El mensaje contemporáneo de la Iglesia, mensaje de modernidad humana

Mons. Julián Barrio Barrio   En estos momentos hemos de sentirnos motivados a salir del camino trillado y tratar de explorar maneras diferentes de hacer algo o respuestas más certeras. La sabiduría no nos permite ser agoreros pesimistas ni ingenuos entusiastas. El hombre sabio está en armonía con todo lo que existe, no percibe la fricción y sabe que antes de mejorar algo en el mundo, hay mucho que mejorar dentro de si mismo. Por ello se hace preciso un análisis sereno y ponderado de la actual situación, de modo que no se oscurezcan las luces que lo iluminan ni pasen desapercibidas las sombras que lo ensombrecen. Vivir es aprender.

Decir que la existencia humana es compleja, no nos sorprende a nadie. Forma parte de nuestra experiencia vital. Pero esto exige concretamente del cristiano la lucidez y la valentía tanto para esclarecer sus misterios a la luz de la revelación divina, como para actualizar los significados de ésta discerniendo los signos de los tiempos. Se nos pide tomar conciencia de que una sociedad no puede reinventarse en cada momento, echando por la borda el bagaje cultural y moral que le han legado las generaciones pretéritas como si no hubiera nada en todo ello que mereciese ser conservado; como si todo cambio equivaliese a un verdadero progreso; como si pudiese haber progreso cuando se ha perdido toda perspectiva de hacia dónde hemos de encaminar nuestros pasos.

 Hoy me dirijo a Vds. como el Arzobispo que habla a los habitantes de la ciudad, esta ciudad que consideran suya espiritualmente millones de personas que la visitan por el magnetismo espiritual de la tumba apostólica, y en la que son patentes las dimensiones de la hispanidad, de la europeidad y de la universalidad en el devenir de una sociedad llamada a “edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos”. Hemos ido creciendo y dando sentido a nuestra existencia a través de los valores de la tradición apostólica que impregna nuestra cultura y civilización. Es necesario preservar la expresión pública del hecho religioso y valorar la religión como una aportación positiva para la cohesión social. En esta perspectiva, la Iglesia aporta una lectura creyente de la realidad con una visión esperanzadora. Y de esta lectura se deduce que los valores no los podemos servir a la carta porque corremos el riesgo de ofrecer una visión individualista y puramente pragmática de la existencia. Hasta ahora escuela y familia constituían dos pilares básicos como transmisoras de valores. Ahora son dos pilares un tanto resquebrajados. En medio de todo, la Iglesia sigue ofreciendo respuesta a los que buscan el sentido de su existencia. Les decía que hoy dejo el púlpito para ocupar una tribuna hablando a la ciudad común, como gusta decir Benedicto XVI que nos ha encomendado reiteradamente la tarea de traducir los contenidos de la tradición cristiana en categorías y valencias accesibles al habitante de la ciudad terrena con la preocupación de colaborar en el bien común. Una colaboración que en ningún caso merma la libertad del poder civil. La comunidad política y la Iglesia son entre si independientes y autónomas en su propio campo aunque están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres a través de una sana cooperación entre ambas (cf GS 76), pudiendo la Iglesia emitir un juicio moral también sobre las cosas que atañen al orden político, económico, cultural y social cuando lo exigen los derechos fundamentales de las personas o la salvación de las almas. En este sentido la enseñanza del obispo pueda llegar (de hecho llega) más allá de los espacios de la Iglesia, de modo que pueda ser libremente acogida por quienes lo deseen, como una aportación para el conjunto de la ciudad del hombre. 

Hoy, coloquial e intelectualmente la palabra emergente es crisis. Percibimos el momento actual en la clave de la crisis económica y financiera, sin descuidar su dimensión existencial, aquella que toca a la experiencia cotidiana de las personas que cada día viven su vida y mueren su muerte. Cuanto más tiempo arrastramos un problema, más pesado se nos hace. Considero que esta crisis, cuyas raíces son culturales y antropológicas, debe ser interpretada como los dolores de un parto, como una transición dolorosa llamada a alumbrar una nueva forma de convivencia. La crisis está generando un cambio y puede llevarnos a una transformación radical de nuestro estilo de vida. Nada está perdido si el pasado nos sirve no como sofá sino como trampolín con el propósito de comenzar de nuevo. Hace falta vivir esta condición sufriente con toda nuestra energía personal y comunitaria, porque el mañana reflejará nuestra esperanza de hoy. Y para vivir adecuadamente esta transición, se reclama un ensanchamiento de la razón económica y de la razón política, que den cabida al peso de la persona y de sus relaciones. “Es urgente liberar la razón económico-financiera de la jaula de la tecnocracia y del individualismo”, cuyos límites hemos visto con la explosión de la crisis, y también de esa realpolitik que se convierte en mero pragmatismo y estrategia por el poder. En una reciente intervención, Benedicto XVI dice que es “una mentalidad que se ha ido difundiendo en nuestro tiempo, renunciando a cualquier referencia a lo trascendente, se ha mostrado incapaz de comprender y preservar lo humano. 

