Seguidores de su ejemplo: aportándoles sanación

Mons. Gregorio Martínez   Muy queridos hermanos en el Señor Jesucristo: 

Con la misma decisión y renovado empeño que viene demostrando durante todo su fructífero itinerario a lo largo de ya más de cinco décadas, una vez más, en estos días la Organización Católica para el Desarrollo “Manos Unidas” se dirige al conjunto de la sociedad para recordarnos que continúa vigente su “Campaña contra el Hambre”. 

Así en este año 2.012 Manos Unidas quiere y se esfuerza por prolongar y acrecentar su benefactora obra a favor de millones de hombres y numerosos pueblos que continúan viviendo bajo las condiciones más precarias, ya que carecen de los medios más imprescindibles para desarrollar una existencia realmente digna y satisfactoria. 

Para la Campaña presente ha decidido apoyar el Objetivo 6 del Milenio que consiste en este loable y necesario propósito humanitario: “combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades”. Es decir, Manos Unidas quiere ofrecer su ayuda para extender la erradicación y alcanzar la curación de graves dolencias humanas todavía persistentes. Con vistas a difundir y alcanzar el objetivo propuesto Manos Unidas ha escogido este lema: “La salud, derecho de todos. Actúa”. Con el cual nos está recordando que la salud constituye un bien primario que ha de ser cuidado, garantizado y procurado a todos los hombres y mujeres en cualquier lugar de nuestro planeta. 

Quienes tenemos acceso a un sistema sanitario tan amplio de servicios y recursos como el de nuestra sociedad occidental, nos sentimos, en cierto modo, protegidos ante enfermedades que consideramos ya erradicadas, pero que continúan afectando a numerosas personas, sobre todo en aquellos rincones del mundo donde la pobreza está muy arraigada. Aunque aún, también en nuestro contexto, se dan enfermedades para las cuales no se le ha encontrado todavía el tratamiento médico para vencerlas, como el SIDA, que sigue generando gran preocupación social. 

Por lo cual conviene que conozcamos la presencia de algunas enfermedades contagiosas con alta capacidad mortal en los países en vías de desarrollo, como es el caso del VIH/SIDA. El cual ya ha infectado a más de treinta millones de personas en África, la mayoría de los cuales carecen de medios preventivos y terapéuticos para hacerla frente. Así como el paludismo o la malaria, que mantiene la sobrecogedora cifra de más de doscientos cuarenta millones de personas infectadas el año 2008, provocando la muerte de un millón de seres humanos, y en África llevando a la muerte a un niño cada minuto. Como también la tuberculosis, que permanece como una de las causas más graves de mortalidad en todo el mundo, llegando a estar infectada un tercio de la población, así como causando durante un año la muerte de dos millones de personas, y con la capacidad para que una persona afectada pueda infectar a más de diez personas al año. Y así continuaríamos presentando otras enfermedades, casi desconocidas entre nosotros, como la enfermedad de Chagas, el Dengue, la Filariosis linfática, que afectan todavía a numerosas personas, de manera preferente en países de grandes carencias. 

Aunque es verdad que la investigación científica ha logrado y aportado importantes avances con los que ofrecer un tratamiento para estas enfermedades, con el desarrollo de diagnósticos que permiten reconocer la presencia de estas dolencias y la elaboración de eficaces medicamentos que logran la curación de los afectados. Pero también sucede que, en múltiples circunstancias, el acceso a los centros de salud es muy difícil para abundantes grupos de personas que viven en lugares de complejo acceso; a lo que se suma otra problemática: el elevado coste de muchos fármacos, que impide que muchos enfermos, la mayor parte de ellos pobres, puedan adquirirlos y así curarse. 

