Fallece Isabel Garbayo, fundadora de la Asociación Auxiliares del Buen Pastor

Una vocación de calle, por Luis Urbez (Ivicon-CONFER)

El pasado 7 de diciembre, víspera de la fiesta de la Inmaculada, fallecía en Pamplona, en paz y sin queja, como había vivido, una mujer singular, que pasó haciendo el bien sin alharacas, y de la que teníamos quizás escasa noticia. Isabel Garbayo, fundadora de Villa Teresita, nos dejaba a los 106 años de edad. Una larga vida, coronada al final por más de una década de enfermedad y aceptada reclusión en su habitación de la casa que las religiosas tienen en la capital navarra. Allí a todos recibía y para cada uno tenía palabras de ánimo. Tendríamos que decir mejor, y sobre todo, para cada una. Porque la inmensa mayoría de sus visitas eran mujeres marginadas, prostitutas con las que había mantenido una intensa relación hasta que le abandonaron las fuerzas.

Isabel, “la madre”, como les gusta llamarla en Villa Teresita, nació en Pamplona el 23 de febrero de 1905, en una familia acomodada de la ciudad. Era la menor de diez hermanos, uno de los cuales llegó a ser alcalde de la ciudad en la Segunda República. Sus estudios, en las ursulinas, fueron los básicos y habituales para las niñas bien de aquella época. Tocaba el piano y hablaba francés.

Los primeros pasos en el camino de la vocación religiosa le llevaron hacia el Carmelo. Desde joven le habían atraído el ejemplo y la figura de Teresita de Lisieux. Pero, por una parte, su quebradiza salud no aconsejaba una vida monástica, y, por otra, estaba claro que Dios no la quería en un convento de clausura, sino en medio del mundo, en esas calles donde tantas y tantas mujeres eran humilladas y maltratadas.

Comienza entonces Isabel a frecuentar con asiduidad a los más necesitados en el antiguo Hospital de Santo Domingo, cercano a su barrio de la Navarrería. Se preocupaba especialmente por los niños gitanos. Fue así, en una de sus visitas, donde un buen día escuchó gritos extraños tras una puerta cerrada. Acudió, y las monjas le impidieron la entrada. Allí se encontraban aisladas las enfermas de sífilis. A no pocas les esperaba la muerte ya que no existía todavía la penicilina. No se detuvo hasta conseguir estar con ellas. “Soy una amiga vuestra, y me gustaría, si me lo permitiís, venir a veros y charlas con vosotras”. Aquel encuentro marcaría su vida para siempre. Estaba decidida. Andaría el resto de sus días como Jesús de Nazaret con “malas compañías”. Y empezó a visitarlas y a atenderlas luego en las casas públicas en las que estaban recluidas. Más de un cliente llegó a tomarla por una de ellas.

El escándalo no tardó en aparecer, y, a continuación el consiguiente rechazo social. Se trataba de un idealismo intolerable y, para muchos, cercano a la locura. La joven Isabel perdió buena parte de sus amistades. Su misma familia no veía bien sus andanzas, y algunos sacerdotes intentaron apartarla en vano de aquella extraña vocación.

No todo fueron obstáculos. Durante la guerra, trabajando como enfermera en el frente, forjó una gran amistad con el entonces sacerdote Antonio Añoveros, quien sería más tarde obispo y su mejor valedor para el proyecto asistencial y apostólico que Isabel Garbayo llevaba en el corazón.

Y así, en el año 1942, fruto de su particular coraje y de la acción sanadora del Espíritu, nace la primera comunidad de Villa Teresita (no podía olvidar a su santa de cabecera). La casa de acogida ocupa un viejo chalet de la Protección de Menores en el pamplonica barrio de San Juan, por cuyo alquiler pagan 250 pesetas al mes. El deseo de Isabel es que “las chicas se sientan acogidas con gozo y gratitud por las hermanas que las aman y que miran su entrada en la casa como si fuera un tesoro”. En el empeño recibe el apoyo de la jerarquía eclesiástica, un buen legado económico de su padre que dedica a la fundación, y la impagable implicación de su amiga Blanca Goñi. A partir de ese momento Isabel se consagrará por entero a Dios en el servicio a las mujeres más excluídas. La chica loca de la Navarrería iba camino de hacerse querer con locura por esas mujeres a las que pocos quieren.

Hoy, setenta años después del arranque de aquella inspirada aventura, las religiosas de Villa Teresita mantienen abiertas casas de acogida en Madrid, Valencia, Sevilla, Pamplona y Las Palmas de Gran Canaria, y cuentan con la colaboración de más de 250 voluntarios. Desde los años cuarenta hasta ahora el mundo de la prostitución se ha ido haciendo mucho más complejo: droga, sida, inmigración, tráfico de personas, turismo sexual…, lo que obliga a Villa Teresita, desde su estilo y carisma iniciales, a mantenerse en un estado de permanente transformación, buscando nuevas formas de acercamiento y de encarnación evangélica en esta oscura orilla de nuestra sociedad. La sensibilización social y denuncia de las situaciones de vulneración de los derechos humanos, y la lucha contra las situaciones de esclavitud y opresión, son también objetivos irrenunciables de su trabajo.

Mientras exista la inmensa lacra del mercadeo sexual, la misión de Villa Teresita, y de tantas otras instituciones y personas afanadas en la justa recuperación de la dignidad humana, seguirá siendo una tarea insoslayable en nuestra pretendida sociedad del bienestar. Isabel Garbayo fue consciente de que esta misión era urgente e iba para largo. Por eso dedicó todos los instantes de su vida, osada y generosa, sin descanso, a la creación de un futuro mejor para las mujeres que tanto amó.

Y uno tiene el presentimiento de que la advertencia de Jesús de que “las prostitutas os precederán en el Reino de los cielos”, no reza con Isabel, porque ella marcha encantada en ese mismo grupo al encuentro con el Padre.

Luis Urbez

CONFER

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