Su testimonio de caridad y justicia define al cristiano, dice el arzobispo de Oviedo en la clausura del Sínodo diocesano

Monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, clausuró este pasado sábado, 10 de diciembre, el Sínodo diocesano de la Iglesia de Asturias en el marco de una celebración litúrgica desarrollada esta mañana en la catedral.

Junto al arzobispo de Oviedo concelebraron la eucaristía monseñor Díaz Merchán, arzobispo emérito, y los Obispos de Astorga, monseñor Camilo Lorenzo; León, monseñor Julián López y Santander, monseñor Vicente Jiménez, así como 130 sacerdotes asturianos y los sinodales que participaron en esta asamblea.

A la misa, en la festividad de Santa Eulalia de Mérida, patrona de la archidiócesis, asistió una representación municipal encabezada por el vicealcalde de la capital Agustín Iglesias Caunedo.

Durante la misa el prelado asturiano recibió las propuestas aprobadas durante la asamblea sinodal, al tiempo que anunció su intención de elaborar con ellas una exhortación postsinodal y las correspondientes decretales que señala la normativa eclesial, destacando que estas conclusiones serán las que inspiren un próximo Plan Pastoral para la diócesis.

Homilía en la clausura del Sínodo Diocesano

Queridos hermanos y amigos: paz y bien. Saludo con todo afecto a los Señores Obispos de las Diócesis hermanas que forman nuestra Provincia Eclesiástica de Oviedo: Sr. Obispo de Astorga, D. Camilo Lorenzo; Sr. Obispo de León, D. Julián López; Sr. Obispo de Santander, D. Vicente Jiménez. Igualmente al Sr. Arzobispo emérito de Oviedo, D. Gabino Díaz Merchán. Es un gesto de cercanía fraterna, que agradezco muy de corazón, el que con motivo de la clausura de nuestro Sínodo Diocesano, estas Diócesis hermanas se hagan presentes a través vuestro.

En este día de la Patrona de nuestra Diócesis ovetense, Santa Eulalia, tal y como se había anunciado hace tiempo, clausuramos el Sínodo diocesano que comenzó su andadura en el año 2006, cuando fue convocado por el entonces Arzobispo D. Carlos Osoro. Su traslado a la sede episcopal de Valencia, hizo que se detuviera la marcha de esta asamblea diocesana. El intermedio de Administración diocesana, bajo la responsabilidad del Obispo auxiliar que era, D. Raúl Berzosa, no permitió la continuación ni la culminación de este importante encuentro diocesano que no se celebraba desde el año 1923. A D. Carlos Osoro y a D. Raúl Berzosa, también nuestro agradecimiento por su inestimable labor sinodal en esos años antes de mi llegada.

Saludo a todos los sacerdotes, consagrados y laicos que nos acompañáis en esta mañana, en su inmensa mayoría miembros del Sínodo en la etapa final. Os agradezco vuestra presencia, así como todo el trabajo que habéis realizado en estas semanas anteriores para dar feliz cumplimiento de nuestro Sínodo.

Hoy es una festividad importante y emotiva para nosotros. Santa Eulalia goza de nuestra devota admiración y nosotros gozamos de su protección intercesora. No vamos ahora a enhebrar datos biográficos desde el Peristefanon de Aurelio Prudencio, de la segunda mitad del siglo IV, y una Passio apócrifa atribuida a un monje emeritense y que parece que fue escrita en los siglos VII-VIII por las monjas del convento emeritense de San Mario. La memoria que hacemos de esta joven mártir, que fue también virgen, es la memoria de los santos con los que nuestra vida es acompañada con el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y por la comunión con ellos, participamos de sus bienes hasta llegar a la ribera y meta de las que somos peregrinos.

Las reliquias de Santa Eulalia, entre nosotros posiblemente desde el siglo VIII, que han presentado en procesión algunos miembros sinodales, son ese nexo que nos vincula con una historia cristiana de la que formamos parte, y en la cual ha habido santos de distintas épocas, de diversos modos de santidad, y con diferentes ejemplos para cada generación. A Santa Eulalia, virgen y mártir, nos encomendamos pidiendo su ayuda intercesora.

