Semana de oración por la unidad de los cristianos

Mons. Francisco Pérez   Este año se conmemoran los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II (Primera sesión: 11-10-1962). Lo recordamos ya desde ahora, y de modo especial, en la semana de oración por la unidad de los cristianos porque este concilio se llamó “ecuménico”. El decreto “Unitatis redintegratio”, (El restablecimiento de la unidad), comienza diciendo: “Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II” (UR 1) 

Este documento fue un empujón muy potente para el movimiento en ciernes hacia la unidad de los cristianos. Puso los principios fundantes, constituyó los organismos necesarios, dio las pautas y sobre todo legitimó y dio ánimo a quienes ya estaban realizando un diálogo informal. Llenó de expectativas a las diversas iglesias cristianas. Los llamados “hermanos separados” fueron invitados a las sesiones del concilio como oyentes. La voluntad y empeño de unión impregnó las discusiones y los documentos emanados por el concilio, que significó una revisión y renovación de la Iglesia. En aquellos momentos se percibió una gran euforia por el nuevo espíritu en las relaciones entre las iglesias cristianas. Desde entonces el diálogo fraterno, el respeto,  la obediencia a la verdad, la conversión y el aprecio mutuo constituyen las claves de todo acercamiento. Así es posible conocerse, perdonarse, aceptarse, valorarse y colaborar unidos. 

Las rupturas suelen ser rápidas y fulminantes, aunque sean consecuencia de desavenencias históricas, siempre está presente el factor de la soberbia. Pero la reconstrucción de lo que está destruido es larga, dolorosa y exige mucha humildad  perseverancia y buena voluntad. Esta buena disposición la da el Espíritu Santo a los corazones que están movidos por la oración. Por eso la celebración de esta semana de oraciones es fundamental y es lo más eficaz que podemos hacer para ir haciendo camino poco a poco. La unidad será fruto de la ayuda de Dios que hay que pedir y de la colaboración nuestra, que siempre será pobre,  ya que es una tarea que “excede las fuerzas y la capacidad humana.” (UR 24) Por eso (el concilio) pone toda su esperanza en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en la virtud del Espíritu Santo”. (UR 24) 

En consonancia con estos ideales está el lema de este año que, para orientar la oración propone: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 15,51). Este texto es una profecía del gran cambio al que está llamada la humanidad cuando Cristo Resucitado sea “todo en todos” y cuando los valores mesiánicos y evangélicos impregnen la vida de la humanidad. Estamos llamados a obtener finalmente una gran victoria por Jesucristo, Señor de todos. 

Al mismo tiempo es una invitación a estar abiertos a una transformación personal.  La apertura hacia la voluntad del Padre y a los caminos del Espíritu Santo es una cualidad inicial del diálogo ecuménico. Cerrarse de forma excluyente y pesimista es la actitud más negativa y antiecuménica.  Han pasado cincuenta años y quizás algunos hubieran deseado más progresos en la unión. Si se mira bien se han dado muchos pasos esperanzadores, facilitados por las amplias vías de comunicación de nuestra época.

El camino del acercamiento y de la unión de las iglesias es tarea de expertos, teólogos, delegaciones y especialistas. Pero lo es sobre todo de cada creyente. No se trata de que unos convenzan a otros en una especie de rivalidad. El esfuerzo consiste en que todos y cada uno de los creyentes vayamos hacia Cristo. Que conformemos nuestra vida a imagen de Cristo. Cuanto más fieles seamos en este trabajo personal más cerca estaremos unos de otros, pues nos iremos acercando todos a Cristo y en Él nos encontraremos unidos. La fe en la resurrección de Jesucristo es garantía de victoria final.

A nuestras comunidades cristianas les conviene recordar siempre, pero de manera especial en estas fechas de final del mes de enero, el anhelo, los trabajos y oraciones por la unidad de los cristianos. Los materiales preparados para las celebraciones están orientados hacia la reflexión, la oración, el compromiso y la conversión personal y eclesial para hacer eficaz la oración de Jesús en la última cena: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21) Queremos que la Iglesia, “toda y todos”, seamos transformados para que el mundo entero se sienta invitado a la unidad de la gran familia humana. 

La Virgen María es Madre de la unidad. Ella, obediente, humilde y fiel, Reina dela pazacompaña a la Iglesia en elcamino de launidad. Con ella estaremos unidos en oración pidiendo un nuevo Pentecostés para que el Espíritu Santo nos conceda la unidad.

 +Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplonay Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).