Conociendo esta dramática realidad de la pervivencia de las enfermedades y de las grandes dificultades para hacerlas frente pudiéramos caer en el derrotismo considerando que no es posible llevar adelante aquel anhelado objetivo: “la salud, derecho de todos”. Pero Manos Unidas nos invita a ser esperanzados y a continuar esforzándonos para procurar su consecución. Por eso esta Organización se atreve a dirigirnos este imperativo: “¡Actúa!”. O sea, no se trata sóolo de reconocer a nivel teórico que la salud debe ser un derecho al que todo hombre y mujer merece tener acceso, sino que, sobre todo, se nos presenta una exigencia para que todos nos impliquemos, tanto a nivel personal, social como institucional, para alcanzarlo y extenderlo. 

Los cristianos podemos descubrir que este imperativo a actuar en bien de la salud del hombre nos lo dirige el mismo Jesucristo, ya que Él con su vida nos ha dejado un testimonio vivo de actuación a favor de los enfermos. Así, repasando los evangelios encontramos numerosos encuentros de Jesús con dolientes: a los cuales Jesús les acoge, les escucha, les consuela y, también, les cura. En Cristo es Dios mismo quien ha obrado con potencia sanadora del mal corporal y espiritual que aflige a múltiples personas. Por eso el Señor nos interpela a sus seguidores con este mandato: actúa con los enfermos según mi ejemplo; o sea, acercándoles el amor de Dios y aportándoles la sanación. 

Alentada y sostenida por el modelo de Cristo, fuente de salud integral, Manos Unidas como Organización de la Iglesia Católica quiere ofrecer salud a tantos hombres y mujeres que ven afectada su existencia por las enfermedades señaladas. Así, con respecto a la lucha contra el SIDA, Manos Unidas pretende actuar con vistas a evitar no solo sus consecuencias, sino también erradicar sus causas: la miseria, la ignorancia, la discriminación sexual, la explotación laboral. Para ello, en concreto, quiere apoyar en Kenia, donde hay más de dos millones de afectados, un programa “Educación para la Vida”, con la finalidad de concienciar a la población sobre los riesgos del SIDA y animar a cambios de conducta en la vida social. 

Manos Unidas ya está actuando para que la salud sea un derecho accesible a todos, por eso ahora esta Organización nos lanza a nosotros esta llamada: ¡Actúa tú también junto a nosotros! A lo cual os exhorto a todos para que nos dispongamos a corresponder colaborando con ella con generosidad y prontitud.

+ Gregorio Martínez Sacristán

Obispo de Zamora

Acerca de Mons. Gregorio Martínez Sacristán 15 Articles
D. Gregorio Martínez Sacristán nace en Villarejo de Salvanés, en la provincia de Madrid y Diócesis de Alcalá de Henares. Se formó en el Seminario Mayor de Madrid y fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1971. Es licenciado en Teología, con especialización en Catequética, por el Instituto Católico de París, donde cursó estudios de 1974 a 1976. Cargos pastorales Su ministerio sacerdotal ha estado vinculado a la Diócesis de Madrid. La parroquia del pueblo madrileño de Colmenar de Oreja fue su primer destino. Estuvo como coadjutor entre 1971 y 1974. Tras un paréntesis de dos años para cursar estudios en París, regresó a España. Ese mismo año, 1976, fue nombrado coadjutor de la parroquia de Santa Eugenia, donde permaneció hasta 1978, y responsable del Departamento para los Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis, cargo que desempeñó hasta el año 1982. Mientras, durante el año 1978, fue capellán del Hospital Beata María Ana de Jesús. También ha sido, de 1988 a 1995, director del Instituto de Teología a distancia; colaborador en la parroquia de San Vicente Ferrer, de 1983 a 2002; y miembro y relator del III Sínodo diocesano de Madrid, durante el año 2005. Desde el año 1995, es delegado diocesano de Catequesis; profesor de Catequética en la Facultad de Teología San Dámaso; colaborador en la parroquia de San Ginés de Madrid, desde 2002; y miembro del Consejo Presbiteral, desde el año 2003. El 15 de diciembre de 2006 fue nombrado Obispo de Zamora y tomó posesión de la Diócesis el 4 de febrero de 2007. Otros datos de interés En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 2008 a 2011. Desde este último año es miembro de la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural