'Dar con amor', artículo del Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias en España, Anastasio Gil García

Dar con amor
Por Anastasio Gil García Director Nacional de OMP

El obispo Forbin-Janson fue el iniciador de lo que más tarde se conocería como la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. Pero su nacimiento fue muy sencillo. Él quiso incorporar a los niños en el compromiso misionero promovido por Paulina Jaricot años antes, en Lyon, con los adultos. Tuvo entonces esta gran intuición. Tal vez porque escuchó en su corazón y vio con los ojos de la fe el valor que Jesús daba a los niños. Estamos a finales del siglo XIX, y los niños, en esta época, apenas tenían importancia en sí mismos. Si eran valorados, lo eran por su proyecto de futuro. De alguna manera, los niños valían en tanto en cuanto se preparaban para ser mayores. [+ sobre Mons. Forbin-Janson y el carisma de Infancia Misionera]

El buen obispo, seducido por el compromiso misionero de Paulina Jaricot y urgido por las necesidades de evangelización en el continente asiático, miró a los niños y les propuso un reto: “Podéis ayudarme a salvar a los niños de China. Vosotros y yo, siendo niños como ellos, podemos lograr este objetivo”. “¿Cómo podemos hacerlo?”, le preguntaron. “Rezando un avemaría cada noche y ofreciendo por ellos una limosna”. Así de sencillo. De este modo, con el lema “Los niños ayudan a los niños”, comenzó la singladura de lo que, en sus primeros tiempos, se llamaría la Santa Infancia. Más tarde, el Papa Pío XI la asumiría como Obra Pontificia (3 de mayo de 1922). [+ sobre Infancia Misionera y sus orígenes]

De esta forma tan fácil, los niños se convierten en “pequeños misioneros”, como le gustaba decir al beato Juan Pablo II. Ellos son los protagonistas, no por concesión de los mayores, sino por ellos mismos. Esta es la razón honda y la propuesta educativa de Infancia Misionera: dar al niño el protagonismo que le corresponde por su propia identidad. Y esta integra la dimensión misionera por razón de su bautismo. El niño es en sí mismo lo que Dios quiere que seamos, sin ningún otro artificio o adherencias. Por eso Jesús afirma: “Quien no se hace como un niño no entrará en el reino de los cielos”. El niño escucha, contempla, pregunta, da… con amor. Ama y basta.

Así es el niño de Infancia Misionera. Reza con amor y entrega su ofrenda, fruto de esa oración. Lo importante no es la cantidad, sino el amor que acompaña esa donación. Así se descubre que la salvación del mundo no vendrá de la cantidad de dinero de las ofrendas, sino del amor con que estas se hacen. Así lo reconoce Benedicto XVI, cuando, en la fiesta de la Epifanía del año 2007, decía que “los niños de la ‘Santa Infancia’ son valiosos colaboradores del Evangelio y apóstoles de la solidaridad cristiana con los más necesitados”. Y concluía con una propuesta: “Aliento a los educadores a cultivar en los niños el espíritu misionero, para que surjan entre ellos misioneros apasionados, testigos de la ternuras de Dios y anunciadores de su amor”.

Dar con amor…

Los responsables de la animación misionera con niños iniciaron hace cuatro años un recorrido por los continentes del mundo, e invitaron a los niños de España a “salir de sus casas” para unirse a esta cadena de fraternidad. Primero se unieron a los niños de Asia y, junto con ellos, trataron de buscar a Jesús. Como a los Magos, una estrella les encaminó a un pueblecito del continente asiático. Al año siguiente se sumaron a esta aventura los niños de África, y encontraron a Jesús en Egipto, donde estaba oculto con María y José. Estos niños, asiáticos y africanos, invitaron a los lejanos niños de Oceanía a seguir a Jesús, porque habían descubierto que podían ser sus amigos.

En este largo recorrido se han ido incorporando pequeños de todas las razas, pueblos y naciones. Para los niños no hay fronteras, el amor las ha derribado. Son los niños de Infancia Misionera, que han entregado a su madre, la Iglesia, los cinco panes y los dos peces que mamá depositó en su mochila. Solo cuando Jesús vio el amor con que aquel niño entregaba lo que tenía, se conmovió e hizo que llegara a todos. El milagro comenzó en el corazón de aquel niño, no en los razonamientos “objetivos” de los discípulos. Este es el milagro de Infancia Misionera, que cada año financia tantos proyectos para que los misioneros y misioneras puedan atender las necesidades vitales de los niños del mundo. Estimulados por la generosidad del chaval de Infancia Misionera que rompe su hucha para entregar lo que tiene, o pide colaboración a otros para “llenar” la “Hucha del Compartir”, los mayores reparten sus bienes a los pobres, obedientes a la voz del Señor: “Dadles vosotros de comer”.

