Emigrantes y Nueva Evangelización

Mons. Francisco Gil Hellín

Cuando llegué a la diócesis, un sacerdote del norte de la provincia me dijo: “El pueblo más grande de Burgos es Baracaldo”. Era un modo de atestiguar la fuerte corriente migratoria que nuestra provincia había experimentado –al igual que las demás de Castilla- en la década de los sesenta. Pero, como todos sabemos, la emigración española de aquel entonces no sólo fue interna sino que se orientó también a otros países más desarrollados de Europa.
Los Capellanes que acompañaron a nuestros emigrantes a Francia, Alemania, Suiza u Holanda, conocen bien las enormes dificultades que trajeron consigo el desconocimiento de la lengua, el encuentro con otra cultura y el descubrimiento de nuevas creencias; sin olvidar el drama de verse lejos de la propia familia y, con frecuencia, viviendo de modo muy precario.
Ahora, toda esa problemática se ha trasladado al interior de nuestras fronteras. En nuestra misma diócesis contamos con bastantes miles de emigrantes. Muchos, ciertamente, hablan nuestra misma lengua y tienen nuestras mismas creencias. Pero no pocos desconocen completamente el castellano, no son cristianos, practican otra religión o no son creyentes. En muchos casos, sufren más que nosotros el impacto del paro.
Por otra parte, desde el punto de vista religioso, todos sabemos el fortísimo impacto que sufrieron los españoles que, sin salir de nuestras fronteras, emigraron desde geografías fundamentalmente rurales y muy practicantes a las zonas periféricas y a los suburbios de las grandes ciudades. Para muchos supuso la pérdida de su identidad creyente y el abandono de sus prácticas religiosas.
Esto mismo se vuelve a repetir ahora en el caso de los que han venido como emigrantes a España. Muchos pueden perder, junto con su identidad cultural, su identidad religiosa. Y pasar a engrosar el número de los alejados de Dios, cuando no el de los hostiles a toda creencia religiosa, especialmente la cristiana.
Nos encontramos, por tanto, ante una realidad de enorme gravedad, que reclama una fuerte dosis de solidaridad humana y de caridad cristiana, unida a una decidida e imaginativa acción evangelizadora por parte de los sacerdotes, de los religiosos y de los laicos. Pero como la hora de las dificultades es también la hora de las oportunidades, el vastísimo campo de la emigración puede y debe convertirse en un gran escenario para llevar a cabo una gran acción misionera.
Como dicen los obispos españoles en su Mensaje para el Día de las Migraciones que celebramos el próximo domingo quince de enero “es una oportunidad providencial para realizar la misión ad gentes sin tener que salir a regiones lejanas”. La emigración nos obliga a “ser misioneros sin ir a misiones”. Pues al lado de nuestra casa o en nuestro barrio podemos encontrar personas que nunca han oído hablar de Jesucristo o lo oyeron de un modo tan débil, que no recibieron el Bautismo ni se incorporaron a una mínima práctica religiosa.
Por ello, me parecen muy pertinentes dos preguntas que se formulan los obispos españoles de la Comisión de Migraciones en el documento antes citado: 1ª. “¿Encontrarán en nosotros ‘comunidades acogedoras que les ayuden a despertar o a mantener su fe, promoviendo estrategias pastorales, métodos y lenguajes para una acogida siempre viva de la Palabra de Dios?”. 2ª “¿Qué sería de su fe si sólo encuentran un cristianismo que, por falta de convicciones personales y de confesión comunitaria, hubiera quedado reducido a un hecho cultural?”. Dos preguntas tan inquietantes como apasionantes para la nueva evangelización a la que la Iglesia nos ha convocado.

(8 de enero de 2012)

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.