El fondo de la crisis

Mons. Santiago García Aracil     Sería pretencioso por mi parte el intento de explicar el fondo último de la crisis que está produciendo tantos problemas y tanto dolor en nuestra sociedad. Problemas que retardan el justo y necesario progreso, que reducen el bienestar legítimo de una gran parte de las familias, que siembran el pesimismo y la desesperanza en el corazón de quienes se ven sin trabajo, de quienes viven el riesgo inminente de perder su vivienda o de verla reducida a unos límites que impiden una sana convivencia y, siquiera, un modesto desarrollo educativo en el seno del hogar. El dolor que todo ello comporta hace sufrir de modo especial a los más débiles, tanto a los que carecen de recursos materiales como a los que adolecen de la necesaria preparación espiritual para poder encajar y superar situaciones tan crudas cuyo final no se prevé próximo y claro.

Sin embargo faltaría al ministerio pastoral que me compete, si me limitara a lamentar las estrecheces económicas que agobian a los menos pudientes y a los que programaron su futuro contando con unos recursos y con un trabajo que hoy les ha sido negado. Es mi deber aludir a las causas profundas que están en el origen de esta crisis generalizada, de las que no todos son conscientes, y de las que pocos o poco tienen en cuenta su real importancia y trascendencia. Y debo aludir a esas causas por el respeto que merece la rica y sagrada realidad de las personas, y la complejidad del tejido social en que vivimos y en el que se encuadran tanto nuestra existencia como  el desenvolvimiento humano en busca del legítimo desarrollo y bienestar.

No revelo nada especialmente nuevo si aludo al principio evangélico en el que Jesucristo nos traza la pauta que deben seguir nuestros pasos y el horizonte al que debe orientarse de nuestros proyectos. Dice Jesucristo: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).

Debemos aclarar que esta máxima de Jesucristo no justifica el abandono de las responsabilidades terrenas, como si éstas fueran contrarias al bien de la persona y de la sociedad, o que tuvieran un valor simplemente superfluo. Lo que nos dice el Señor es que nada puede realizarse con acierto, de acuerdo con nuestra identidad esencial como criaturas de Dios y con nuestra vocación trascendente, si no tenemos claras tanto la motivación como la finalidad y el estilo propios de nuestros pensamientos, proyectos y realizaciones.

El conocimiento de la propia identidad es necesario a todos, creyentes o no. Éste debe ser el punto de partida de toda forma de actuar. Todos, salvo quienes se dejan llevar por los instintos, por las presiones sociales o por el capricho momentáneo han de tener y tienen un motivo y una intención para hacer lo que se proponen. La diferencia entre quienes siguen la máxima evangélica, y los que obedecen a otros principios o a los impulsos de una inspiración limitada al ámbito de lo terreno, es clara: el norte de toda conducta cristiana está en la fidelidad a lo que es propio del hombre y de la mujer, según la voluntad de Dios. Él nos creó a su imagen y semejanza. Ello supone todo un código de motivaciones y de conducta capaces de llevar a las personas a su plenitud, y de orientar a la sociedad hacia un desarrollo equilibrado, progresivo y fiel a las más dignas esencias.

Si tenemos en cuenta esta enseñanza podremos entender que la crisis material, generalizada en la aldea global, como llamamos al mundo en que vivimos, es consecuencia de un desorden interior. La causa última de este desorden es el olvido de Dios y, por tanto, una grave mutilación de la identidad, de las motivaciones y del horizonte de la vida humana. Ello empuja, casi inevitablemente, por la fuerza de las abundantes concupiscencias que condicionan el espíritu humano, hacia el egoísmo personal y de grupo, hacia la pretensión incontenible de vivir a un ritmo superior a las posibilidades reales de cada uno, hacia proyectos que desbordan, al menos de momento, los recursos de las mismas instituciones públicas y de iniciativa social de todo tipo. Simultáneamente, empujando hacia los desmanes, desajustes y empeños carentes de una motivación y de unas referencias  acordes con la verdad y la justicia, están y crecen la carencia u opacidad de los valores o virtudes fundamentales que deben regir la vida personal, familiar, laboral y social y el olvido del sacrificio o del dominio prudente de las apetencias.

No es lugar ni hay espacio suficiente para entrar en mayores análisis del problema que hoy nos afecta a todos, de un modo u otro, incluso a los que no tuvieron parte en las causas de la crisis. Pero sí que es momento de reflexionar sobre la parte que cada uno hayamos podido tener en el mal que ahora sufrimos todos. Esta reflexión y la aplicación de sus conclusiones a los proyectos propios y a todas las acciones que van definiendo nuestra vida personal, familiar, empresarial, financiera, laboral, de ocio, etc., y las repercusiones sociales, debe llevarnos, sobre todo a los cristianos, a la necesaria conversión y a un  compromiso apostólico que ayude a los más posibles en el descubrimiento de la verdad que ha de regir la vida humana.

Es necesario tener muy presente que, si Cristo nos ha hecho luz del mundo, nuestra misión es mantener brillante esa luz y hacerla llegar a los demás como un servicio de caridad al que estamos llamados. Buena muestra de ello tenemos en tantos hombres y mujeres que han seguido y siguen a Jesucristo, y cuya influencia social es sido notoria para bien, incluso con el paso del tiempo. Cada uno de nosotros no podremos llegar a influir de ese modo; pero, con el ejemplo y compartiendo la experiencia de la paz interior que el Señor nos concede, podemos contribuir a que vaya creciendo el ánimo de fidelidad a Dios y a los principios que nos ha enseñado.

La Navidad, el comienzo de un Año Nuevo, la celebración de cada Domingo, las fiestas pascuales y tantos otros momentos destacados en la vida de la Iglesia y de quienes la integramos, son un aldabonazo con que Dios llama a nuestra conciencia para que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia, vinculando a ésto la búsqueda legítima y ordenada de los bienes de la tierra. 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz.

Mons. Santiago García Aracil
Acerca de Mons. Santiago García Aracil 73 Articles
ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".