Cuaresma: Tiempo de Dios, tiempo de los hombres

Mons. Juan del Río

El itinerario cuaresmal que se inaugura con el llamando miércoles de cenizas, nos conduce al núcleo esencial del cristianismo que es el Misterio Pascual. Cada año la Iglesia se renueva constantemente con la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que nos liberado del pecado y de la muerte eterna.

Benedicto XVI nos ofrece su Mensaje anual de la Cuaresma centrado en el texto de la carta a los Hebreo: “Fijémonos los unos en los otros para el estímulo de la caridad y las buenas obras” (10,24). Su planteamiento es muy original y su contenido es sapiencial. El trípode clásico de: oración, ayuno y limosna, es abordado desde la perspectiva de la virtud de la caridad, que se manifiesta en obras de reconocimiento de Dios y de aprecio hacia los hermanos.

Estamos ante todo en un tiempo dedicado al Señor. El cristiano lo primero que ha de hacer es “fijarse en Jesús”, mediante la intensificación del trato asiduo con Él, por la oración, la vida sacramental, y el desprendimiento en favor del prójimo al estilo del Maestro. Es necesario, que la existencia de cada uno de los bautizados este centrada en Dios cómo único absoluto, como la única verdad que da razón de ser a nuestra vida. La Cuaresma es terapia del espíritu que nos purifica y nos capacita para que entremos en nuestra “bodega interior”, donde resuena la Palabra de vida eterna que nos dice: “Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu Señor” (Sal 44, 11-12). Sólo en el silencio orante sentimos la gracia de la conversión.

Desde esta experiencia del Dios vivo revelado en Cristo Redentor, se descubre la responsabilidad para con los hermanos, estableciendo relaciones caracterizadas por el cuidado recíproco, por la atención “del bien del otro y de todo su bien”. Esto quiere decir, que la Cuaresma es también tiempo dedicado a los hombres, no sólo porque estamos llamados a incrementar nuestras limosnas en favor de los más necesitados, sino porque debemos crecer en humanidad ante el indiferentismo que domina nuestra sociedad actual.

¿Cómo se hace esto? No en razón de una ideología o teoría sociológica sobre los pobres, sino viendo en el hermano menesteroso el rostro sufriente de Dios que reclama una respuesta concreta y generosa en: fraternidad, solidaridad, justicia, misericordia y compasión. La liturgia cuaresmal nos hace más sensibles a las necesidades corporales y espirituales de nuestros semejantes. Si eso no se diera, estaríamos en un culto vacío, y no “en espíritu y verdad” como pide el Evangelio (Jn 4, 19: Cf. Lc 10,30-32). Por eso afirma el Papa que: “la atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, morales y espirituales”.

No debemos quedarnos en una Cuaresma meramente asistencial, “que reduce la vida sólo a la dimensión terrena, olvidando la perspectiva escatológica”. El ejercicio de las buenas obras de estos días ha de ser integral: de “cuerpo y alma”. Es decir, practicando las Obras de Misericordia tanto corporales como espirituales. Por eso, la caridad también se ejercita cuando nos preocupamos por ejemplo de: corregir al hermano con humildad, de ayudarle a que recupere el buen camino, de animarlo para que persevere en la vida cristiana y pueda alcanzar salvación eterna. Convendría no olvidar que nuestra existencia personal y el mismo rostro de la Iglesia, está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como el mal. Así sucede que en la actualidad, para superar esta cultura secularista, es imprescindible el testimonio de la fe cristiana, que se manifiesta en las buenas obras.

La Cuaresma es una ocasión de gracia para caminar juntos en la santidad y en una caridad cada vez más fecunda. Para ello hay que rechazar una serie de tentaciones, como puedan ser: el creerse que uno ya está convertido, vivir en una tibieza espiritual, el no poner a disposición de los demás los talentos que el Señor nos ha regalado, el quedarse en lo puramente exterior de los medios e instituciones y no caminar al encuentro del Señor Resucitado.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma.Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla.Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana.CARGOS PASTORALESEn los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992).El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año.El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".