La difusión de esta mentalidad ha generado la crisis que vivimos hoy, que es crisis de significado y de valores, antes que crisis económica y social. El hombre que busca vivir sólo de forma positivista, en lo calculable y en lo mensurable, al final queda sofocado”. 

1. He de referirme al riesgo que corren los católicos en la vida pública con el señuelo del secularismo que lejos de hacerles más incisivos en la historia les convierte en sal insípida y levadura estéril. Es precisa la dimensión antropológica y ética para afrontar la acción social, económica y política. Creyentes y no creyentes encuentran un referente de actuación en la Doctrina Social de la Iglesia, “basada sobre principios de reflexión, criterios de juicio y directivas de acción, y no sobre alquimias partidistas”. En este sentido, no es aceptable la cultura del gasto y del endeudamiento sin límites, tanto por parte de las personas como sobre todo por parte de las administraciones. Se podría decir que la crisis actual ha manifestado una “irreverencia” en el uso de los bienes materiales. Se requiere un cambio en la forma de vida que pasa por la paciencia para esperar a que se realicen los propios deseos, por la limitación de la avidez, por el cuidado de las cosas y no su sustitución compulsiva, por una mirada ponderada sobre la duración de la propia vida, y por una tensión por compartir solidariamente con los otros. Signos todos ellos de una vida gobernada por la virtud, que debe partir de las realidades de bien que ya están presentes, sin dejarnos frustrar por planes utópicos. Aquí la relevancia de las familias resulta esencial como factor de cohesión, de educación y de experiencia de esa vida buena verificada en las más diversas circunstancias.

2. Considero necesario proponer la vía de la paz consigo mismo y con los demás para vivir el sufrimiento cotidiano que impone la situación de crisis. Esto conlleva asumir el riesgo del testimonio personal en todas las relaciones y comportamientos cotidianos, evitando exasperar los enfrentamientos y conflictos en todos los órdenes. El mundo en que estamos es un mundo con férreas defensas entre individuos, naciones, grupos étnicos, clases y religiones. Por tanto no nos encontramos donde podríamos estar, en un estado en el que la paz se fundara en lo que algunos denominan la “economía del don”, una vida basada en la generosidad mutua. En la historia de la humanidad se ha transmitido el arraigado hábito de volvernos hacia nosotros mismos, de encerrarnos en nuestro yo. Aprendemos qué queremos, viendo que otras personas también lo desean y compitiendo con ellas por conseguirlo. 

3. La fe cristiana genera un juicio cultural y una experiencia de vida significativa para todos, en la que es imprescindible el diálogo basado en la razón común, que es exigencia de sentido y apertura a la totalidad de lo real, con el deseo de lograr la felicidad. Me paro brevemente en nuestro deseo de ser felices. Cuando buscamos la felicidad, no debemos contar con el éxito garantizado e inminente, sino sentirnos orgullosos de intentarlo y de disfrutar crisis de significado y de valores, antes que crisis económica y social. El hombre que busca vivir sólo de forma positivista, en lo calculable y en lo mensurable, al final queda sofocado”. 

