Esperanza en la vida eterna

Mons. Francesc Pardo i Artigas     Durante el tiempo de adviento hemos de reforzar nuestra esperanza en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Jesús ha venido como hombre, ahora lo hace como Señor resucitado con signos humanos, y un día volverá como Señor glorioso en nuestras vidas y en la historia de la humanidad. Así lo afirmamos en nuestra profesión de fe. Esta gran noticia se vive, con frecuencia, con incredulidad, con desconfianza, con confusión, pero también con mucha esperanza. Los cristianos, los que formamos la Iglesia, somos el pueblo de la esperanza, y hemos de ser testigos de dicha esperanza. Por ello es bueno recordarlo en este tiempo de adviento. 

He acompañado a muchas familias  en momentos difíciles, de pérdida de seres queridos, he escuchado muchos comentarios en relación con la vida después de la muerte. Tengo muy presentes las críticas a este hecho, formuladas desde ideologías materialistas, que lo califican de engaño y alienación del pueblo, en relación con esta esperanza en la vida eterna. Se ha dicho que mirar y esperar el Cielo, provoca no comprometerse con la Tierra y su funcionamiento. Nada más lejos de nuestra fe y esperanza. Al mismo tiempo, las dudas y la incapacidad para creer en la Vida Eterna, constituyen preocupación o certeza de muchas persones por razones diversas. 

También he sido testigo de la confianza en Dios manifestada por muchas persones con ocasión de la muerte de familiares y amigos entrañables. Les he dejado mi esperanza y mi plegaria, especialmente a aquellos que no podían esperar ni orar. En mi mismo experimenté la hiriente pregunta y dolorosa en relación con la Vida Eterna, en la muerte accidental de mi hermano, a los recién cumplidos dieciocho años. Hacía poco más de un año que el cardenal Narcís Jubnay me había ordenado como presbítero, y en plenas colonias de verano, me llega la noticia que mi hermano había muerto aplastado por el tractor, cuando se dirigía a un campo para ayudar a un amigo en las tareas de recolección. Junto a mis padres, hermanos y amigos, aquella tarde y noche, el mundo parecía haber caído sobre mi espalda. Yo, había recibido la misión de ofrecer esperanza en la Vida, ya que debía ofrecer la salvación a todos, en aquel momento me hallaba, cara a cara, con la dura realidad de la muerte. No podía limitarme a repetir lo que me habían enseñado y aprendido en la teología. Debía ofrecer mi más profunda y sincera convicción. Pero, ¡cuantas preguntes me formulé. Por encima de todo recuerdo mi plegaria: ¡Señor, aumenta mi esperanza. En Vos confío!.

Recuerdo numerosos hechos trágicos que invitan a la desesperación: entierros de  jóvenes muertos en accidentes, un entierro de otros dos jóvenes, chico y chica, la muerte de niños, o de otros jóvenes que decidieron no seguir viviendo… Pero, en medio del dolor, de las lágrimas, de las dudas, de la rebelión interior, aquella acusación de culpabilidad a Dios y la exigencia de explicaciones…, gracias a la plegaria, al testimonio de los hermanos creyentes, a la memoria de Jesús, muerto y resucitado, al amor, a la acogida, al afecto, se reamaba la confianza en Jesucristo y la convicción que aquel no era un adiós para siempre y que los confiábamos en buenas manos. Que la vida, a Dios gracias, era más fuerte que la muerte. 

También tenían dudas los cristianos de las primeras comunidades. Por ello, san Pablo, cuando escribe a los cristianos de Corinto, les dice: “Si se predica que Cristo ha resucitado de los muertos, ¿cómo algunos de vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? Pues si no hay resurrección de muertos tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vana, por tanto, es nuestra predicación, y vana también nuestra fe, y también somos hallados falsos testigos de Dios, porque atestiguamos contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es verdad que los muertos no resucitan; porque si los muertos no resucitan, tampoco  Cristo ha resucitado, y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados; entonces también los muertos en Cristo, perecieron. Y si sólo en esta vida ponemos nuestra esperanza en Cristo, somos los más miserables de los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que murieron”. 

Y esta esperanza da sentido a la vida. Las personas vivimos, trabajamos, queremos ayuda para hacer frente a las enfermedades, los fracasos, las preocupaciones por los hijos, para atender a los mayores, para afrontar las flaquezas de la edad, para mantenernos fieles a nuestros compromisos… Queremos que alguien nos asegure que el deseo de vida y de felicidad que sentimos –y que con frecuencia ya probamos- no sean pura ilusión, sino que emanen de Dios y que serán realidad plena y para siempre en la Vida Eterna. 

Durante este adviento renovemos nuestra confianza en Jesucristo, el que ha venido y volverá glorioso, ¡Así lo creo y lo espero!

 

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 420 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.