Los cristianos, ¿podremos unirnos de una vez?

Mons. Santiago García Aracil    La respuesta es cuestión de fe y de conversión personal. Es cuestión de fe porque nadie, que sea sensato en la consideración de quién es Jesucristo, puede dudar de la sinceridad, del acierto y de la acogida de su oración en momentos tan cruciales como los que precedieron a su pasión y muerte después de la última cena. Dirigiéndose al Padre, suplicó entonces diciendo: “que todos sean uno, como  tú, Padre, en mí, y yo en ti,  que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17, 21).

También es cuestión de conversión personal porque la división entre cristianos es debida a las debilidades y torpezas humanas a la hora de contemplar el misterio de Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La división es debida , también, a la incoherencia entre la fe que profesamos y la vida que llevamos al mismo tiempo en que nos manifestamos como verdaderos seguidores de Jesucristo. Y se debe, muchas veces, a la obcecación pecaminosa cuando nos empeñamos en que prevalezca la propia visión y  expresión de la verdad en relación con el misterio de Dios, y en la aplicación a la vida personal, eclesial y social en sus distintos ámbitos y dimensiones; sobre todo si no admitimos de ninguna forma que podría haber también destellos de la verdad en las manifestaciones de los otros hermanos separados.

Los condicionantes que llevan consigo nuestra limitación como criaturas contingentes, y nuestra inclinación, tantas veces consentida, hacia el pecado, hacen muy difícil discernir, con acierto y a tiempo, la verdad, la justicia y la oportunidad en las palabras, en las acciones y en las decisiones personales e institucionales; al fin y al cabo, las instituciones está regidas por personas.

En tanto la unidad entre las diversas Iglesias cristianas depende  de la eficacia de la oración de Jesucristo, no podemos olvidar que, como Dios no se impone, sino que respeta la libertad humana, incluso cuando ésta puede interferir en los planes de Dios (por ejemplo, cuando pecamos de una forma u otra), la súplica  elevada por el Señor ha de ser secundada por todos nosotros con fe, constancia y sinceridad. Es necesario entender y aceptar que la oración no se reduce a elevar una súplica en uno o varios momentos, aunque sea sincera. La verdadera oración está requiriendo que nuestra vida se comprometa coherentemente con lo que estamos pidiendo. Así, al menos, lo hizo Jesucristo. De otro modo, lejos de nuestra oración naciera de la sincera adhesión personal a Jesucristo, sería una forma incorrecta de recurrir a Dios para utilizarle al servicio de lo que, considerado legítimo y necesario, trasciende o desborda nuestras posibilidades. No olvidemos que Dios no está a nuestro servicio, sino a la inversa. Lo que ocurre es que, como Dios nos ama infinitamente aún cuando estamos en pecado, nos busca y nos inspira para que cambiemos nuestra conducta. Para salvarnos,  Él mismo toma siempre la iniciativa con respeto y con la constancia que corresponde a su paciencia con nosotros. Le hemos costado mucho. Tengámoslo en cuenta.

En tanto la unidad de los cristianos depende también de nuestra aportación personal y comunitaria, es muy oportuno que nos planteemos cuáles son nuestras actitudes y comportamientos ante las acciones y expresiones de los demás. Es necesario que, tomando conciencia de que nadie somos plenamente capaces de medir, en un instante, la complejidad de los motivos, la grado de sinceridad y la medida de la razón que mueven a los demás a tomar, o a haber tomado, determinaciones que no compartimos (es necesario, digo), que procedamos, antes que nada, a escuchar, a leer con atención, a estudiar con detención y a analizar serenamente la trascendencia de lo que otras personas o grupos dicen, hacen y pregonan.

Todo esto debe hacerse orientados debidamente por quienes  tienen mayor conocimiento del problema,  mayor experiencia y mayor autoridad sobre la materia de que se trate. Aplicado todo ello a la acción de la Iglesia católica en relación con las demás Iglesias cristianas separadas, debemos entender que cada uno actuaríamos mal si, guiados por una erróneo concepto de la fraternidad, o por un “buenismo” incompetente, quisiéramos romper con  la división a base de considerarlo todo bueno, verdadero, válido y acorde con la enseñanza de Jesucristo. En el mismo error caeríamos si, llevados de un celo más pasional que fundado en  la verdad y en el amor, quisiéramos resolver el problema con una condena rotunda que rompiera o impidiera la relación fraternal y comprensiva con quienes el Magisterio de la Iglesia Católica considera fundadamente como hermanos separados. Vuelvo a decir que la separación entre los cristianos ha de ser entendida desde la conciencia de que las causas no están sólo en quienes tomaron otro camino, sino también en quienes dieron lugar a dicha separación a causa de las propias actitudes y comportamientos.

Debe quedar claro, pues, que el Ecumenismo, o las oraciones y trabajos orientados a la mutua comprensión, al perdón recíproco, y al  progresivo descubrimiento de la verdad,  en la que debemos unirnos como auténtica familia de los hijos de Dios y discípulos de Jesucristo, es cuestión de fe y de  humilde conversión; acompañado todo ello de paciencia y constancia en la plegaria, en los trabajos y en la voluntad de comunión fraterna.

Para lograr todo ello, debemos unirnos, también, en la oración compartida con los hermanos separados, y en la decisión a purificar nuestras actitudes y a corregir nuestros comportamientos teniendo como guía la búsqueda de la Verdad que es Jesucristo, y la práctica de la caridad que debe ser el distintivo de los cristianos.

Tengamos todo esto en cuenta, especialmente, en estos días de oración por la unidad de los cristianos.

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".