Humildad y felicidad humana

Mons. Juan del Río

La mayoría de los obstáculos para nuestra felicidad nacen de la soberbia más o menos oculta en el corazón. El orgullo y la arrogancia destruyen la convivencia social y familiar. El engreimiento del evangelizador niega la misión. La virtud de la humildad es imprescindible en el orden humano y en el sobrenatural.
Hay que ser realista y tener claro que en esta vida no hay gozo pleno. La felicidad que ofrece la sociedad actual está basada en la mentira, en la autosuficiencia de la criatura, que vive de escaparate, que anhela el dinero y el placer, y que su meta no puede ser otra que la de huir de todo lo que pueda suponer sacrificio, renuncia, abnegación y sufrimiento.
Sin embargo, la felicidad que nos trae Cristo pasa por el camino de la humildad (cf. Lc 10,20-23). La predicación del mensaje evangélico opera un cambio radical en los conceptos acerca de la felicidad y la adversidad. Por eso, a las puertas de una nueva Cuaresma es bueno que reflexionemos sobre el valor de la humildad como fuente de verdad y felicidad. Porque cuanto más se abaja el corazón por la humildad, más se eleva a Dios y se respeta a los demás.
¿A qué llamamos una persona humilde? Parece que, para la inmensa mayoría de la gente, cuando se habla de humildad es como decir: alguien apocado, piadosito, sin entusiasmo y poco emprendedor. Esa desfiguración nada tiene que ver con la auténtica virtud de la humildad que ennoblece a la persona. Santa Teresa de Jesús lo tuvo muy claro al decir que “la humildad es andar en verdad”. Porque es rechazo de las apariencias y de las superficialidades; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de gloria. De ahí, que la humildad sea el fundamento de todas las virtudes y, especialmente, de la caridad. Porque como dijo el Beato Juan Pablo II: “La felicidad es arraigarse en el amor y la soberbia de la vida es enemiga de la caridad”. Ya que no hay nada más infeliz que la felicidad de los satisfechos, de los autosuficientes, de aquellos que no esperan nada de Dios, ni de los hombres.
La etimología del término hace referencia a la condición limitada del ser humano: humildad viene de “humus”, es decir “somos de tierra”: venimos, vivimos, y volveremos a ella. La primera característica de la humildad es su realismo, saber de qué material estamos hechos los seres humanos y cuáles son nuestros verdaderos cimientos. De esta manera, se evita el autoengaño, no se impide la necesaria autoestima de lo que es propio, y a la vez se es agradecido con Dios y con los semejantes. Nada tiene que ver la humildad con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. Por el contrario, se opone al egoísmo y a la soberbia.
Para la permanencia y crecimiento en la virtud de la humildad es indispensable: la frecuencia de los sacramentos de la Confesión y Comunión; no olvidar las practicas de piedad que caldean el corazón; no despreciar la mortificación, el sacrificio y la renuncia a todo aquello que hay de caduco en nosotros; en las contradicciones bendecid al Señor y en las cruces no buscar consuelos exteriores; no dar importancia a las alabanzas ni entristecerse por las ofensas; estar siempre en guardia, pensando si lo que se va hacer nos conduce a la humildad; no desaprovechar la ocasión de escoger los últimos lugares y servicios; cultivar el deseo de no ser y aparecer, antes bien, tener muy presentes las propias deficiencias; acoger con buen ánimo los reproches por los errores; practicar las buenas acciones buscando siempre el anonimato. Estos y otros tantos ejercicios harán que resplandezcan las cualidades de la humildad: alegría, comprensión, paciencia, afabilidad, sencillez, magnanimidad, castidad, obediencia y paz.
Ahora bien, conviene destacar la diferencia entre humildad y humillación. Mientras que la primera es siempre positiva, en los aspectos antropológicos, psicológicos y esenciales para la vida cristiana; la humillación, en principio, es negativa por lo que implica de injusticia, desdén y hasta desprecio del ser humano.
Actualmente, la condición de humillados suele asociarse a los empobrecidos de la tierra, a los que han sido privados de aquellos bienes necesarios para la dignidad humana. No reconocer esos derechos es humillar al hombre y hace necesaria la lucha por la justicia social que pertenece íntegramente al anuncio del Evangelio.
A veces, por defender la causa de Cristo hay que sufrir humildemente las humillaciones de nuestros enemigos; ello nos configura cada vez más con los sentimientos de Jesús, el cual, siendo de condición divina, tomó la de siervo y se humilló hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Filp 2,5-8). Pero Dios engrandece a los humildes y desprecia a los poderosos (cf. Lc 1,52). La fe no es propia de los soberbios, sino de los humildes. Y, como diría S. Agustín, “sólo a pasos de humildad se sube a lo alto de los cielos donde está la completa felicidad”.

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma.Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla.Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana.CARGOS PASTORALESEn los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992).El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año.El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".