Los religiosos y las religiosas en la Iglesia y en el mundo

Mons. Rubio   La vida consagrada no es algo caduco, pasado, superado, vestigio de una Iglesia en extinción. Hay una valiente expresión de su vitalidad actual: su disponibilidad misionera. Nunca como en estos años ha habido tantas fundaciones, precisamente en momentos agravados por la dificultad numérica que sufren los institutos de vida consagrada.

Los religiosos y religiosas representan en la Iglesia un estado de vida que se remonta a los primeros siglos de su historia y que ha dado siempre, una y otra vez, abundantes y sabrosos frutos de santidad, de incisivo testimonio cristiano, de apostolado eficaz, e incluso de aportación notable a la formación de un rico patrimonio de cultura y civilización en el ámbito de las diversas familias religiosas.

La Iglesia, que es el rostro visible de Cristo en el tiempo, acoge y nutre en su propio seno órdenes e institutos de estilo tan diverso, para que todos juntos contribuyan a revelar la rica naturaleza y el dinamismo polivalente del Verbo de Dios encarnado y de la misma comunidad de los creyentes en El.

Pero hay otro motivo sobre todo que justifica y exige el estado de vida de los religiosos. En un tiempo y en un mundo en que está al alcance de la mano el riesgo de construir al hombre en una sola dimensión, que inevitablemente acaba por ser la historicista e inmanentista, los religiosos están llamados a tener vivo el valor y el sentido de la oración adorante, no desconectada, sino unida al compromiso vivo de un generoso servicio prestado a los hombres, que precisamente de ella trae posibilidades e impulso. (cf., Juan Pablo II, Discurso a los Superiores Generales, 1979).

Siendo los religiosos, como sabemos, parte viva y entrañable de la Iglesia, no cabría siquiera plantear el problema de si están interesados o no por el bien del mundo. Lo están tanto como lo está la Iglesia. ¡Ay del mundo, si faltara el estado religioso! No; no son los religiosos personas “desentendidas” o “inútiles”, son, por el contrario, beneméritos de la humanidad. Lo son, sin duda, los religiosos de vida activa, gastando sus fuerzas y la vida misma en enseñar al que no sabe, en buscar la oveja descarriada, en asistir al enfermo… Pero lo son, no menos, los que se escondieron a las miradas del mundo, profundizando en las entrañas de Cristo, donde encontraron y abrazaron a todos los redimidos por Cristo. Los religiosos, al mismo tiempo que son una perla de la Iglesia, prestan a todos los hombres generosos servicios de toda índole.

En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada aparece como un signo particular del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo “desde más cerca”, manifestar “más claramente” su anonadamiento, es encontrarse “más profundamente” presente, en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque los que siguen este camino “más estrecho” estimulan con su ejemplo a sus hermanos; les dan este testimonio admirable de “que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios” (cf., Catecismo de la Iglesia Católica, n. 932).

Sea público este testimonio, como en el estado religioso, o más discreto, o incluso secreto, la venida de Cristo es siempre para todos los consagrados el origen y la meta de su vida. El Vaticano II afirma: “El Pueblo de Dios, en efecto, no tiene aquí una ciudad permanente, sino que busca la futura. Por eso el estado religioso […] manifiesta también mucho mejor a todos los creyentes los bienes del cielo, ya presentes en este mundo. También da testimonio de la vida nueva y eterna adquirida por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del Reino de los cielos”.

El mejor regalo para la Iglesia al servicio del evangelio seria contar con religiosos y religiosas testigos de Dios Padre, Dios Madre, Dios amigo y  Dios Amor. Un Dios que sufre y llora en la carne de todos los que sufren y lloran. Cualquiera que sea su edad, ya estén jubilados o en activo, los religiosos y religiosas son testigos de la misericordia y de la ternura de Dios hacía todo ser humano. La vida consagrada tiene mucho futuro por delante.                                                                                                                                                                                           

+Ángel Rubio

Obispo de Segovia

Mons. Ángel Rubio Castro
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Nace en Guadalupe (Cáceres), Archidiócesis de Toledo, el 18 de abril de 1939. Entró en el Seminario Menor diocesano de Talavera de la Reina (Toledo) desde donde pasó al Seminario Mayor “San Ildefonso” para realizar los estudios eclesiásticos. Fue ordenado sacerdote en Toledo el 26 de julio de 1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología en Madrid, por la Universidad Pontificia de Comillas y en Salamanca la Diplomatura en Catequética por el Instituto Superior de Pastoral. Es Doctor en Catequética por la Universidad Pontificia de Salamanca.CARGOS PASTORALESTanto su ministerio sacerdotal como el episcopal han estado vinculados a la diócesis de Toledo. Como sacerdote desempeñó los siguientes cargos: de 1964 a 1973, coadjutor de la parroquia de Santiago el Mayor; 1971, Secretario de la Visita Pastoral; 1972, director del Secretariado Diocesano de Catequesis; en 1973 es nombrado capellán y profesor de la Universidad Laboral de Toledo, Beneficiado de la Santa Iglesia Catedral primada, cargo que desempeñó hasta el 2000, y profesor de Catequética en el Seminario Mayor, donde fue docente hasta su nombramiento episcopal. Además, de 1977 a 1997 fue Vicario Episcopal de Enseñanza y Catequesis; de 1982 a 1991 profesor de Religión en el Colegio diocesano “Ntra. Sra. de los Infantes”; en 1983, capellán de las Religiosas Dominicas de Jesús y María; de 1997 a 2000 es designado subdelegado diocesano de Misiones y en el año 2000 delegado diocesano de Eventos y Peregrinaciones, Profesor de Pedagogía General y Religiosa en el Instituto Teológico de Toledo, Delegado Episcopal para la Vida Consagrada y Canónico de la Catedral, cargos que desempeñó hasta 2004.El 21 de octubre de 2004 se hacía público su nombramiento como Obispo titular de Vergi y Auxiliar de la Archidiócesis de Toledo. El 12 de diciembre del mismo año recibió la consagración episcopal. El 3 de noviembre de 2007 se hacía público el nombramiento como Obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 9 de diciembre de ese mismo año.El Papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Segovia el 12 de noviembre de 2014, aunque continuó como administrador apostólico hasta el 20 de diciembre, día de la toma de posesión de su sucesor.Es Consiliario Nacional para Cursillos de Cristiandad.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Anteriormente, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Enseñanza (desde 2005) y de Apostolado Seglar (desde 2011). También ha sido miembro, de 2005 al 2011, de Vida Consagrada.