Recomenzar desde Dios

Mons. Juan del Río

La modernidad ha consagrado los principios de la filosofía analítica como
del positivismo lógico, donde la pregunta sobre Dios es carente de sentido:
“Dios no está, ni se le espera”. Esto ha dado lugar a una mentalidad y
praxis totalmente secularista que ha llegado a filtrarse en algunos sectores
de la misma comunidad cristiana. De ahí, que desde el inicio de su
pontificado Benedicto XVI haya querido situar a la Iglesia en lo esencial
que es, la búsqueda de Dios y la aceptación de su revelación en Cristo
como Hijo de Dios vivo.

Recientemente, el Papa ha dirigido un interesante discurso a la Asamblea
plenaria del Consejo pontificio para los laicos, donde ha planteado cómo
la cuestión de Dios es la “cuestión de las cuestiones”, porque nos remite
a las grandes interrogantes que el hombre se hace en todos los tiempos y
culturas. ¿Quién puede negar las aspiraciones inherentes en el corazón
humano de verdad, felicidad y libertad? Su respuesta es muy distinta si la
persona se abre a lo transcendente o si se cierra a tal posibilidad.

Conocer a Dios no es indiferente para el hombre. El descubrimiento
de Dios como realidad suprema, bajo el triple aspecto de superioridad
ontológica, axiológica y personal, repercute hondamente en la vida de los
hombres y de la sociedad. Sus consecuencias son claves para plantarse la
existencia con esperanza frente a las tentativas de huidas desesperadas y de
utopías abstractas, así como para construir una convivencia en fraternidad
verdadera. La difusión de una cultura donde el hombre lo único que busca
es vivir sólo de forma positiva, en lo calculable y en lo mensurable, al
final queda asfixiado y atrapado en sí mismo. Por eso, la crisis actual que
vivimos es crisis de significado y de valores, antes que económica y social.

El Santo Padre señala también, como esta mentalidad dominada por “el
vacio de Dios”, obliga a los cristianos a replantearse radicalmente la
centralidad de Dios en la vida personal y comunitaria. Pero no un Dios
cualquiera, sino el “Dios humanado”, que no es una mera idea, ni un mero
estilo de comportamiento, sino que es una Persona, una Presencia que nos
llena, transforma y salva.

La Iglesia para ser humana y estar cercana a los hombres, necesita que sea
más divina, más de Dios. El encuentro con Él, requiere la conversión del
corazón de todos y cada uno de sus miembros. Que Dios sea el punto de

referencia central del modo de pensar y actuar de los fieles en el mundo.
Así como también en el tejido eclesial, en las acciones pastorales, en la
trasparencia testimonial de las instituciones y de las personas.

Los apóstoles de la Nueva Evangelización, han de ser hombres y mujeres
que estén tremendamente convencidos de que Dios es lo único importante,
que su existencia amorosa nos aleja de la soledad y el aislamiento, que
vivir desde Él es la aventura más hermosa que le puede suceder a una
persona. En definitiva, hay que tener tal grado de fe, que podamos hacer
nuestro cada día aquellos versos de Santa Teresa de Jesús: ¡…quien a Dios
tiene /nada le falta: / sólo Dios basta!

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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