La contemplación de los niños de Infancia Misionera contagia a los demás por su alegría de vivir, por su sencillez y espontaneidad, y por su fe. Días antes de Navidad, salen por las calles y plazas de ciudades y pueblos, para sembrarlas de estrellas. Solo piden una sonrisa, nada más. Son los grandes sembradores de paz en los que debemos mirarnos los mayores y aprender a creer como ellos creen y a amar como ellos lo hacen.

Hablar de Jesús…

En el grupo ya hay niños asiáticos, africanos y de Oceanía. La invitación este año es para los de América. El recuerdo y la vivencia de haber buscado a Jesús, haberle encontrado y seguido, provoca el deseo de hablar de Él. Han encontrado el tesoro, y lo comentan con alegría y desparpajo. Quienes han tenido la gracia de encontrar y seguir a Jesús han vivido una experiencia irrepetible. Es la condición del discípulo, que, una vez ha visto al Señor, se lo dice a los demás. Comunica lo que ha visto y oído. Así lo hicieron los apóstoles, que tuvieron la dicha de convivir con Él. Es la razón por la que un misionero sale de su tierra para decir a otros lo que le ha pasado con Jesús. El niño de Infancia Misionera es “misionero” porque cuenta a otros su amistad con Jesús.

Así nacen los “pequeños grandes misioneros”. Se transforman, sin ser conscientes de serlo, en testigos del amor de Dios. Hablan de ese amor con su simplicidad, transparentando la riqueza insondable que anida en su corazón. Son portadores de la belleza de Dios. Los niños hablan de Él sin filtros ni tergiversaciones. Por eso, quien maltrata a un niño o mancilla su dignidad de persona merece toda la reprobación de Jesús.

La mirada limpia de un niño y su disponibilidad para servir e irradiar su alegría son expresiones del lenguaje de Dios, que habla a la humanidad. Infancia Misionera es una nueva oportunidad para acoger en nuestro corazón y en nuestra sociedad a los niños, no por ser un proyecto de futuro, sino porque en sí mismos son imagen de Dios. “El que recibe a un niño como este en mi nombre, a Mí me recibe” (Mt 18,5). Sin embargo, existen hoy muchos niños, millones de niños, que no solo no son acogidos, sino que son profundamente heridos por los adultos: “Abusos sexuales, instigación a la prostitución, al tráfico y uso de drogas, niños obligados a trabajar, enrolados para combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar, niños pequeños víctimas del infame tráfico de órganos y personas” (Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma 2004). Esta situación es la que trata de corregir la actividad misionera de la Iglesia, previniendo en unos casos con la educación y la salud, curando en otros con el perdón y el amor.

Jornada de Infancia Misionera

De nuevo los obispos de España proponen la celebración de la Jornada de Infancia Misionera el cuarto domingo de enero. Para facilitar la participación de tantos grupos de niños misioneros que viven el compromiso de compartir la fe con otros niños, se han elaborado algunos materiales pastorales, educativos y lúdicos. Todos forman una unidad, al servicio de hacer realidad aquello de que “los niños ayudan a los niños”. Están a su disposición en servicios diocesanos misioneros. Materiales que solo son instrumentos para que los niños participen en las numerosas iniciativas misioneras que se promueven en las comunidades cristianas.

Sin embargo, este esfuerzo quedaría baldío si los adultos no nos implicamos y recorremos con ellos el mismo camino y con ellos también “hablamos de Jesús”, anunciando la Buena Noticia. El mejor ejemplo lo podemos encontrar en la Patrona universal de las Misiones, santa Teresita del Niño Jesús, que a sus nueve años mostró su disponibilidad para servir a Dios amando a los demás, y poco después, a los catorce, concretó este deseo con la firme resolución de consagrarse a Dios. Bajo su protección ponemos la Jornada de Infancia Misionera que tendrá lugar en España el día 22 de enero de 2012.

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