Consagrar la vida a Dios

Mons. Antonio Algora      Consagrar es un verbo de difícil comprensión para una sociedad que vive como si Dios no existiera. Entresaco del Diccionario de la Real Academia las dos definiciones que más se aproximan a la comprensión del término desde la fe: “Hacer sagrado a alguien o algo” y “Dedicar, ofrecer a Dios por culto o voto una persona o cosa” 

El documento conciliar que trata de la vida consagrada, pone en la llamada de Dios el origen de la consagración más que en la propia iniciativa del individuo que se consagra. Nos dice: “…todos los que son llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos y fielmente los profesan se consagran de modo particular al Señor, siguiendo a Cristo, quien, virgen y pobre, redimió y santificó a los hombres por su obediencia hasta la muerte de Cruz. Así, impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones, viven más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia. Porque cuanto más fervientemente se unan a Cristo por medio de esta donación de sí mismos, que abarca la vida entera, más exuberante resultará la vida de la Iglesia y más intensamente fecundo su apostolado.” (PC. 1) 

En dos cuestiones quiero llamar vuestra atención: “el peculiar seguimiento de Cristo” y “una donación de sí mismos que abarca la vida entera”. Ciertamente la llamada a unirse a Jesucristo es para todos los cristianos: sacerdotes, religiosos y seglares, pero la llamada a identificarse con Cristo en la práctica de los consejos evangélicos: “pobreza, castidad y obediencia” es lo propio de quien se une al Señor sin mediación alguna. En este punto surge inmediatamente la dificultad. En un mundo que apoya sus relaciones sociales en el dinero, el afecto y la libertad, ¿cómo es posible que la Iglesia mantenga abierta tozudamente este modo de ser cristiano? Realmente ¿es posible vivir sin contar con el dinero, sin depender del amor de una persona en exclusiva y obedeciendo la voluntad de otra? La respuesta es la persona misma de Jesucristo cuya voluntad es hacer la del Padre Dios, morir abandonado de todos y su lección primera del evangelio de S. Juan “venid y lo veréis” que Mateo explicita: “Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”(Mt, 8,18) 

La vida de nuestros consagrados es muestra de que ha sido, es y será posible seguir al Señor, así sencillamente, porque Él -verdadero Hombre- vivió así y se hace presente así en los que siguen su llamada. Ellos, los consagrados, son los mejores testigos de la felicidad conseguida aquí en la Tierra como anticipo de la Vida Eterna que todos esperamos gozar. 

La segunda cuestión: “una donación de sí mismos que abarca la vida entera” debería ser más fácil de explicar, aunque la búsqueda ansiosa del bienestar ciertamente corrompe lo mejor de la persona humana que es su capacidad de decisión. Es curioso que admiramos, por ejemplo, la fidelidad de un perro a su dueño por ser capaz de recorrer distancias y soportar calamidades para encontrarlo, y, a la vez, asaltamos o no tenemos inconveniente en asaltar la fidelidad del marido, de la mujer, del sacerdote, del consagrado… con el triste argumento de que siempre puede cambiar de parecer o ejercer su libertad, negando así la decisión libre anterior. 

La capacidad mayor que el ser humano tiene sobre el resto de las criaturas es precisamente esa, la de poder comprometer, con su decisión libre, el resto de sus días. Decisión tanto más acertada cuanto mayor es el objetivo de su entrega: el mismo Dios.

 + Antonio Algora

Obispo Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid.El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe.Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid.El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid.El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año.Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.