1. He de referirme al riesgo que corren los católicos en la vida pública con el señuelo del secularismo que lejos de hacerles más incisivos en la historia les convierte en sal insípida y levadura estéril. Es precisa la dimensión antropológica y ética para afrontar la acción social, económica y política. Creyentes y no creyentes encuentran un referente de actuación en la Doctrina Social de la Iglesia, “basada sobre principios de reflexión, criterios de juicio y directivas de acción, y no sobre alquimias partidistas”. En este sentido, no es aceptable la cultura del gasto y del endeudamiento sin límites, tanto por parte de las personas como sobre todo por parte de las administraciones. Se podría decir que la crisis actual ha manifestado una “irreverencia” en el uso de los bienes materiales. Se requiere un cambio en la forma de vida que pasa por la paciencia para esperar a que se realicen los propios deseos, por la limitación de la avidez, por el cuidado de las cosas y no su sustitución compulsiva, por una mirada ponderada sobre la duración de la propia vida, y por una tensión por compartir solidariamente con los otros. Signos todos ellos de una vida gobernada por la virtud, que debe partir de las realidades de bien que ya están presentes, sin dejarnos frustrar por planes utópicos. Aquí la relevancia de las familias resulta esencial como factor de cohesión, de educación y de experiencia de esa vida buena verificada en las más diversas circunstancias. 

2. Considero necesario proponer la vía de la paz consigo mismo y con los demás para vivir el sufrimiento cotidiano que impone la situación de crisis. Esto conlleva asumir el riesgo del testimonio personal en todas las relaciones y comportamientos cotidianos, evitando exasperar los enfrentamientos y conflictos en todos los órdenes. El mundo en que estamos es un mundo con férreas defensas entre individuos, naciones, grupos étnicos, clases y religiones. Por tanto no nos encontramos donde podríamos estar, en un estado en el que la paz se fundara en lo que algunos denominan la “economía del don”, una vida basada en la generosidad mutua. En la historia de la humanidad se ha transmitido el arraigado hábito de volvernos hacia nosotros mismos, de encerrarnos en nuestro yo. Aprendemos qué queremos, viendo que otras personas también lo desean y compitiendo con ellas por conseguirlo. 

3. La fe cristiana genera un juicio cultural y una experiencia de vida significativa para todos, en la que es imprescindible el diálogo basado en la razón común, que es exigencia de sentido y apertura a la totalidad de lo real, con el deseo de lograr la felicidad. Me paro brevemente en nuestro deseo de ser felices. Cuando buscamos la felicidad, no debemos contar con el éxito garantizado e inminente, sino sentirnos orgullosos de intentarlo y de disfrutar discontinuidad de tantas personas y en un excesivo individualismo. Hay quien parece incapaz de renunciar a nada en absoluto o a sacrificarse por los demás”1. 

6. Es evidente que el crecimiento de la economía española originó una sociedad masificada y opulenta en la que se percibe el hundimiento de valores, como la exigencia, el respeto, el sacrificio, generando un déficit del capital humano. La misión espiritual de la Iglesia tiene “consecuencias decisivas para el desarrollo de la persona humana y para la configuración de la sociedad en la verdad, el bien y la plenitud de felicidad y vida, más acá y más allá de la muerte”. Cada vez sabemos más qué podemos hacer, pero sabemos menos qué debemos hacer, pues incluso la poca sabiduría de que disponemos, a veces la menospreciamos. “Desde hace dos mil años, el hombre tiene algo radicalmente nuevo, que no se acaba de poseer, sino por partes, con desamor, abandono, infidelidades; algo que está delante de nosotros como algo que hay que conquistar. Algo, no se olvide, frente a nuestra libertad sin forzarla: la perspectiva cristiana”2. En esta conciencia hemos de afrontar las dificultades de nuestros tiempos con el espíritu de las Bienaventuranzas. “Es evidente que la Iglesia de Dios no existe para sí, ni puede vivir encerrada en si misma, acaparada por sus problemas internos o satisfecha en la contemplación de sus propias prerrogativas”3. 

7. No debemos olvidar la dimensión trascendente de la existencia, cuya pérdida genera todas las frustraciones del hombre e impide construir un mundo que sea habitable humanamente y en el que lo esencial de lo humano no quede cercenado, pudiendo la persona actuar en rectitud moral. Cuando la moral es considerada superflua, la corrupción es algo obvio, afectando no sólo a las personas sino también a las instituciones. Cuando la persona humana se libera de la moral, o la desplaza a lo meramente subjetivo o la manipula como puro utilitarismo, se encamina hacia la esclavitud de la tiranía, subordinando lo espiritual a lo material y la libertad al libertinaje. “La libertad necesita de una referencia a una instancia superior. El que haya valores que nada ni nadie pueda manipular, es la autentica garantía de nuestra libertad. El hombre que se sabe obligado a lo verdadero y al bien, sabe que la libertad se desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo si es para todos; por tanto debo interesarme siempre de mis prójimos. La libertad no se puede vivir sin relaciones. En la convivencia humana no es posible la libertad sin solidaridad”4. 

