Misioneros, ya desde niños

Mons. Demetrio Fernández    El mandato misionero de Jesús a su Iglesia sigue resonando en nuestros corazones también hoy: “Id y predicad el Evangelio a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo… El que crea y se bautice se salvará” (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 16). Este mandato misionero no supone imponer la fe a nadie, y menos aún por la violencia, sino que propone el Evangelio como un tesoro descubierto, que se quiere compartir para bien de los demás.

Celebramos en estos días la Infancia Misionera, que quiere inculcar en los niños católicos ese deseo de que Jesús sea conocido por todos los demás niños del mundo. Continuamente enseñamos a los niños a ser capaces de compartir, desde un juguete hasta la necesidad básica del alimento y la cultura. En primer lugar, para apreciar lo que tienen, pero además, porque se hagan sensibles de que la inmensa mayoría de los niños del mundo no disfrutan de todos estos bienes. Iniciativas de todo tipo van educando en ese espíritu solidario: lo que tú has recibido tienes que compartirlo con los demás, y eso a ti te hace bien. 

Esta jornada misionera nos advierte que el mayor bien que una persona posee es el de haber encontrado a Jesucristo, y la mayor desgracia consiste en no conocer a Jesucristo, único salvador del mundo. Muchos niños del mundo no conocen a Jesucristo, porque nunca han oído hablar de Él o porque no tienen quién les anuncie esta buena noticia. Y no hemos de irnos a países lejanos, donde puede darse esta carencia junto con otras muchas de tipo material. No. También entre nosotros, muchos niños ya no han recibido de sus padres la transmisión de la fe en Jesucristo, para descubrirlo progresivamente como amigo, como el Hijo de Dios que se ha acercado hasta nosotros con deseo de ganarse nuestra amistad, para hacernos partícipes de su vida divina. Muchos niños nuestros viven rodeados de otros niños que no son cristianos, o que habiendo recibido el bautismo, apenas conocen a Jesús como verdadero amigo. 

Las actitudes que se cultivan desde la infancia permanecen para toda la vida, son como cimientos sobre los que se construye la historia de cada persona. Y esta actitud misionera es una de las actitudes básicas, que influirán en una persona para siempre. Hemos aflojado en el espíritu misionero, también en este nivel de la infancia, que al fin y al cabo recibe lo que los adultos queremos proporcionales. También en este campo se percibe el influjo del relativismo de nuestro tiempo. Un relativismo en el campo religioso, por el que consideramos erróneamente que todo vale y que da lo mismo una religión que otra. Por ese camino, no somos capaces de apreciar como tesoro la fe cristiana recibida desde los apóstoles y el mandato misionero de ir al mundo entero a anunciar el Evangelio. 

Los mismos slogans que manejamos en este campo religioso y en el propiamente misionero no pasan muchas veces de ser una invitación light a una solidaridad descafeinada que no compromete y, por tanto, no se vive con entusiasmo. Es preciso tomar conciencia del don de la fe como un tesoro recibido, que tenemos que compartir con quienes no lo tienen. Un niño es capaz de conocer a Jesucristo, de hacerse amigo de Él, si tiene a su alrededor personas mayores –empezando por sus padres y sus educadores – que le hablan con pasión de Jesús y sus enseñanzas. 

Un niño está llamado a apasionarse por Jesucristo, si encuentra personas apasionadas que se lo transmiten. Y eso no está reñido con la capacidad de respetar al otro y sus diferencias. La Infancia Misionera no consiste en animar a los niños a una solidaridad que igualmente podría darse si uno no fuera cristiano. Podemos y debemos enseñar a los niños a ser misioneros. Ellos son capaces de recibir esta llama del ardor misionero, que quiere que todos los hombres se salven porque han conocido a Jesucristo, único salvador. Muchos niños del mundo – también cercanos a nosotros – no lo saben, y a nosotros se nos ha dado para que aprendamos a compartirlo. La fe, también en los niños, se fortalece dándola. 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.