Una memoria que suscita esperanza

Mons. Braulio Rodríguez    En la famosa obra de Charles Dickens Cuentos de Navidad se narra cómo un hombre perdió la memoria de su corazón; de modo que había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado; también los que tenían que ver con el dolor humano. Así, podría pensarse, se le ofrecía liberarse de la carga del pasado. Pero pronto se hizo patente que, con ello, este individuo había cambiado, pues, en efecto, el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Precisamente la bondad que antes manaba de su interior, y ahora le hacía frío y todo a su alrededor era frialdad.

También Goethe, el famoso escritor alemán, describe lago parecido: tras una larga temporada de interrupción por culpa de las guerras napoleónicas, la celebración de san Roque en una población llamada Bingen ya no era la misma. La gente, aunque se agolpaba para ver la imagen del santo, no toda reaccionaba de la misma manera. Los rostros de los mayores y de los niños estaban iluminados y reflejaban la alegría del día festivo. Pero los rostros de los jóvenes eran diferentes: pasaban éstos por el lugar sin emoción, indiferentes, aburridos.

¿Qué explicación daba Goethe a esta diferencia de emoción? Esos jóvenes, nacidos en tiempos difíciles y de guerras, no tenían nada que recordar y, por eso, tampoco nada que esperar. Tal vez sólo quien puede recordar puede también esperar; quien nunca ha experimentado el bien y la verdad los desconoce y no se alegra. Sabemos que cuando logramos despertar incluso en alguna persona poco esperanzada el recuerdo de una experiencia de bien, esa persona puede nuevamente estar en condiciones de creer en el bien, y aprender a esperar de nuevo. Memoria y esperanza forman sin duda una unidad fuerte.

¿Valdrán estos relatos de Dickens y Goethe para este momento en que vivimos? Desde luego que a quien se le ha borrado la memoria del corazón, por ejemplo, por un engañoso espíritu de falsa liberación, ¿cómo convencerle de que hay esperanza? Cuando leemos con cuánto pesimismo mira una parte de nuestra juventud hacia el futuro, nos preguntamos por qué esa actitud. Hasta hace poco podríamos pensar que, en medio de tanta superabundancia material en que vivíamos, era difícil el recuerdo de lo humanamente bueno. Pero es que hoy, con un futuro de bienestar social mucho más incierto y amenazado, tampoco vemos raíces de esperanza.

¿Tendrán que ver estas reflexiones con el significado del tiempo de Adviento cristiano, que hoy comenzamos? Yo no lo dudo en absoluto. Adviento significa justamente la conexión entre memoria y esperanza que el hombre necesita. El Adviento quiere despertar en nosotros el recuerdo propio y el más hondo del corazón: el recuerdo del Dios que se hizo niño. Y ese recuerdo sana, ese recuerdo es esperanza. ¿Esperanza cierta o simple entretenimiento pasajero?

No, hermanos, la Iglesia en su Año Litúrgico nos proporciona no sólo recuerdo, sino nos anuncia acontecimientos, que sucedieron y suceden; son acontecimientos tan grandes que siguen produciendo en nosotros esperanza. He aquí algo grande de nuestra Liturgia: en la manifestación concreta de los tiempos sagrados y de los usos y costumbres, los grandes recuerdos de la humanidad, como es el nacimiento de Cristo, permiten también los recuerdos personales de nuestra propia historia de la vida. Seguramente cada uno de nosotros puede contar en ese sentido su propia historia de lo que significan para su vida los recuerdos festivos de la Navidad, de la Pascua o de otras celebraciones.

“Adviento” no significa, sin embargo, “espera”, como podría suponerse; significa “presencia”, o mejor dicho, “llegada”, es decir, presencia comenzada. Es esa presencia de Dios, que acaba de comenzar, aunque dure 20 siglos, pero que aún no es total, sino que está en proceso de crecimiento y madurez. Es presencia comenzada de Jesús, pero también tan sólo comenzada. Eso implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado (el nacimiento de Jesús), sino también a lo que está por venir. Es demasiada luz como para no darle importancia. Preparemos o aceptemos la primera venida de Jesús para preparadnos a la segunda y definitiva. No lo hagamos sin emoción, indiferentes, aburridos: tenemos mucho que recordar y mucho que esperar. 
 

 + Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.