«Creo porque no tengo derecho a no creer», confiesa Rafael Álvarez, 'el brujo'

(Beatriz Lafuente. Diocesismalaga.es)

“Sería como traicionar la confianza de un amigo leal, creo en la divinidad de Jesús” afirma rotundo el actor y dramaturgo Rafael Álvarez, “El Brujo” (Lucena, Córdoba, 1950) cuando se le ha preguntado por su fe, durante su visita al XXIX Festival de Teatro de Málaga, donde ha representado “Mujeres de Shakespeare” en el Teatro Cervantes. Entre sus últimas obras destacamos “El Evangelio de San Juan” y de sus numerosos premios, la medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, que le entregaron SS.MM. los Reyes de España.

– Se le ilumina la mirada al hablar de Jesús de Nazaret, ¿Por qué?

– Lo más fascinante de la vida de Jesús es el equilibrio, la simetría, la proporcionalidad entre los diferentes rasgos de su personalidad, en el sentido de un maestro independientemente de su naturaleza divina, en la cual yo creo absolutamente.

-¿Qué le hace estar tan seguro de esa naturaleza divina?

– Creo en la naturaleza divina de Jesús porque algo me lo dice. Es más, creo porque no tengo derecho a no creerlo, es como si traicionara la confianza de un amigo leal. No puedo ser escéptico cuando me está dando señales de que es leal. Sin ir muy lejos, en el evangelio de san Juan, por ejemplo, ves a un personaje divino involucrado en las actividades históricas y mundanas. Eso teatralmente es de una potencia tremenda.

– Pero su fe no ha sido siempre tan férrea, ¿Qué le movió a representar un evangelio?

– Yo he tenido un camino de ida y de vuelta en la cuestión religiosa, el monasterio de Silos ha sido para mí un punto de inflexión en este camino. Dos momentos importantes en mi vida tienen relación con este monasterio. Cuando tenía 33 años, cuatro amigos decidimos ir allí a pasar un fin de semana y disfrutar del silencio. Pero a 40 kilómetros de Silos el coche salió volando, murieron dos de mis amigos, yo salí ileso, aunque despedido a varios metros. Entonces no llegué al monasterio, estuve diez días ingresado en el hospital y cuando pasó el peligro volví a Madrid besando el suelo, ya no me hacía falta leer ningún evangelio para creer. Después de aquello ya no quería volver a Silos, del miedo que había pasado. Pero a los 45 años involucrado en una tormenta de la vida, lloraba y lloraba, ya no sabía que hacer, así que decidí volver a Silos. Cuando llegué no había nadie, los monjes cantaban, así que me senté allí, junto a un cristo negro y recuerdo que las lágrimas fluían a raudales, entonces le entregué mi alma, como si fuera un psicoanalista, para que me ayudara, pensé: él me va a escuchar sin decirme nada y eso es lo que yo necesito. Finalmente cuando se fueron los monjes, terminé gritando: ayúdame, de una manera casi agresiva. A partir de ese momento volví periódicamente.

– Entonces, ¿fue en Silos donde entró en contacto con los evangelios?

– Allí decidí confesarme con el padre Moisés tras 37 años sin hacerlo. La última vez que me había confesado tenía unos 14 años, después de eso fui hippie, ateo, comunista, desencantado, separado… y volví al redil como la oveja perdida, que cuando ya está muy mal, dice: padre perdóname y dame lo que sea porque ya no puedo conmigo mismo. En esa charla le comenté que no sabía porque había pedido formalmente la confesión, quizás porque creía que estaba desahuciado y esto era lo único que me quedaba. Él padre Moisés se rió y me dijo: tienes que hacer algo sobre los evangelios, ve a la fuente original. Por ello me propuse leer los evangelios y fue cuando surgió la idea. En el monasterio de Silos se consideran los padres de este evangelio, y desde entonces hablo cada pocos días con ellos.

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