¡Bendita sea tu pureza!

Mons. Amadeo Rodríguez Magro

Para honrar a María en su Inmaculada Concepción, quiero comentar una bella
oración, que seguramente muchos de vosotros no sólo recordáis sino que rezáis con
frecuencia. Toda ella es un elogio a la Madre de Dios y Madre nuestra, pero también
es expresión de los deseos de nuestro corazón, al tiempo que una petición filial de
protección. Me refiero a “Bendita sea tu pureza”.

• Empezar diciéndole “bendita” es una buena entrada para llegar al corazón
de María. Esa es siempre una ocurrencia espontánea de los que aman a su Hijo:
como la mujer del Evangelio, todos le decimos bendita a su Madre. Es natural que
lo hagamos así, porque la Santísima Virgen es quien mejor refleja, después del
Hijo, las bienaventuranzas. Se dice que éstas son el autorretrato de Jesús; pues bien,
también retratan a la perfección la vida de María. Por eso es muy acertado y natural
saludarla como “bendita”.

• “Sea tu pureza y eternamente lo sea”. Entramos así en el alma de María, y
con admiración, y quizás también nostalgia por nuestra parte, alabamos la pureza
de su corazón en todo el recorrido de su vida. Vemos en Ella a la “llena de gracia”
desde su Concepción Inmaculada, también en la Encarnación, junto a la cruz y en
su maternidad sobre la Iglesia. Con amor de hijos le decimos como el arcángel
Gabriel: “has encontrado gracia ante el Señor”. La admiramos desde la elección
eterna de Dios para ser instrumento de la venida a la tierra del Verbo encarnado y la
contemplamos en la eternidad, asunta al cielo en cuerpo y alma. Y le agradecemos
que todo eso haya sucedido con su “sí” a Dios en favor nuestro.

• “Pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza”. La mirada de Dios
se muestra eternamente enamorada de María, y en Ella, su humilde esclava, hace
cosas grandes para embellecerla. Porque la belleza de María está en el amor que
recibe de Dios. El Padre embellece el corazón y el seno materno de la Palabra que
se hizo carne y habitó entre nosotros, para que la belleza del amor de Dios llegara a
todos los hombres.

• “A ti celestial princesa”. A “ti”, le decimos mirándola a su rostro bendito,
dirigiéndonos a la Virgen con una profunda y filial confianza, mientras le
decimos: “Celestial princesa”. Con una gran admiración la asociamos a la familia
del Rey: es hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa del Espíritu Santo. Se
nos ocurre llamarle princesa, del mismo modo que en otras ocasiones le llamamos
reina. Es lo mismo, lo que importa es que sabemos que pertenece a la familia más
íntima de Dios, que por su alma corre la “sangre” divina. Ella, la primera entre todos
nosotros ha sido divinizada por la encarnación del Hijo, que se hizo hombre para
que el hombre se haga hijo de Dios.

• “Virgen Sagrada María”. Su seno es el sagrario bendito de Jesús, el
Salvador, así como también lo es su corazón, donde siempre nos encontraremos con
su Hijo. El de María es un seno virginal para un parto virgen: “Virgen sagrada”.
María es templo bendito de Dios, lugar de su presencia, portadora de amor, espacio
sagrado en el que el Señor se muestra amoroso y salvador. “María” es el nombre

de la persona humana única e irrepetible. “María” es la mujer que “entre todas las
mujeres”, en toda la familia humana, es elegida, es llamada y es preparada por los
designios de Dios para una vida íntimamente asociada al misterio redentor de su
Hijo.

Mons. Amadeo Rodríguez
Acerca de Mons. Amadeo Rodríguez 183 Articles
Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.