Jesús quiere darse a conocer

Mons. Demetrio Fernández   La fiesta de la epifanía es la fiesta de la manifestación de Jesús a todos los hombres. Hemos celebrado el misterio de la Encarnación, que ha tenido su sensibilización en el nacimiento de Jesús según la carne en Belén. En este gran misterio, oculto desde la eternidad y revelado por Dios en los últimos tiempos (cf. Col 1,26), nos asombra la colaboración de María, la madre virgen, que acoge en su seno virginal y da a luz a nuestro Señor Jesucristo. Una mujer, una madre, una virgen, que tiene un papel central en el misterio de la redención, y de la que todos tenemos mucho que aprender.

Jesús ha venido al mundo para darse a conocer. Y en esto consiste la evangelización. Evangelizar es dar a conocer a Jesucristo, es dar a conocer el Evangelio a todos los hombres, es llevar la buena noticia para que todos la disfruten ya desde ahora en la tierra, y para siempre en el cielo. La mayor alegría del hombre es encontrarse con Jesucristo y la mayor desgracia es no conocerle. De ahí brota la urgencia de la evangelización. Si uno ha conocido a Jesucristo, no puede callar, no puede guardárselo para sí. Tiene que comunicarlo, no imponerlo a nadie, pero sí proponerlo incluso insistentemente. En esa propuesta, que incluye el testimonio de la propia vida y la palabra, muchos han encontrado rechazo, e incluso hasta el martirio. Pero gracias a tales personas, Jesucristo es conocido y amado por otros muchos. Gracias al testimonio de tantos, la fe se ha difundido y hasta nosotros ha llegado la feliz noticia de la salvación. 

En la fiesta de la epifanía, aparecen los Magos, que orientados por la estrella han encontrado a Jesús y le han ofrecido el obsequio de su adoración: oro, incienso y mirra. Ellos se convirtieron en pregoneros de esta búsqueda, incorporando a otros en esta investigación, y, una vez que encontraron a Jesús fueron pregoneros de este encuentro para los demás. Jesús es presentado a tales personajes, ajenos a la historia de Israel, para indicarnos que su revelación está destinada a todos los hombres y que sólo en el encuentro con él encontrará el hombre la plenitud de la verdad. Hasta que el hombre no se encuentra con Jesucristo y lo adora como fruto de ese encuentro, no ha encontrado la salvación. 

Pero la epifanía del Señor viene presentada en estos días finales de la Navidad como un desposorio de Cristo con cada hombre, uniendo los tres acontecimientos. “Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a la boda del Rey; y los invitados se alegran por el agua convertida en vino” (Ant. Vísperas). Son tres acontecimientos en los que Jesús nos muestra su gloria, y los que se han dejado iluminar por esta luz han encontrado la verdad al encontrarse con él. Los Magos traen los regalos para este desposorio, en el que el Rey celestial nos hace entrega de su vida, perpetuando este don en la Eucaristía. En estas bodas, no faltará nunca el vino que Cristo nos brinda, como signo de una alegría plena que no tiene fin, en contraposición a toda alegría humana que tiene caducidad. Y en el bautismo del Jordán, Jesús aparece como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, lo que nadie más que Dios puede hacer, perdonar el pecado de cada uno de los hombres. 

La fiesta de la Navidad concluye con este mandato misionero. Si te has encontrado con Jesús, anúncialo a otros. Jesús ha venido para todos. Toda persona humana tiene derecho a este encuentro con Jesús y no debe faltarle, si quienes le han conocido lo anuncian con su propia vida. En una escena del drama «El padre humillado» de P. Claudel, una muchacha judía, hermosísima pero ciega, aludiendo al doble significado de la luz, pregunta a su amigo cristiano: «Vosotros que veis, ¿qué uso habéis hecho de la luz?». Se trata de una gozosa tarea y de una tremenda responsabilidad, de la que seremos examinados en el último día. Muchas personas necesitan muchas cosas, porque carecen de ellas y les haría su vida más feliz. Pero ninguna necesidad tan primerísima como encontrarse con Jesucristo. La fiesta de la epifanía nos envía a dar testimonio de la luz con la que hemos sido iluminados en la Navidad. Esa es la alegría del que se ha encontrado con Cristo. ¡Ay de mi si no evangelizare! (1Co 9,16). 

Recibid mi afecto y mi bendición: 

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
Acerca de Mons. Demetrio Fernández 387 Articles
Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.