Un proceso de gracia y de luz

Efectivamente, en el día de nuestra santa Patrona de la Diócesis, Santa Eulalia, concluimos los trabajos sinodales que han tenido varias fases y una interrupción inevitable ante el cambio de arzobispo, como ya ha quedado dicho. Con la clausura de nuestro Sínodo Diocesano ponemos punto y seguido, que no punto final, a cuanto en estos años hemos ido viviendo juntos: hemos orado al Señor, a la Santina de Covadonga, a nuestros santos; hemos reflexionado personalmente, en grupos en toda la geografía diocesana, en las asambleas sinodales estos meses atrás; hemos puesto nombre y hemos domiciliado, los retos que ponen a prueba nuestra esperanza, los que nos abren a la confianza, los que reclaman nuestra comunión eclesial, los que nos recuerdan que somos pobres, los que nos envían con audacia y creatividad a la nueva evangelización ya comenzada. Este ha sido nuestro hermoso proceso sinodal, orar a Dios para pedir luz, gracia y fortaleza, alumbrar los caminos por donde venía la respuesta, y con sencillez y empeño responsables ponerse manos a la obra en esta empresa como hijos de Dios, hijos de la Iglesia e hijos de nuestra época.

Durante estos años de trabajo sinodal, el conjunto del Pueblo de Dios que peregrina en esta vieja historia astur desde hace tantos siglos, estaba representado en sus diferentes procedencias geográficas: desde las más rurales y alejadas, hasta las más pobladas y cosmopolitas; desde los más jóvenes en edad y audacia, hasta los más cargados en años y sabiduría; desde los laicos en sus distintas realidades profesionales, familiares, culturales y políticas, hasta los ministros ordenados como diáconos y sacerdotes, y los consagrados en los diversos carismas.

Tiempo de escucharnos en un diálogo humilde que no es diálogo de sordos. Porque la primera Voz que cada mañana buscamos es la del Señor que no ha dejado de hablarnos. Y sólo cuando su Palabra resuena en nuestros labios podemos ayudarnos con provecho, sin pretensión y sin daño. Por este motivo cada encuentro sinodal lo comenzábamos orando con toda la Iglesia, dando gracias por el nuevo día, y pidiendo gracia para entender cuanto se nos estaba dando.

Hace un instante recordábamos a Santa Eulalia. Pasan los años, incluso los siglos. Cambiamos las distintas generaciones. Pero la presencia de Jesucristo resucitado y la compañía de la Iglesia siguen siendo las mismas. Los retos que tenemos tienen un fondo común, pero en medio de unas circunstancias bien diferentes. Y en este vaivén de viejas novedades o de novedades arcanas, nos aprestamos a escribir la página de historia que nos corresponde: sabiendo leer con gratitud lo que otros vivieron con nuestra misma fe a través de todos los siglos que nos contemplan, sabiendo mirar con esperanza el futuro que se nos abre por delante, y sabiendo acoger con apasionada y amorosa entrega el presente que Dios pone en nuestras manos.

Yo vuelvo a dar gracias al Señor y a cada uno de los sacerdotes, consagrados y laicos, de los diferentes arciprestazgos y vicarías, de los distintos movimientos apostólicos y congregaciones religiosas, de las parroquias y estamentos sectoriales de nuestra Diócesis. Quiera Dios ayudarnos, lo quiere como el que más, y que seamos nosotros dóciles a su palabra y a su gracia, para responder adecuadamente lo que Él quiere decirnos a cada uno y con nosotros gritar dulcemente como comunidad cristiana.

En torno a los tres ejes que han marcado las tres ponencias en las que desembocaron todos los trabajos sinodales precedentes, nos hemos ido adentrando en las labores en la fase final de nuestro Sínodo Diocesano.

