Jesús es Dios

Mons. Demetrio Fernández   El mensaje central de todo el Nuevo Testamento consiste en decirnos que Dios es nuestro Padre misericordioso y Jesús es el Hijo de Dios, consustancial al Padre y consustancial a nosotros, es decir, Dios verdadero y hombre verdadero. Mientras no llegamos a reconocer a Jesús como Dios, nos quedamos a medio camino de nuestra identidad cristiana. En la nueva evangelización, hemos de proclamar con vigor que Jesús es Dios para conducir a quienes le acogen a la más profunda adoración.

En el evangelio de hoy, Jesús aparece curando a un paralítico (Mc 2,1-12). Un hecho sorprendente por sí mismo, “nunca hemos visto una cosa igual”. Pero, además, Jesús vincula este hecho a su propia identidad de Hijo de Dios, que tiene poder en la tierra para perdonar pecados. 

“¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?”. Con esta pregunta Jesús mismo se está presentando como Dios, como el que ha recibido de Dios ese poder, como el que actúa con la fuerza de Dios a favor del hombre pecador para redimirlo. El paralítico se presentaba ante Jesús con una fe inmensa, buscando la curación física, que Jesús le concedió. Pero al ver la fe que tenía, Jesús fue al fondo del corazón, y le dijo: “Tus pecados quedan perdonados”. El hombre tiene muchas necesidades, pero sólo una es imprescindible. El hombre necesita salud, medios económicos, trabajo, acogida. Cuando carece de esto se siente desvalido. Pero el hombre necesita ante todo alguien que le alivie del peso de sus pecados, que le oprime sin poder librarse de ello. Y eso sólo se lo puede dar Dios. La necesidad más honda del corazón humano es Dios, y sólo Dios puede colmarla. 

Jesús viene a eso precisamente. Cuántas veces se nos presenta un Jesús líder, un Jesús incluso revolucionario, un Jesús que ha luchado por la justicia y por instaurar la paz en la tierra. Es verdad todo eso. Pero Jesús, ante todo, es Dios. Y porque es Dios, puede perdonar pecados, puede curar la mayor desgracia del corazón del hombre. Aquel paralítico y sus acompañantes iban buscando la curación física, y Jesús les salió al encuentro con la sanación de su corazón mediante el perdón de los pecados. No fue una salida de tono, ni una evasión de la realidad que le presentaban. Jesús con el perdón que le ofrece, le descubre su más radical invalidez, que él ha venido a curar. 

Jesús nos invita a no quedarnos en lo mínimo, sino a llegar a lo máximo cuando nos acercamos a él. ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “echa a andar”? La curación del paralítico Jesús la realiza para mostrar su propia identidad divina en un contexto de fe verdadera y sincera, “viendo Jesús la fe que tenían”. 

En la tarea de la nueva evangelización que se nos presenta hoy no podemos ofrecer un Jesús recortado, reducido a un personaje que nos arregla algunos problemas. El problema más hondo del corazón humano es Dios, el encuentro con Dios, el gozo de sentirse hijo de Dios. Todo lo demás es secundario. Aunque muchas personas acuden a la Iglesia buscando el remedio a sus males, como aquel paralítico, la Iglesia tiene el deber de presentarle a Jesús Dios, el Cordero que quita el pecado del mundo. Y toda la acción de la Iglesia, incluso esa acción caritativa que resuelve las necesidades inmediatas, debe ir orientada a mostrar a Aquel que ha venido a buscar a los pecadores para hacerlos hijos de Dios. 

No tenemos que esperar a resolver los problemas de los hombres para presentarles después a Dios, a Jesús el Señor. Cuando alguien acude mostrando sus carencias, hemos de llevarle a Jesús para que se encuentre de veras con él, y descubriéndole lo adore. Sólo desde esa actitud de adoración, al menos por nuestra parte, podremos ofrecer solución a los problemas de los hombres de hoy. Y más aún, sólo desde la adoración a Jesús como Dios podremos mostrar que el poder para resolver tantas dolencias nos viene de Dios, y no es fruto de nuestras capacidades ni siquiera de la suma del esfuerzo de todos. 

Jesús es Dios y tiene capacidad de perdonar nuestros pecados. Por eso cura al paralítico, para mostrarle una salvación integral que tiene en Dios su fundamento. La Iglesia lleva en su seno este tesoro, y no debe limitarse a resolver los problemas de los hombres, sino anunciar a Jesús como Dios, el único que puede sanar el corazón del hombre y llevarlo a la plena felicidad. 

Con mi afecto y bendición: 

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

 

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.