¿Hemos caído en la cuenta?

Mons. Santiago García Aracil    Hay verdades fundamentales de la fe cristiana que estamos acostumbrados a oír, y a las cuales prestamos nuestro asentimiento como la cosa más normal del mundo. Sin embargo, en determinados momentos, cuando las decisiones vitales han de basarse en la real aceptación de lo que decimos creer firmemente, asoma una cierta desconfianza respecto de esas verdades. Parece que se aceptan,  pero sin que ello comprometa demasiado la propia vida. Da la impresión, entonces, de que por muy fundamentales que sean esas verdades, son más fuertes el miedo al rechazo que puede provocar su exposición, o la duda de que vayan a producirse los frutos en la medida y en el plazo que imaginamos o desearíamos. Vamos al caso concreto.

El Evangelio está lleno de afirmaciones hechas por el mismo Jesucristo, de cuyas palabras ningún cristiano manifestaría dudar. Sin embargo, cuando esas palabras ponen en juego la propia vida, el prestigio propio, o incluso la propia orientación del trabajo, del futuro o de la vida familiar, son muchos los que sucumben. Su comportamiento discurre como si no estuvieran del todo convencidos de lo que afirman creer.

El Señor ha dicho: “No temáis, yo he vencido al mundo”, “Venid a mí los que estéis casados y agobiados que yo os aliviaré, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”, “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis”, “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.

Si el Señor manifiesta que el mundo ya está vencido por él, como ocurrió en su muerte y resurrección, ¿por qué temer que las corrientes mundanas vayan a poder contra la Iglesia hasta vencer la fuerza de su condición de Cuerpo de Cristo y testimonio de su amor infinito y redentor? Sin embargo, así parece ocurrir cuando, con motivo de cualquier circunstancia adversa, se abandona la acción pastoral o apostólica en un sector especialmente difícil.  Para disimular esa falta de fe en las palabras de Jesucristo suele justificarse la retirada pretendiendo explicar que, para persistir con sentido en el trabajo abandonado, sería necesaria una previa actuación en otro sector directamente relacionado con el que se abandona. Si eso fuera verdad, ¿cuál sería el sector por el que comenzar?

Es frecuente escuchar que no se puede llevar a cabo un apostolado serio entre los niños si los padres permanecen alejados o contrarios a lo que están recibiendo en la catequesis o en el colegio. Pero ¿se puede pensar que los padres vayan a prestar la debida colaboración apostólica si han llegado al matrimonio desde una juventud distante del evangelio y abandonada a una cultura de la satisfacción inmediata de las apetencias materiales? En este caso habría que comenzar por los jóvenes. Pero ¿qué pasa con la pastoral y el apostolado entre los jóvenes, cuya eficacia es considerada por muchos casi nula puesto que la juventud aparece volcada a la superficialidad, a la promiscuidad, a la falta de valores y a la inmediatez? En ese caso habría que comenzar por los niños. Y nos encontraríamos con la dificultad inicial.

Para romper el círculo vicioso que fácilmente se establece en cualquier intento de justificar la retirada o la notable reducción de una tarea pastoral o apostólica, es necesario toma muy en serio las palabras de Jesucristo; es necesario meditar frecuentemente en ellas; es necesario convertirlas en motivo de oración para que el Señor nos conceda la gracia de creer firmemente en que es posible que se realice la obra del Señor a través nuestro; es necesario pedir a Dios el don de la paciencia evangélica para saber esperar el tiempo de los frutos.

Es posible que estas consideraciones den la impresión de pertenecer a los sermones convencionales; pero constituyen el nervio fundamental de toda acción pastoral y apostólica. El Señor nos pide vencer el miedo apoyándonos en su palabra, en su testimonio personal y en el ejemplo de los santos que nos precedieron y que llegaron a realizar acciones aparentemente prodigiosas en situaciones de mayor adversidad que las nuestras.; y todo porque creyeron firmemente en el Señor y fueron capaces de actuar en su nombre.

El problema que tenemos es un problema de fe. Necesitamos revisar los fundamentos en que la apoyamos. Necesitamos pensar  analizando los problemas con serenidad. Necesitamos asumir nuestras responsabilidades eclesiales con el ánimo puesto en el Señor.

 

+Santiago García Aracil

 Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".