8. Hoy damos la impresión de haber apartado el manto de los ideales, quedando a la intemperie y sufriendo la pérdida de los valores espirituales originarios. A la angustia de la modernidad se añaden la fragmentación de las informaciones, la desaparición de toda visión coherente del mundo, de la confianza en la posibilidad de creer en algo y en la capacidad de conocer la realidad y todavía menos de controlarla. La Iglesia sale al encuentro del hombre de nuestros días con su magisterio. Menciono cuatro encíclicas que me parecen fundamentales a este respecto: la Redemptoris missio, la Centessimus agnus, la Fides et ratio y Caritas in veritate. Estas encíclicas ofrecen una respuesta muy audaz a la crisis contemporánea. Los problemas de la modernidad y postmodenidad no son nuevos. Algunos podrían pensar que una respuesta a esos problemas podría ser la invitación a volver a la premodernidad, oponiéndoles un rechazo a la razón y al progreso, a la tecnología y al mercado, incluso a la misma democracia. Este es un camino sin salida. Otra respuesta podría ser la adhesión a utopías totalitarias, con los conocidos resultados que han hecho del siglo XX una cumbre de la maldad humana. Otra respuesta podría ser una reacción de renuncia, que desprecie cualquier ideal, mire sólo el éxito material y cultive el cinismo hacia la verdad y la bondad. La enseñanza que nos llega de las encíclicas citadas no es evasiva frente a la modernidad ni tampoco le vuelve la espalda. Por el contrario, afirma el valor de la razón, de la ciencia, de la tecnología, el bienestar que puede producir el mercado libre y la importancia de la democracia en el ámbito político. Pero sobre todo la enseñanza de estas encíclicas integra la idea de elección, elemento que es la quinta esencia de la modernidad, en el corazón de la sensibilidad religiosa y humana. Después de todo el hombre moderno es antes que nada homo eligens, sabedor de sus límites, consciente de sus obligaciones morales, humilde ante las verdades trascendentes. En cuanto a la sociedad esa visión aun siendo moderna, aun cuando abrace la modernidad, es consciente también de sus límites, y no escapa nunca de su campo visual, que tiene en su centro al hombre, la familia, las comunidades humanas, con las responsabilidades que forman parte de su dignidad y que son uno de los medios principales a través de los cuales se expresa su amor. El mensaje del

magisterio contemporáneo de la Iglesia, es pues un mensaje de modernidad humana. 

9. Hemos de promover el desarrollo de un espíritu crítico en el contexto cultural en el que buscamos la identidad de Europa y España en crisis, intentando crear una nueva conciencia ante una realidad que pide un cambio. Es una época sedienta de un cambio real y no de fantasías, que distraerían la voluntad de superación de sus individuos, hay que buscar más allá de las apariencias. Nos resistimos a dejar de vivir una realidad de ficción llena de emoción y fantasía. Me viene a la memoria la actitud de Sancho cuando dice: “¡Ay! No se muera vuestra merced, Señor mío, sino tome mi consejo y viva por muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallamos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante, le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana”. A lo que Don Quijote responde: “Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Ficción y realidad se necesitan mutuamente. 

Una revierte en la otra y la realidad o ficción se va transformando de acuerdo a este vaivén. En esta confusión moderna, es importante no dejarnos absorber y atequizar por una o por otra, sino mantener una distancia crítica y un equilibrio entre las dos. Hemos pues de cuestionar el mundo que se nos vende. Habrá que deconstruir y adquirir distancia crítica de cosas que aceptamos y nos fascinan. 

10. Sólo me que da hacer una llamada a la esperanza. “La esperanza tiene dos preciosos hijos: sus nombres son enfado y valor; enfado al ver cómo son las cosas y valor para no permitir que continúen así” (San Agustín). Debemos afirmar que el momento que vivimos es propicio para la esperanza humana y cristiana si atravesamos el puente de la modernidad y de la postmodernidad sin comprometer la dignidad humana y el amor. Son tiempos de adversidad, no de desdicha. En la adversidad se vislumbra una salida, albergando una esperanza. En la desdicha, no. Sobreviene un sentimiento de desamparo cuando ya no parece posible ni concebible felicidad alguna. Termino recordando la palabras del Papa Benedicto XVI en Compostela: “La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo”.

