Adentrarse por el camino del Éxodo hacia la Pascua

Mons. Adolfo González Montes    Queridos cofrades y diocesanos todos:

Con el miércoles de Ceniza se abre el tiempo santo de la Cuaresma y las hermandades y cofradías preparan los retoques finales del itinerario de los desfiles procesionales que llevarán a la calle la piadosa representación de la pasión redentora de Cristo y los dolores de Santa María.  Son días de contemplación de los misterios de nuestra redención mediante el sufrimiento del Redentor, entregado libremente a la cruz. Días de meditación y recogimiento, pero también de bullicio de los días festivos y el clamor de la calle, repleta de gentes del lugar y de turistas que se agolpan para ver pasar ante sus ojos asombrados los pasos de la semana mayor de la fe. A pesar de la austeridad que la representación de la pasión de Cristo debería imponer a las consumiciones en barras y mesas de recreo en un día como el Viernes Santo, la abstinencia y el ayuno de los fieles cristianos se hace difícil por el ambiente y el clima festivo que sirve al rencuentro de familiares, amigos y conocidos.

Todo parece contribuir a que la Semana Santa pierda el fervor que debería imprimir la fe a la celebración del Triduo pascual, y la sobriedad con la que los fieles cristianos deberían expresar su asociación a la pasión y muerte del Señor el Viernes Santo, para mejor celebrar la gozosa felicidad de la resurrección de Jesús de entre los muertos el domingo de Pascua.

Es verdad que algunos días de la Semana Santa tienen un color especial, sobre todo el Jueves Santo hasta la celebración de la misa de la Cena del Señor, con la cual se entra en el Triduo pascual. La conmemoración de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio abren al cristiano al misterio del amor de Dios hecho alimento de vida eterna; y al servicio de los ministros de la Iglesia para la salvación, que se hace evangelización y solidaridad con los más necesitados, extendiendo la mesa eucarística a la mesa que alimenta los cuerpos con el pan material cotidiano, figura y medio de la presencia del pan celestial servido en el sacramento del Altar.

Son momentos los del Jueves Santo que invitan al convivio gozoso de los alimentos festivos, pero han de ir seguido de los alimentos penitenciales del Viernes Santo, que la tradición ha ido disponiendo hasta hacerse expresión de cultura y arte culinario. Es verdad que es así, pero el comercio, el consumo festivo y el aparato externo de la Semana Santa desplaza la sobriedad del cuerpo que dispone el espíritu; y las representaciones, llenas de esplendor, pueden ocultar bajo el oro de los tejidos, el adorno de las flores y la candelería de las imágenes y dejar en segundo plano la celebración sacramental que da sentido a los pasos de la representación. Conviene, pues, preguntar: ¿qué quedará en el alma del cristiano después de la Semana Santa? Tenemos que hacer una cosa sin dejar de hacer la otra, para que, ciertamente, el alma quede saciada de fe y de esperanza sobrenatural, y se muestre llena de la caridad que es solidaria condivisión de los bienes con los necesitados.

Será así, si sabemos unir las representaciones procesionales y las manifestaciones de la piedad popular a la atenta escucha de la Palabra de Dios y las celebraciones sacramentales del Triduo pascual. Un cristiano no habrá celebrado la Semana Santa sin participar en la asamblea litúrgica, sin acudir al sacramento de la Penitencia que purifica el corazón, porque de él dimana la malquerencia y las acciones que distorsionan la paz entre los hombres, ofenden a Dios y perjudican la propia vida marcándola con el signo del pecado; porque del corazón brotan las pasiones malsanas que dan pábulo a la envidia, la acumulación de riqueza ilícita, la vanidad que hace necio al ser humano y, con demasiada frecuencia, el crimen y la extorsión, la corrupción y la opresión que resulta del dominio que ofende la dignidad humana y coarta la libertad.

Una Semana Santa para dejar poso en el alma del cristiano, con la memoria vivificadora de lo visto y oído, de lo contemplado y celebrado, requiere participación en la celebración eucarística, adoración del tabernáculo que contiene el pan de la Vida, y adoración de la Cruz que nos ha redimido: acciones del Jueves y Viernes Santo que conducen al gran silencio del Sábado Santo, día para la contemplación de la sepultura de Cristo, con atención meditativa a las lecturas de la Escritura que profetizaron los hecho de salvación narrados y cantados en los hermosos oficios de la liturgia de las Horas, en la crónica evangélica que narra la pasión de Cristo y su desenlace en la Pascua, en el pregón pascual que canta la resurrección gloriosa en la gran Vigilia.

Son los días santos por excelencia que desembocan en la misa solemne del «día primero», el domingo del que vive el entero año litúrgico, hacia el que tienden los tiempos fuertes del año, porque la luz pascual se anticipa en la luz de la Navidad a que se llega por las semanas del Adviento; y la Cuaresma dispone para alcanzar la luminosa explosión pascual de la resurrección.

Cuando el Triduo pascual es sacramentalmente vivido por los cristianos, se convierte en referente ineludible de la vida cristiana. Para que así sea, todo ello requiere hacer espacios durante la Cuaresma libres de perturbación, para interiorizar los objetivos cuaresmales, mediante el recogimiento interior que ayude al cristiano a examinarse y convertirse a la Palabra de Dios. Si no hace hueco en su vida para estos espacios, que le ayuden a vencer las tentaciones de los ídolos que le acechan, adentrándose a lo largo de la Cuaresma por el desierto de la conversión, como los israelitas se adentraron en el camino del éxodo y atravesaron el desierto hacia la patria en libertad, las representaciones sagradas de la Semana Santa pasarán sin dejar fruto duradero. Dios no lo quiera, queridos cofrades y diocesano, y para que no suceda algo así, todos hemos de apresurarnos a acudir a las fuentes sacramentales de la gracia cuaresmal que darán autenticidad impactante a la dramatización exterior de los desfiles procesionales.

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.