Crónica de las XVIII Jornadas Diocesanas para contemplativas en Loiola

Los días 9, 10 y 11 de febrero fueron los días fijados para el encuentro de las contemplativas de la diócesis de San Sebastián, dentro de las XVIII Jornadas Diocesanas, en el centro de espiritualidad de Loiola. Como tema de reflexión tuvimos “El gozo de vivir la propia edad como consagradas”, acompañadas por Jesús Mª Alday, claretiano, y doctor en teología espiritual y licenciado en psicopedagogía, venido desde Roma, pues hasta hace pocos días ha sido director y profesor del Instituto de Vida Consagrada Claretianum, en Roma. 29 monjas fuimos adentrándonos en las características de las edades o etapas vitales, teniendo en cuenta que la vida es un proceso, y que cada etapa tiene una formación y un acompañamiento más específico, integrándolas siempre en la totalidad; y, al mismo tiempo, vivirlos como tiempos y ámbitos de experiencia teologal.

Como marco del tema, en su conjunto, nos sirvieron, sobre todo, dos números de la Exhortación Apostólica del Papa Juan Pablo II, “La vida consagrada. Vita consecrata”: a) “La formación permanente, tanto para los Institutos de vida apostólica como para los de vida contemplativa, es una exigencia intrínseca de la consagración religiosa… Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder de este modo tener mayores garantías de perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona” (n. 69); b) “En un dinamismo de fidelidad: primeros años, mediana edad, fase de la edad madura, la edad avanzada, el momento de unirse a la hora suprema de la pasión del Señor… Es necesario añadir que, independientemente de las varias etapas de la vida, cada edad puede pasar por situaciones críticas bien a causa de diversos factores externos, bien por motivos más estrictamente personales…” (n. 70). Por lo tanto, la formación permanente es una exigencia intrínseca de la vocación religiosa, además de la necesidad de mantener la “juventud” de espíritu que permanece en el tiempo que nos lleva a la búsqueda de lo esencial.

Nos centramos en la segunda y tercera edad (28-56 años; 56-84 años), sobre todo, teniendo en cuenta las personas que nos congregamos en estas jornadas. Destacando como características del proceso formativo de la 2ª etapa, se señalaban: conocimiento de sí, asumir los desafíos de esta edad, asumir la transformación y el cambio, asumir el futuro acogiendo el presente (vivir el tiempo sabiamente, como creyentes), asumir la propia realidad (saber vivir con lo incompleto de mí), tener que renovar el DNI de mi existencia también, ser conscientes de que podemos seguir dando; y con esa tarea espiritual de escuchar la voz interior del Espíritu, de la necesidad de una vida transfigurada (metamorfosis), y la experiencia de la centralidad cristológica y trinitaria (llamadas por el Padre, en el seguimiento de Cristo y consagradas por el Espíritu). En cuanto a la 3ª etapa destacar: la experiencia de fe más profunda, búsqueda afanosa y desnuda de Dios, purificación del deseo, unificación del amor, entrega del timón de nuestra vida.

Veíamos, también, que en todo proceso evolutivo es importante acercarse a la Palabra de Dios para descubrir en ella una serie de actitudes y valores humanos propios e iluminadores para cada etapa, que nos sirvan y ayuden a vivir desde una actitud constructiva, y seguir diciendo “sí” al Señor desde cada momento. Como contemplativas, además, quedaba subrayada la necesidad de ir fortaleciendo hoy una cultura contemplativa y desde ahí ser estímulo de trascendencia y dar esperanza, precisamente en un momento cultural, social, histórico en el que es palpable la crisis de trascendencia, de Dios, y, con ello, la crisis de humanismo.

Las reflexiones de cada día quedaban enriquecidas con el intercambio de opiniones tanto en los momentos de las charlas como en los posteriores encuentros más informales que se daban en los pasillos, en los paseos, en los descansos… Y, resultaban orados y acogidos en el corazón, en la celebración de las Liturgia de las Horas, en la Eucaristía, en la oración silenciosa… pausada de cada día.

Como todos los años, durante estos días también tuvimos un espacio para acoger una tarea pastoral de nuestra diócesis. Esta vez Luis Miguel Medina, religioso paúl, capellán de la prisión de Martutene nos hizo partícipe de su experiencia, tarea y misión, englobándolo dentro de la pastoral carcelaria. Siempre nos enriquecen estas aportaciones que nos ayudan a acercarnos más a la realidad eclesial-diocesana, y a la del sufrimiento y a la de la pobreza en nuestro entorno más cercano.

Aunque la sensación térmica de estos días fuera muy fría y la nieve que cubría las cumbres de los montes que rodean Loiola nos regalaban temperaturas muy bajas, la fraternidad vivida y compartida en sencillez y sinceridad, nos alentaba a seguir caminando y respondiendo, agradecidas, para ir abriendo nuevos senderos, con fe, esperanza y amor, en estos tiempos que nos están tocando, que también son historia de salvación, y en esa búsqueda de lo esencial en la vida de Dios.

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