La salud como derecho de todos

Mons. José Vilaplana   Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años una voz clama en el desierto, desde el mayor dolor provocado por la carencia del mínimo necesario para vivir. El Concilio Vaticano II nos lo recuerda con meridiana claridad: “Los pueblos hambrientos interpelan a los pueblos opulentos” (Gaudium et Spes, 11). Unos pueblos muy ricos, otros muy pobres, provocan una enorme desigualdad que  Manos Unidas, con la ayuda de todos, quisiera remediar.

El lema de la campaña de este año pretende profundizar en “La Salud como derecho de todos”. Sabemos que nuestras vidas están limitadas en el tiempo y que el modo más frecuente  de enfrentarnos con la muerte es la enfermedad, el quebranto de la salud. Pero mientras entre nosotros la edad media de vida está en los 84 años, en los países del denominado tercer mundo está alrededor de los 50 años. ¡Qué diferencias! Dios, creador de todo, creador de esta humanidad, no puede querer estas enormes diferencias para sus hijos. Es un clamor de esos hermanos nuestros sufriendo enfermedades que nosotros hace ya muchos años superamos. Y con ellas la gran mortalidad, sobre todo, de niños.

Otros datos nos indican que más de doscientos millones de niños comienzan a trabajar en edad prematura, a veces con cuatro años, para poder comer. En Kenia hay unos dos millones y medio de afectados de sida, la mayoría niños. Esto supone la muerte diaria de setecientas personas. De momento la enfermedad no deja de propagarse. Sin embargo, gracias al trabajo de la Iglesia a través de Manos Unidas y otras instituciones, se está combatiendo con resultados positivos y esperanzadores.

Nosotros no somos los únicos preocupados por el llamado tercer mundo. Otras muchas instituciones, de una u otra manera, comparten la misma preocupación. Sin embargo, a nosotros nos impulsa de forma especial la fe en un Dios que es Amor (cfr. 1Jn. 4,7) y es Dios-con-nosotros. Por su amor singular a cada persona y universal por toda la humanidad, envió a su Hijo para que, en su entrega, nos mostrase su mismo modo de amar. Cristo nos enseña a llamar a Dios Padre Nuestro y a reconocernos como hermanos, pues no podemos decir sinceramente que le amamos a Él, a quien no vemos, si no amamos a nuestros hermanos a los que vemos (cfr. 1Jn. 4,20).

Jesús nos dijo, también, que a los pobres los tendríamos siempre con nosotros (Mt. 16,11) y la historia así lo muestra. La crisis en que estamos inmersos nos hace ver la pobreza  a nuestro lado y los medios de comunicación sientan cada día en nuestra mesa los dolores y angustias del mundo entero. No podemos ser insensibles.  Rezar a Dios cada día como Padre de todos, efectivamente, nos lo exige.

Cierto es que los poderes públicos tienen mucha responsabilidad en todo este dolor que invade al mundo. Cierto es que la pobreza, con todas sus secuelas, aumenta desorbitadamente. Al mismo tiempo, la riqueza crece en manos de unos pocos y las distancias entre hermanos son cada vez mayores. A nosotros nos toca ser el buen samaritano que cura las heridas del que ha quedado tirado y maltratado en el camino (cfr. Lc. 10,30), nos toca preocuparnos y ocuparnos del que sufre.

¡Cuánto podemos hacer uniendo nuestras manos, nuestros pequeños esfuerzos! Dice el refranero español que “un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero”. Un grano de trigo proveniente de la oración, el sacrificio y la limosna, es un grano de amor de Dios en Manos Unidas para convertir en granero la solución de muchos problemas, pequeños y grandes, que suman el hambre, la enfermedad y la incultura de millones de hermanos nuestros.

El derecho a la salud es una cuestión de justicia social, pero también de responsabilidad personal, especialmente si somos cristianos. El amor a Jesucristo nos urge y, como ya os he dicho en otras ocasiones, ante la situación de crisis que sufrimos podemos caer en el error de que, por atender las necesidades que sentimos cercanas, nos olvidemos de que las lejanas no nos son ajenas. Así nos lo recuerda la rica Doctrina Social de la Iglesia, cuando nos habla de los derechos básicos de toda persona: alimentación conveniente, higiene adecuada, habitabilidad digna, la indispensable formación, etc.

Animados por la exhortación de San Pablo: “Vivid en el Amor, como Cristo nos amó” (Ef. 5,2); os invito a que sigáis siendo generosos frente a la situación de dificultad que tanto hermanos nuestros sufren más allá de las fronteras de nuestro mundo.

Con mi afecto y bendición.

+ José Vilaplana Blasco

Obispo de Huelva

Mons. José Vilaplana Blasco
Acerca de Mons. José Vilaplana Blasco 28 Articles
Nació en Benimarfull, provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia, el 5 de diciembre de 1944.Cursó estudios eclesiásticos en el seminario metropolitano de Valencia, recibiendo la ordenación sacerdotal el 25 de mayo de 1972. Durante el curso 1980-1981 realizó estudios de Teología Espiritual en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.Tras su ordenación sacerdotal desarrolló su ministerio, de 1972 a 1974, como coadjutor en la parroquia Cristo Rey de Gandía (Valencia). Desde ese año y hasta 1980 fue Rector del Seminario menor de Játiva y Responsable del Instituto de BUP de la misma población.Fue Vicario Episcopal de la zona de Alcoy-Onteniente y párroco de Penáguilla, Benifallim y Alcolecha entre 1981 y 1984. En 1984 fue párroco de San Mauro y San Francisco en Alcoy (Alicante).El 20 de noviembre de 1984 fue nombrado obispo auxiliar de Valencia y recibió la ordenación episcopal el 27 de diciembre de ese mismo año. El 23 de agosto de 1991 fue trasladado a la sede episcopal de Santander. En la Conferencia Episcopal Española es el Presidente de la Comisión Episcopal del Clero.Con fecha 17 de julio de 2006, fue nombrado por S.S. el Papa, Benedicto XVI, Obispo de Huelva, sede de la que toma posesión el día 23 de septiembre de 2006.