Crónica de la peregrinación a Tierra Santa por el obispo de Palencia, monseñor Esteban Escudero

Del 28 de Diciembre al 4 de Enero un grupo de palentinos, presididos por su Obispo, ha peregrinado a Tierra Santa. No han sido desde luego los únicos cristianos que han visitado los santos lugares en estas fechas navideñas. Tan sólo en el avión que nos conducía a Tel Aviv, viajaba un numeroso grupo de miembros de la Acción Católica de Madrid, presididos por el Obispo auxiliar de aquella diócesis, Mons. César Franco, un grupo de voluntarios y familiares de la Cáritas Diocesana de Valencia y un grupo de peregrinos de la organización de los Padres franciscanos. Además, tanto en Galilea como en Jerusalén centenares de católicos y ortodoxos estaban ya visitando los mismos santos lugares cuando nosotros llegamos. En definitiva, centenares de hombres y mujeres, con algunos niños, se habían desplazado de sus domicilios habituales para visitar unos sitios de especial significación para todos nosotros.

Ante ello, tenemos que preguntarnos el por qué de ese movimiento de masas durante todo el año, con el esfuerzo económico que ello supone en momentos de crisis como los actuales y con el cansancio lógico de un apretado programa de visitas y celebraciones en tan sólo ocho días. ¿Qué es lo que mueve a tantas personas a visitar la Tierra Santa? ¿A qué hemos ido también nosotros?

En primer lugar, la visita a la tierra donde nació, vivió, predicó, murió y resucitó nuestro Señor Jesucristo supone una especial emoción religiosa para las personas que recorren los santos lugares. Los peregrinos besan estremecidos la estrella de plata de la gruta que marca el lugar históricamente cierto donde los primitivos cristianos, conocedores del lugar, celebraban el nacimiento de Jesús, “porque no había para ellos lugar en la posada”. La visita al poblado de Nazaret del siglo I, recientemente sacado a la luz por las excavaciones de los PP. Franciscanos, supone otro lugar de especial devoción: allí está la casa de la Virgen María, convertida hoy en el centro de la cripta de una hermosa basílica, construida sobre las ruinas de una pequeña habitación donde algún peregrino anónimo de los primeros siglos del cristianismo dejó para la posteridad la inscripción “Jaire María” (yo te saludo María), marcando para siempre el lugar donde la tradición cristiana mutisecular ha venerado la casa donde María dijo sí al anuncio del ángel y donde, consiguientemente, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. El recorrido por los antiguos poblados que rodeaban el lago de Genesaret, o mar de Tiberíades, parece todavía recoger el eco de las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña, con las bienaventuranzas dirigidas a los pobres y marginados de la sociedad, o de las parábolas del reino, prometiendo el triunfo de Dios sobre la injusticia, el pecado y la muerte, que esclavizan al hombre y le impiden realizarse en la verdad, el amor y la paz. Finalmente, visitar Jerusalén es revivir, en los lugares mismos donde ocurrieron los acontecimientos centrales de nuestra fe, la entrada de Jesús en la ciudad, bajando por la ladera del Monte de los Olivos, celebrar la eucaristía donde tuvo lugar la Última Cena del Señor, o recogerse en profunda oración en el lugar donde Cristo fue crucificado, muriendo para redimir los pecados de la humanidad, y donde fue sepultado, para resucitar al tercer día y ascender, glorioso, “a la derecha del Padre”. Todo un recorrido, pues, por los sitios donde ocurrieron los principales misterios de la vida de Jesús y que quedarán imborrablemente grabados en la memoria de quienes han visitado esos lugares .

Pero, la visita a Tierra Santa tiene también otra finalidad importante: la de enmarcar las enseñanzas del evangelio en el contexto cultural y religioso del judaísmo en el que surgió. Los cristianos occidentales, en efecto, solemos leer e interpretar las enseñanzas de Jesús, recogidas en los textos sagrados, desde nuestras categorías mentales, propias de nuestra cultura. Esto no es, ciertamente, un grave obstáculo para conocer la vida y mensaje del Señor y mucho menos para seguirle, poniéndolo en práctica. Pero, si el asistente religioso de la peregrinación conoce, como es su obligación, el ambiente judío donde vivió Jesús, su madre María, sus apóstoles, los discípulos y discípulas del Señor, todos ellos judíos, la lectura de los textos evangélicos adquiere una mayor claridad y una especial penetración. El contacto con los descendientes de aquellos judíos de tiempos de Jesús, con sus costumbres ancestrales, sus ritos religiosos, todavía practicados por la mayoría de las gentes en Israel y con los comentarios de los guías cristianos que acompañan a los peregrinos, se pueden entender mejor las doctrinas aprendidas desde la infancia. Por qué Jesús fue depositado al nacer en un pesebre. Por qué tuvo que ser “rescatado” a los cuarenta días, pagando el tributo de los pobres. Por qué Jesús, a los doce años, se quedó en el pórtico de Salomón del templo de Jerusalén discutiendo con los doctores de la ley, mientras sus padres regresaban hacia Nazaret, terminada la ceremonia de la “bar miksvá” de los adolescentes del grupo. Qué importancia tuvo en el siglo I de nuestra era la figura de Juan el Bautista y su trágica muerte, narrada pormenorizadamente por el historiador de la época Flavio Josefo. Qué características tenía la religiosidad de aquellos hombres piadosos, llamados fariseos, y con los que Jesús se enfrentó, a pesar de su devoción por la Ley de Moisés. Qué aportan los conocimientos actuales sobre la agricultura, la pesca, y en general sobre la vida y costumbres de los judíos para la comprensión de las parábolas del reino, donde se refleja de modo sorprendente la vida diaria de aquellos campesinos y pescadores galileos del siglo primero. Cuál era la condición social de la mujer en aquel entonces y qué repercusiones tuvo la presencia de discípulas en el séquito del rabí de Nazaret. Cuáles eran las costumbres de la cena de Pascua (el “seder”) y qué aportó de novedad los cambios que introdujo Jesús en la Última Cena. Finalmente, por qué un hombre bueno y religioso como Jesús tuvo que morir de modo violento, con el castigo de los rebeldes, pudiendo haber escapado de Jerusalén horas antes de su prendimiento. Qué relación tuvo esa entrega de Jesús a la muerte con los poemas del Siervo de Yahveh o con la fiesta, todavía hoy celebrada por los judíos, denominada el Yom Kipur. Estas y otras muchas cuestiones deben ser objeto de la ambientación propia de las lecturas evangélicas que se suelen realizar en los lugares que se visitan. El peregrino vuelve a casa conociendo mejor la vida y enseñanzas del Señor. Ha sido, o ha debido ser para él una auténtica catequesis de adultos.

