Evangelización

Mons. Juan José Omella    Con el fin de facilitar el trabajo de reflexión, he preferido unificar bajo el título de Evangelización los escritos que a partir de hoy van a versar sobre la preciosa Exhortación Pastoral del Papa Pablo VI “Evangelii Nuntiandi”, como prometí en “Pueblo de Dios” del pasado domingo.
La palabra evangelización indica la acción de anunciar el Evangelio, esto es, la BUENA NUEVA que nos trajo Jesucristo y que encomendó a su Iglesia, y esto hacerlo con todas sus consecuencias. 

Jesús, momentos antes de su ascensión a los cielos, “Se apareció a los once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación’. Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios” . De inmediato, Jesús subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
El mandato imperativo de Jesús, Id y proclamad, designa el ser y la misión de la Iglesia. Una misión que a lo largo de dos mil años ha constituido la parte más importante de su quehacer o, para ser más precisos, de todo su quehacer. Tenemos preciosos ejemplos de esa acción misionera desarrollada en todo tiempo y lugar y llevada hasta el extremo del martirio. Los santos Jerónimo Hermosilla y Valentín de Berriochoa, tan cercanos a nosotros, por no citar a otros, son ejemplos de evangelización: fueron (al Tonkin), proclamaron la Buena Nueva y la sellaron con su entrega hasta derramar su sangre.
La palabra evangelización, sobre todo desde la aparición de la Evangelii Nuntiandi, se ha ido imponiendo como la mejor definición de lo que es la Iglesia: la Iglesia es en sí misma evangelización o, en otros términos, una gran catequesis. Tan es así que en la historia de la Iglesia el término evangelización ha sido sinónimo de misión y aún de apostolado.

Es claro que las dos palabras, evangelización y misión, siempre las usamos en referencia a Jesucristo, enviado por el Padre, y en consecuencia, también en referencia la Iglesia, enviada a su vez por Jesucristo.

De hecho Jesucristo es presentado en el Evangelio como el primer evangelizador, el profeta, poderoso en palabras y, sobre todo, en obras, que puede decir de la forma más categórica que “el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: “convertíos y creed en el evangelio” . Jesús se presenta como el enviado del Padre. Y pretende una cosa muy clara: la conversión, esto es, que se le reconozca como el Dios hecho hombre para nuestra salvación, que se abran todos los corazones al amor de Dios que nos llega a través de su Espíritu. La evangelización hace que el Reino de Dios, parecido al grano de mostaza que es muy pequeño, se haga grande dentro de nosotros, y nos permita llenar nuestra vida de buenas obras.

Otra palabra que se acerca y mucho en su contenido a las ya citadas misión y evangelización es la palabra apostolado. La Iglesia, evangelizando, saca adelante su misión y así cumple una de las notas de su autenticidad: es apostólica. Apóstol en griego significa enviado. Después del Concilio, y a tenor de la Evangelii Nuntiandi la palabra apostolado hace referencia a todo aquello que tiene que ver con el testimonio de la fe: el fin que lleva implícito la palabra misión que es el de “dar razón de nuestra fe”.

Una vez concluido el Concilio Vaticano II, sectores amplísimos de la Iglesia observaron que la evangelización había de ser necesariamente una de las cuestiones más decisivas y urgentes que la Iglesia debía afrontar. El Sínodo de 1974, con el tema “La evangelización en el mundo actual”, retomó lo que el Papa Pablo VI había expresado repetidamente de que había que buscar nuevas formas de llevar el mensaje cristiano al hombre contemporáneo, ante las condiciones cambiantes de la sociedad. Había que pensar en nuevos tiempos y nuevas pautas para la evangelización. Así nació la Evangelii Nuntiandi, posiblemente el documento magisterial que ha tenido mayor repercusión en la Iglesia postconciliar, sobre todo en la vertiente misionera de la Iglesia. Con ella se abrió un panorama nuevo, afrontando el nuevo concepto de evangelización que estaba surgiendo en esta nueva etapa.

¿Sentimos los cristianos la urgencia de la misión? ¿Nos sentimos enviados, urgidos por el Señor, a anunciar su amor a todos los hombres y pueblos de la tierra?

Con mi afecto y bendición,

+Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.