Carta abierta desde la esperanza: Las lágrimas del rostro materno de la Iglesia

Mons. Francisco Pérez    1.-  Si el “Dios manifestado en carne” (1Tm 3, 16) lloró; si “Jesús lloró” por su amigo Lázaro (Jn 11,35) y si “lloró por Jerusalén” (Lc 19,41), al vislumbrarla de lejos;  ¿cómo no llorará todos los días su Iglesia ante cada hombre y cada pueblo que sufre, que es abatido, y que muere porque se le deja morir, o porque se propicia su muerte? Si, como nos enseñóel Beato JuanPablo II, el hombre es “el camino primero y fundamental de la Iglesia” (RH, 14).La gloriaarmoniosa de cada hombre que desde el primer instante de su existencia, desde su concepción en el seno materno, es gloria fecunda de la Iglesia y de la Humanidad prevalece ante las amenazas y derrotas de una sinrazón en la que predomina el egoísmo y lo más inhumano.

 A veces a la Iglesia, no puede hacer otra cosa, en el cumplimiento de su misión, que llorar. De hecho, es más ella misma cuando las lágrimas acompañan su oración y sus desvelos, su predicación y sus esfuerzos, de la mano de una comunidad humana que clama y que sufre por sus más desafortunados y abandonados hijos.

Cuando, por ejemplo, una desgracia no prevista acaba con la vida de hermanos y convecinos, antes que ninguna otra reacción, antes que la mente y que los labios, habla en nosotros el corazón, y con él hablan también nuestros ojos, expresándose conel lenguaje delllanto, ese que ahoga pensamientos y palabras que, ante semejante desgarro interior, terminan por enmudecer. Aún recuerdo el trágico accidente en el que murieron 18 niños. Fui a visitar a las familias y los periodistas me interrogaron, pero no pude contener el llanto y las lágrimas. Al día siguiente en grandes titulares mostrando mi fotografía y en primera página, el rotativo decía: “Las lágrimas de la fe”.

2.- Los hijos de la Iglesia, que nos sabemos hermanos entre nosotros y con todos los hombres en una unidad más fuerte que la propia sangre, no podemos dejar de compartir el dolor de los que sufren. Y si los pastores, entregados al servicio de los hijos de la Iglesia, y de todos los hombres que comparten su suerte en elcamino de lavida, no llorásemos con los que lloran o por los que lloran, hasta hacer de este compadecer parte permanente de nuestro ministerio, no habríamos abrazado el sentido último de nuestra vocación, que no es otra que la de amar al prójimo, a cada prójimo, y amarle de corazón como Jesucristo le ama. 

Lloramos por todos los que sufren, por los que están solos, por los que han perdido las ganas de luchar, por los que viven bajo condiciones de miseria y de opresión,  de abandono y de discriminación, aquí, en nuestros pueblos y ciudades, acuciados por la crisis que soportamos; y allí, en los más recónditos lugares de la tierra, donde la crisis es casi permanente, y donde la pobreza y la ausencia de libertades y de oportunidades siega tantos sueños, y se lleva también, con prematura calamidad, la vida de tantos niños, hombres y mujeres, tan hermanos nuestros como quienes están a nuestro lado.

 Lloramos también por los más pobres entre los pobres, por las víctimas más inocentes de este tiempo, por los no nacidos –benditos hijos desconocidos- y por todos nosotros que, llamados por inmediato y básico sentido de humanidad, deberíamos haber cuidado de ellos, hemos mirado para otro lado, y no les hemos dejado nacer.   Lloro por este pueblo que el Señor ha querido que fuera mi pueblo. Lloro por esos miles de niños que no llegarán a nacer aquí. Lloro por sus madres que, irremediablemente, nunca dejarán de llorar por sus hijos. Lloro por los que les aconsejan, o les inducen, o les llevan a provocar un final así para sus criaturas. Lloro por ellos, por el peso que, aún al principio desechado, terminará por hacerse grave y amargo, y rezo  para que lleguen a liberarse de este peso, porel único caminoposible, que es la senda del perdón. .  Las  madres que se ven presionadas a algo tan terrible y que a ellas también las destruye sicológica, afectiva y espiritualmente no olviden que la Iglesia como madre les acogerá con misericordia si vuelcan su corazón a la conversión.

3.- Lloro por ellos y lloro con ellos, con todos ellos, porque sé que, a la postre, el mal de las mil mascaras puede conseguir confundirnos, pero no puede acallar la voz del corazón humano, común a todos, que clama por la vida, que mendiga el bien, que no puede huir ante la irrenunciable liberación que sólo la verdad y el amor ofrecen.    Lloro al saber que aquí, en nuestra tierra, se abren nuevos espacios clínicos en los que, bajo similares focos a los que en los quirófanos sirven para salvar vidas, pasará la sombra de la muerte, en la oscuridad de la sinrazón, en el silencio atroz de sus víctimas inocentes.

 La sangre inocente cae sobre nuestra tierra. Y aunque el llanto de la Iglesia, se vive, como el de las víctimas de esta humanidad desgarrada, desde la soledad del silencio, creo que es bueno que todos sepan, lo entiendan o no, que sobre todo por estos los más pequeños, la Iglesia y una sociedad sensata y honesta, antes que ninguna otra cosa, solloza y llora, no desde la amargura y la desesperanza, pero si desde el desagarro y la impotencia. Llora y entre tal amargura llama humildemente a la puerta del corazón de todo hombre, para compartir con él esta mirada que no nace de sí misma, sino del don que el Dios de la vida le ha otorgado, y le ha pedido que comparta con todos los hombres de todo tiempo y lugar.

4.-  Nunca el mal debe justificarse y por muy pequeño que sea nunca se ha de considerar como un bien; siempre se ha de optar por el mayor bien. Quiero dejaros claro en conciencia y con firmeza que no es legítimo suspender una vida en ciernes, que no está en la libertad de los seres humanos ni aniquilar la vida en sus comienzos en las entrañas de una mujer que se ha convertido en madre, ni adelantar la muerte de nadie por considerar que ya no disfruta de una vida humana de calidad. En mi condición de obispo como sucesor de los apóstoles y unido a la piedra secular de la Iglesia que es el papa sucesor de Pedro, uno mi condición de ser humano y como miembro perteneciente a una nación y al sistema democrático, hablo también como ciudadano. Es la razón, que la fe cristiana avala y ratifica, la que proclama que no es legítimo segar y destruir una vida. El termómetro que mide la grandeza de una civilización se constata en grados de amor y respeto a la vida humana.

 Ni los errores de los padres, ni la permisividad de las relaciones amorosas, ni el amparo de una legislación tan absurda como ilegítima pueden amparar que ningún niño que llama a las puertas de la vida, cualquiera que sea la situación de los padres, sea excluido de la existencia y para más con la crueldad con la que se realiza. No puede incluirse como signo e identidad de la modernidad algo que siempre ha caracterizado la barbarie. Nada que disminuya la dignidad de los seres humanos puede tener garantía de futuro. El suicidio demográfico en el que se está cayendo, en occidente, provocará unos frutos muy amargos. Sólo una sociedad que apoya a la familia y a la natalidad tendrá futuro. Jesucristo cuando, en medio del dolor, en el camino hacia la cruz se encuentra con unas mujeres, les advierte: “No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos” (Lc 23,28). El auténtico humanismo se sustenta en el más profundo respeto a lo sagrado y a la vida cualquier estadio que esta tenga puesto que es sagrada. Sólo quien ama de verdad será justo y aportará para el presente y para el futuro lo mejor.     

+ Mons. Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).