Quisimos, en primer lugar, auscultar las luces y sombras que hacen de escenario claroscuro donde vivimos nuestra identidad cristiana en el aquí y ahora de nuestro momento histórico. La cultura actual que es fácil describir con todos sus contrapuntos, reclaman de nosotros la audacia propia de quien tiene que anunciar a Jesucristo en medio de los nuevos areópagos por donde transcurre la vida con toda su carga de verdad humilde y de orgullosa mentira. Pero este ámbito social, cultural, político, tan distinto del de hace 50, 100 o 700 años, nos pide volver a los fundamentos de nuestra fe para evitar precisamente los fundamentalismos. Así, la Palabra de Dios leída, profundizada y testimoniada, como también los procesos catequéticos de todas las iniciaciones cristianas según las edades y circunstancias de los hijos de la Iglesia, nos ayudan a
roturar los caminos por los que hoy debemos seguir peregrinando entre los consuelos de Dios y tantos humanos desafíos. No en vano, la sociedad actual se ha convertido en un inmenso atrio en donde transitan creyentes y no creyentes, gentes que viven gozosa y eclesialmente su fe, gentes que la han abandonado, y gentes que siguen buscando el Rostro y el Nombre del Misterio para el que también ellos han nacido.

Y de ahí nos adentramos en el segundo gran tema de nuestros trabajos sinodales: esa vida que nace, que acierta a crecer entre gozos y lamentos, y que llega a su final en la fecha convenida tras haber descrito todas sus variantes existenciales por los que las mil circunstancias nos han ido a unos y a otros empujando. Una vida que queremos abrazar como don en todo su arco biográfico y vital: desde que ha sido concebida hasta su desenlace final, pasando por los mil vericuetos del largo paréntesis intermedio en donde aparecen las certezas, las alegrías, las esperanzas, como también nos acorralan a veces los disgustos, las contradicciones y las heridas. Pero en esa vida así descrita, nos quisimos detener precisamente en dos cuestiones que juzgamos de enorme reto en nuestros días: la familia y su proyecto natural y cristiano, reconociendo el matrimonio entre hombre y mujer como una alianza amorosa para siempre, abierta a la vida, madurada en el respeto tierno y en el amor que no se marchita. Y los niños y los jóvenes que nos reclaman también nuestra atención orante y reflexiva, para saber despertar la fe y acompañarla debidamente en las generaciones bisoñas que tenemos delante.

De este modo desembocamos en lo que más nos define como cristianos: el testimonio de la caridad y la justicia. Son muchos los rostros de los pobres, son inmensas las circunstancias en las que Dios nos aguarda para decirnos su provocación revolucionaria de veras: lo que hiciste o dejaste de hacer con tu hermano, conmigo lo hiciste (Mt. 25, 31-46). Y así fuimos acercándonos a este reto mayor, en el que los más necesitados de nuestros días nos piden una respuesta cristiana y eclesial. Tanto Cáritas como los demás cauces en los que dentro de la Diócesis canalizamos este compromiso evangélico, son para nosotros algo irrenunciable en lo que nos jugamos nada menos que nuestra identidad y credibilidad como cristianos.

Este ha sido el iter de nuestra andadura sinodal, que en esta mañana bajo la intercesión de Santa Eulalia ponemos sobre el altar de Dios. Dentro de unos instantes me serán entregadas las propuestas debidamente aprobadas por la Asamblea sinodal. Luego yo escribiré a modo de conclusión teniendo en cuenta estas propuestas, una exhortación en este momento de desafíos y esperanzas ante la nueva evangelización a la que nos convoca la Iglesia. Finalmente serán los decretos sinodales los que inspiren luego la realización del Plan de Pastoral diocesano con el que en comunión con toda la Iglesia seguiremos remando mar adentro en la época apasionante y apasionada que nos ha tocado en gracia vivir.

Sí, es tiempo de gracia, de remar mar adentro, sabiéndonos herederos de una rica y larga historia cristiana de más de ocho siglos que queremos debidamente recordar, para poder situarnos con esperanza ante el tiempo que nos irá llegando, mientras con serena pasión vivimos el presente dando respuesta fiel a cuanto el Señor de la historia nos señala como testimonio de la caridad. Invocando a nuestros santos, como Santa Eulalia o San Melchor de Quirós, acudamos a la Santina de Covadonga, Reina de nuestras montañas, para que nos siga acompañando en la reconquista dulce y decisiva del bien y de la paz.

El Señor os bendiga y siempre os guarde.

+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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