La vida consagrada, regalo para la iglesia y la sociedad

Mons. Francesc Pardo i Artigas    El próximo jueves, 2 de febrero, fiesta de la Candelaria, la Presentación del Señor, celebramos especialmente el día de la Vida Consagrada. Cada año, en la catedral o en la basílica de San Félix, nos reunimos con un buen número de religiosos, religiosas, miembros de les institutos seculares que han consagrado su vida a Dios y a los hermanos por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia y, la mayoría, en vida comunitaria.

El pasado mes de octubre presidí la profesión solemne de trece jóvenes religiosas, procedentes de distintos países, en una familia religiosa muy vinculada a nuestra Diócesis. Trece jóvenes que de forma consciente se han entregado totalmente a Dios y a los hermanos. Durante mis visitas pastorales y en otros momentos, he compartido las alegrías, inquietudes, trabajos, servicios y plegarias con muchas comunidades de vida consagrada. También, durante el pasado verano, visité una comunidad de unas 130 religiosas de vida contemplativa, la mayoría de les cuales, son muy jóvenes.

¿Por qué recuerdo estos hechos y experiencias? Pues, porque algunas personas, incluso cristianas, se preguntan para que sirve la vida consagrada. Permitidme que rememore un hecho vivido, sin concretar tiempo y lugar. Una joven, que estaba próxima a concluir su carrera universitaria, muy apreciada por su carácter, espíritu de servicio y también por su belleza, planteó a sus padres la posibilidad de hacerse monja. No tenía claro si de vida activa –preferentemente en el ámbito de la sanidad- o de vida contemplativa. Sus padres reaccionaron muy mal. Preferían que escogiese cualquier otro camino, antes que el de hacerse monja, consideraban que sería el peor disgusto que podría darles en vida, después de todo lo que habían hecho por ella.

Y la cosa no quedó así: los padres fueron a hablar con el párroco al que consideraban culpable de “haber llenado la cabeza de su hija”. El padre, un hombre que había amasado una fortuna en poco tiempo, le acusó –muy enfadado- de ser el culpable de todo, y le amenazó con hacerle la vida imposible, en el caso que no sacase de la cabeza de su hija aquellas ideas. La madre fingía sufrir una depresión. No es necesario que siga…La joven, con el fin de no disgustar a sus padres, no volvió a plantearse la opción de la vida consagrada.

La cuestión para muchos sigue siendo: ¿Para que sirve hoy, la vida consagrada? Creo que se lo preguntan porque les sorprende e incluso les provoca un cierto malestar cuando piensan en si mismos, en su vida y sus intereses.

La respuesta está, no solo en el servicio que ofrecen a los más pobres, enfermos o ancianos, sinó y principalmente por ser testimonios de amor gratuito y total a Jesucristo; porque son testigos de la belleza del evangelio en nuestra sociedad y de las maravillas que Dios hace en medio de nuestra frágil humanidad. Son un elocuente espejo de una vida transfigurada, de una vida que se gasta en el amor y servicio al Señor y en aquellos con los que Él más se identifica.

Concretamente, los votos de castidad, pobreza y obediencia son signos alternativos en medio de una sociedad que, con frecuencia, confunde el amor con la búsqueda del placer egoísta; la riqueza con la felicidad y la realización personal; y el hecho de no tener norma alguna, con la verdadera libertad; memoria y signo, por tanto, del amor que no posee, sino que se dona totalmente; signo del Amor de Dios y del amor a Dios; advertencia de que la acumulación de bienes no asegura la felicidad y la realización humana; y permanente recuerdo que la verdadera libertad no es hacer lo que uno quierey me place en cualquier momento, sino buscar lo que Dios quiere y que los demás necesitan, y ser fiel a compromisos concretos.

Religiosos, religiosas, hombres y mujeres que habéis consagrada la vida a Dios y a los hermanos, ya sea en vida activa, o acentuando la plegaria y la contemplación: gracias, muchas gracias, porque sois un gran regalo para nuestra Iglesia y nuestra sociedad..

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña.Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany.El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.