No obstante la importancia de todo lo anterior, la peregrinación a Tierra Santa ha de ir todavía más lejos. No basta con recorrer los lugares santos, no basta con conocer mejor el contexto sociocultural y religioso en el que fue anunciado el evangelio, es preciso encontrarse con el Señor Jesús, del que constantemente se está hablando en la peregrinación. El Señor ya no está físicamente presente en los lugares que visitamos. Aunque con un poco de imaginación, todavía parece descubrírsele en las orillas, cuando el barco en el que atravesamos el lago de Tiberíades detiene sus motores en el centro de la travesía, Jesús hace tiempo que dejó de recorrer aquellas aldeas de pescadores. La presencia de Jesús en nuestros días sólo puede darse en su Iglesia, por obra del Espíritu Santo, que él envió para que nos acompañase y nos guiase hasta la verdad completa de todo cuanto dijo y enseñó. En la oración y en los sacramentos podemos encontrar, después de veinte siglos, al Señor que estuvo en esos mismos lugares que visitamos. La eucaristía diaria en los lugares más significativos ocupa, pues, un lugar decisivo en el programa de toda peregrinación a Tierra Santa. No es que primero se va a misa y luego comienzan las visitas, sino que la eucaristía es el momento central de la jornada, en el que el Cristo, que nos habla en el evangelio que proclamamos, se hace el encontradizo con cada peregrino bien dispuesto y se une con él por la comunión de su cuerpo y de su sangre. Lo mismo ha de decirse de las frecuentes confesiones sacramentales que se realizan a lo largo de la peregrinación y de los momentos de oración silenciosa que siempre buscan los peregrinos deseosos de encontrarse con el Señor. Igualmente se renuevan las promesas del bautismo, del matrimonio, de la vida consagrada o las promesas sacerdotales de los presbíteros que acompañan a los peregrinos. La peregrinación se convierte así en una ocasión de robustecimiento de la fe, de un aumento de la caridad y de un afianzamiento de la esperanza en el encuentro definitivo con el Señor en el reino de los cielos.

Por último, pero no menos importante que lo anterior, la peregrinación a Tierra Santa es también una obra de caridad, una gran ayuda a los cristianos que habitan aquellas tierras, que tanto necesitan de nuestro apoyo moral y de nuestra aportación económica. Al ser minoría entre una gran población judía o musulmana, los cristianos se sienten ciudadanos de segunda categoría y frecuentemente no les queda más remedio que emigrar a otros países para asegurar el sustento de sus familias. Las peregrinaciones de cristianos occidentales suponen para ellos la “caña de pescar” que les permite ganar su vida dignamente. Los conductores de los autobuses que nos transportan, los empleados de los hoteles que nos albergan, los vendedores de los recuerdos que compramos y otros muchos beneficiarios de los puestos de trabajo que genera el turismo religioso pueden subsistir si hay peregrinaciones. De lo contrario, les amenaza la pobreza y la tentación de abandonar la Tierra Santa. Y unos santuarios sin comunidades cristianas que los sustenten se convierten inevitablemente en museos. Las peregrinaciones constituyen actualmente por lo tanto la condición indispensable para el mantenimiento del cristianismo en la tierra de Jesús.

Pero, los peregrinos de Tierra Santa no ayudan solamente a los cristianos de las comunidades locales, también ayudan con su aportación voluntaria en las colectas de las misas al mantenimiento de los padres franciscanos, guardianes y custodios de los santos lugares, desde la época de San Francisco. Son muchos los frailes que han sufrido, y hasta han muerto, por conservar para la fe cristiana los lugares santos de la vida de Jesús. Sin su presencia a lo largo de los siglos no se hubiera podido mantener la integridad de esos lugares y mucho menos acondicionar los santuarios para facilitar las visitas de los peregrinos actuales. Faltos de ayudas de las instituciones oficiales, el mantenimiento de los lugares y el sustento de sus custodios depende únicamente de las limosnas de los peregrinos y de la munificencia de los cristianos de todo el mundo en la colecta del Viernes Santo para los santos lugares. Un motivo más para que los sacerdotes promuevan dicha colecta, muchas veces olvidada, y para que favorezcan y promuevan peregrinaciones a la tierra del Señor. Vale la pena, se lo aseguro. Quienes han estado allí pueden dar fe de ello.

Afectuosamente os bendice vuestro Obispo

+ Esteban

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