Dominica Gaudete

Mons. Manuel Ureña    El Adviento nos emplaza ante la segunda venida de Cristo, venida última y definitiva. Y nos exhorta a preparar el espíritu a fin de que esta segunda venida de Cristo, venida en majestad, no suponga para nosotros un juicio de condenación, sino un juicio de salvación. De ello nos ocupamos días pasados en la carta pastoral del primer domingo de Adviento.

Pero ¿en qué consiste esta preparación? Dicho sucintamente, se concreta en la conversión a Cristo, en la conversión a su primera venida ocurrida hace ya dos mil años. Pues él, el Señor, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación (Pref I de Adviento).

La conversión a Cristo cobra la forma de la adhesión a él por medio de la fe y de la recepción de su vida en el bautismo, cuya fuente y cima es la Eucaristía. Y, para los ya bautizados, la conversión se concreta en abandonar la vida de pecado, en practicar la virtud de la penitencia, en recibir por el sacramento de la confesión el perdón de los pecados y en volver a comenzar el camino de la vida cristiana. Como recordaréis, del proceso de la conversión tratamos en la carta pastoral del domingo pasado, II de Adviento.

Hoy, domingo III de Adviento, la Iglesia contempla a sus hijos en pleno proceso de conversión, participando de los frutos de la primera venida del Salvador y, por consiguiente, llenos de alegría ante la perspectiva de la segunda venida de Cristo, cuyo momento permanece oculto.

Dicho en síntesis, en este domingo de Adviento llamado “Gaudete”, los cristianos anunciamos a todos los hombres que la humanidad avanza hacia el día de la irrupción de Dios en la historia. Anunciamos también que ese gran día de Dios tuvo ya lugar de algún modo hace dos milenios con la primera venida de Cristo al mundo. Y anunciamos, finalmente, a los hombres que aquel Cristo, Dios hecho hombre nacido en Belén, que nos llamó entonces por la voz del precursor, Juan el Bautista, a la conversión y a la penitencia, sigue estando hoy en medio de nosotros y continúa llamándonos a la conversión.

Digámoslo con las mismas palabras con que expresa este hecho el Prefacio III de Adviento: Tú nos has ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la Historia, aparecerá, revestido de poder y de gloria, sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino.

El Señor Jesús está, pues, viniendo sin cesar a los hombres desde el día mismo de su encarnación. Nos sale al encuentro en la Iglesia, sobre todo por medio de su Palabra y de la Eucaristía. Y nos sale también al encuentro en el mismo mundo de múltiples formas y maneras, pero especialmente a través de los hermanos necesitados, en los que él ha querido identificarse de modo singular. Por eso, el profeta Isaías, tras increpar fuertemente al pueblo y denunciar el culto falso que este tributaba a Dios, exclama: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid, y litigaremos – “dice el Señor” -. Aunque vuestros pecados sean como purpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana (1, 16-18).

Esto supuesto, la clave de nuestra preparación espiritual para la segunda venida del Señor estriba en la recepción de su primera venida en carne. Cuanto más nos acerquemos al Cristo venido en Belén y presente hoy entre nosotros, tanto más nos estaremos acercando al Cristo glorioso que un día vendrá. Así lo enseñaba San Carlos Borromeo a sus fieles de Milán: [La Iglesia nos enseña en el tiempo de Adviento] que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.

Si procedemos así, no tengamos miedo a la última venida del Señor. Al contrario, alegrémonos y pidámosle que la apresure. Exclamemos con palabras de la oración del “Padre Nuestro”: ¡Venga a nosotros tu Reino!

 

 Manuel Ureña

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.