+Julián Barrio

Arzobispo Santiago de Compostela

 

 

 

1 BENEDICTO XVI, Discurso en Friburgo, 24 de septiembre de 2011.

2 JULIAN MARIAS, La perspectiva cristiana, Madrid 1999, 139.

3 Conferencia Episcopal Española, Testigos del Dios vivo, 4.

Mons. Julián Barrio Barrio
Acerca de Mons. Julián Barrio Barrio 130 Articles
D. Julián Barrio Barrio preside la Iglesia Compostelana desde el día 25 de febrero de 1996, fecha en que tomó posesión de la Sede para la que había sido nombrado por el Papa Juan Pablo II el día 5 de enero del mismo año. Cuando este evento se produjo, llevaba ya dos años con nosotros. Había llegado desde la Iglesia hermana de Astorga el día 7 de febrero de 1993 en pleno Año Jubilar, siendo consagrado en nuestra Catedral como Obispo Titular de Sasabe y Auxiliar de su antecesor. Desde octubre de 1994 hasta su nombramiento gobernó la archidiócesis como Administrador Diocesano. Nació en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora y Diócesis de Astorga, el 15 de Agosto de 1946. Cursó los estudios de Humanidades y de Filosofía en el Seminario Diocesano de Astorga. Distinciones: - Medalla de Honor de la Universidad en la Licenciatura de Historia de la Iglesia en la Facultad de Historia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1974). - Medalla de Oro en el Doctorado en la Facultad de Historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1976). - Medalla de Oro de la Ciudad de Santiago y Título de Hijo Adoptivo. - Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Miembro de la Confraternidad de Nosa Señora da Conceçao. - Capellán Gran Cruz Conventual “Ad honores” de la S. O. Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. - Medalla de oro del Concello de Vila de Cruces. Premio de Santa Bona de la Ciudad de Pisa (Italia). Títulos Académicos: Es Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (1971), Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1976) y Licenciado en Filosofía y Letras, Sección de Geografía e Historia, por la Universidad de Oviedo (1979). Publicaciones: - Félix Torres Amat (1772-1847), Un Obispo reformador, Roma 1977. - La Junta de ancianos de la iglesia de Gibraltar: Anthologica Annua. - Aportación para un epistolario de Félix Torres Amat: Anthologica Annua. - Proceso a un clérigo doceañista: Astorica. - 25 Años de Postconcilio en el Seminario: 25 Años de Ministerio episcopal en la Iglesia Apostólica de Astorga, Astorga 1993. - La formación de los sacerdotes del mañana, (1989). - Peregrinar en Espíritu y en verdad. Escritos Jacobeos (2004). - Peregrinando en esperanza. Lectura creyente de la realidad actual (2007). Cargos: - Bibliotecario del Instituto Histórico Español, anejo a la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat en Roma, de donde fue Becario. - Secretario de Estudios y Vice-Rector del Seminario Mayor Diocesano de Astorga (1978-1980). - Rector del Seminario Mayor Diocesano y Director del Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario de Astorga (1980-1992). - Profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario Mayor y de Historia de España en 3º de BUP y de Contemporánea en COU en el Seminario Menor (1980-1992). - Profesor de la UNED en la sección delegada de Valdeorras en A RUA PETIN (1991-1993). - Miembro del Consejo Nacional de Rectores de Seminarios (1982-1985). - Miembro del Consejo de Consultores del Obispo de Astorga. - Secretario del Consejo Pastoral Diocesano de la diócesis de Astorga (1991-1992). - Nombramiento de Obispo Auxiliar de Santiago de Compostela el 31 de Diciembre de 1992. Ordenación episcopal el 7 de Febrero de 1993. Responsable de la sección de los Seminarios Mayores en la Comisión Episcopal de Seminario y Universidades de la Conferencia Episcopal Española. - Obispo Administrador Diocesano de la Archidiócesis de Santiago desde octubre de 1994. - Nombrado Arzobispo de Santiago de Compostela el 5 de enero de 1996, de cuya Sede toma posesión el 25 de febrero. - Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española (1999-2005). - Miembro de la Permanente de la Conferencia Episcopal Española (Marzo 1999…). - Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (Marzo 2005-2011). - Miembro del Comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (2011…).