión de la fe, la revitalización de nuestras comunidades.

En este sentido, además de incidir en todo aquello que pudiera impulsar las tareas eclesiales de las comunidades parroquiales, ayudando a su vitalidad y a su inserción en la vida diocesana, especialmente a través de los arciprestazgos, hemos acogido e impulsado, en pro de la revitalización comunitaria, allá donde era deseable y posible, la apertura del proceso de formación de Unidades de Pastoral, entendidas como agrupación de parroquias vecinas, de cara a articularlas como comunidades vivas y misioneras. De diversas maneras se ha procurado que fuera inicio de un proyecto compartido por las comunidades parroquiales afectadas, sobre todo por sus Consejos Pastorales.

Dentro de este proceso se enmarcan las presentes Orientaciones Pastorales para las Unidades de Pastoral que os presentamos. La elaboración de las mismas se ha realizado en el contexto de una reflexión que el Consejo Episcopal, el Consejo del Presbiterio y el Consejo Diocesano de Pastoral llevaron a cabo durante el curso 2010-11, para llegar a unas Orientaciones que iluminaran la identidad, los objetivos y los procedimientos a seguir respecto a las Unidades de Pastoral, ante la conveniencia de reforzar los pasos dados en las Unidades ya existentes y avanzar en un más exacto enfoque de las que se puedan crear. En esta misma línea de dar un paso más en la precisión de este camino iniciado hace unos años en nuestra Diócesis, hemos aprobado unos Estatutos Base de los Consejos de las Unidades de Pastoral, cuya elaboración explico en el correspondiente Decreto, y que ofrecemos junto a las Orientaciones.

Quiero expresar mi gratitud a todos aquellos miembros de la comunidad diocesana que con sus aportaciones han hecho posible la elaboración de estas Orientaciones Pastorales. Pero, sobre todo, mi reconocimiento y mi ánimo hacia aquellos que en las Unidades de Pastoral ya iniciadas han recorrido un camino, no fácil, de comunión y de renovación pastoral, así como a todos los que, desde las diversas comunidades parroquiales en constante mejora y arciprestazgos, se esfuerzan por hacer de nuestra Iglesia diocesana la comunidad fiel que vive y transmite la fe en esta querida tierra.

Ponemos en las manos de Dios las propuestas para mejorar la acción pastoral que aquí ofrecemos, sabiendo que si Él “no construye la casa”, quedarán en bien poca cosa nuestros proyectos. Por ello, todo lo confiamos a Él, pidiéndole que afiance la fe y el ansia evangelizadora de pastores y fieles, pues solo desde las ganas fuertes de evangelizar haremos mediaciones que sirvan a la evangelización y solo desde el amor a su Iglesia avanzaremos en espacios de comunión viva. Así se lo pedimos por intercesión de la Mare de Déu de Lluc, Madre nuestra.

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Mallorca

 

Mons. Jesús Murgui Soriano
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Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.CARGOS PASTORALESFue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979.Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca.El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.