Juan Iniesta, el nuevo diácono de la diócesis de Albacete, desea contagiar la felicidad de su fe

En la mañana del 27 de diciembre se ordenó diácono el seminarista Juan Iniesta Sáez, de la diócesis de Albacete. La celebración fue presidida por el Obispo diocesano, monseñor Ciriaco Benavente, en la Capilla Mayor del Seminario. Juan estuvo acompañado por una representación importante del presbiterio diocesano, por sus formadores del Seminario de Orihuela-Alicante, por sus compañeros seminaristas, su familia y un gran número de fieles.

El diaconado es un paso previo a la Ordenación Sacerdotal que recibirá dentro de unos meses.

– Dios llama de muchas maneras y se sirve de muchas cosas… ¿Cómo surge en ti la vocación? ¿De qué se valió el Señor?
– Siempre me gusta señalar que la mía es una vocación muy normal, surgida de la cotidianeidad, del día a día en una parroquia, la de El Pilar de Albacete, con toda la labor de catequesis y animación juvenil; del ver la alegría que puede uno contagiar al transmitir un mensaje que exige tanto compromiso, pero que a la vez promete (¡y cumple!) tanta felicidad como es el Evangelio. Me gustaría ser capaz de contagiar entre quienes me rodean la serena felicidad que para mí supone la vivencia de mi fe.

Surge y se fortalece también en los años de instituto y de universidad, al ver cómo el mundo, cada persona, necesita del amor sanante de Dios tanto como de otros tipos de cuidados; al ver cómo el sinsentido encuentra explicación cuando se pone en él un poquito de la luz que nos muestra Jesucristo.

También se valió el Señor, especialmente, del testimonio callado (no de palabras, sino de obras) de algunos sacerdotes (sobre todo, el cura del pueblo de mis padres, donde tantos fines de semana echaba una mano en la parroquia), sacerdotes que me ayudaban mucho, a veces sin casi darse cuenta, y que “me daban envidia” al ver en ellos esa felicidad que yo quería alcanzar.

– ¿Qué es lo que más te costó de la vida de Seminario?
– Lógicamente, en el tiempo de Seminario hay cosas que uno cambiaría, que se hacen más cuesta-arriba. En mi caso, el mayor problema lo veía en una cosa que muy cotidiana: las incoherencias, la dificultad que yo mismo y los compañeros mostrábamos para seguir el estilo de vida que se nos propone. Pero incluso esto me ha ayudado, porque me ha servido para ver que el Señor se vale de las debilidades de cada uno para manifestar que de verdad elige, no porque nos merezcamos este regalo, sino porque precisamente lo que nos hace es un regalo, que nos da a pesar de que a veces nos cueste estar a la altura. Es su modo de decir “confío en ti, y porque te quiero, quiero que me sigas un poco más de cerca”.

– La carrera de medicina ya es larga de por sí; después ves que Dios te llama y te toca empezar de nuevo los estudios de seminario y ya que has terminado el Obispo te pide que marches a Roma a seguir estudiando… Coméntanos tus alegrías y tristezas (añoranzas) de esta nueva época.
– Ciertamente, llevo muchos años, prácticamente toda la vida, estudiando. Los seis años de Medicina, otros seis en el Seminario, ahora en Roma… Sin embargo, a las poquitas añoranzas que tengo (lógicamente, a la familia y amigos se los echa mucho de menos, y el poder estar ya trabajando en una parroquia, también me hace ilusión), pero también éste del estudio es un trabajo del que espero que la diócesis se pueda beneficiar grandemente. Y las alegrías son muchísimas. Cada día le doy gracias a Dios por la enorme oportunidad que me ha concedido de profundizar en algunos temas que me parecen muy relevantes; pero la mayor riqueza de Roma es poder conocer a tantos compañeros de estudios, sea en el Colegio Español, donde comparto el día a día con casi un centenar de sacerdotes de toda España, sea en las clases, donde cada mañana nos reunimos gente de más de cuarenta nacionalidades. Esto me permite vivir de modo muy manifiesto la universalidad de la Iglesia, que el cristianismo es un mensaje que tiene cabida, y puede aportar mucho, en toda una diversidad de culturas. Y tampoco me puedo olvidar de que estar en Roma significa estar muy cerca del Papa, sentir más de cerca el latido del corazón de la Iglesia.

– Ser diácono no es solamente la ordenación para una temporada de paso al sacerdocio. ¿Qué significa para tí concretamente el diaconado?
– Diácono significa servidor. Esa es la manera en la que quiero vivir, y a lo que la Ordenación Diaconal me impulsa, a vivir pendiente de las necesidades de los que tenga cerca. Si solemos decir que el sacerdote actúa como si fuera el mismo Cristo que se hace presente entre su Pueblo, esa manera de actuar no es otra que desde el servicio. Todo lo que podemos conocer de Jesús nos habla de estar disponibles para ayudar a los demás. Aprovecho esta pregunta para pedir que recéis por mí y por mi ministerio, para que realmente sea un fiel servidor, digno de la labor que se me confía, y que transparente en mis actitudes a Aquél que “no vino a ser servido, sino a servir”.

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