El religioso oblato Francisco Esteban Lacal, un soriano a los altares

El pasado mes de julio, el Superior General de la Congregación de los Misioneros Oblatos de María, el P. Louis Lougen, recibía una carta de la Secretaría de Estado de la Santa Sede en la que se le comunicaba que el Papa Benedicto XVI autorizaba la beatificación de 22 religiosos oblatos asesinados en la persecución religiosa en España en 1936. Encabeza el grupo de mártires un soriano, el Padre Francisco Esteban Lacal.

La Ceremonia de Beatificación tendrá lugar el próximo sábado 17 de diciembre a las doce de la mañana en la Catedral de la Almudena, de Madrid. Presidirá el solemne Rito el Cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Con él concelebrará el Obispo de Osma-Soria, monseñor Gerardo Melgar Viciosa, así como el Vicario General del Obispado, Gabriel-Ángel Rodríguez Millán.

El trienio 1936-1939 fue sangriento y martirial para la Iglesia en España. En esa persecución religiosa hubo miles de personas que sufrieron muerte violenta, que fueron torturadas y fusiladas exclusivamente por su condición de creyentes: porque vestían una sotana o un hábito; por ser sacerdotes o religiosos que tenían una actividad pastoral en parroquias, en centros de enseñanza u hospitales; o por ser laicos fervientes, comprometidos con su fe en Jesucristo. En total, 6832 eclesiásticos sacrificados: 12 Obispos, 4172 sacerdotes del clero secular, 2365 religiosos y 283 religiosas (sin contar a la pléyade de laicos asesinados por el mismo motivo, Jesucristo y su amor a la Iglesia)

Dentro de este clima general de odio y fanatismo antirreligioso es preciso encuadrar el martirio de estos 22 oblatos: padres, hermanos y escolásticos de Pozuelo de Alarcón (Madrid) donde se habían establecido en 1929. Ejercían su ministerio, en calidad de capellanes, en tres comunidades de religiosas. Colaboraban pastoralmente también en las parroquias del entorno: ministerio de la reconciliación y predicación, especialmente en Cuaresma y Semana Santa, además de colaborar en la catequesis en cuatro parroquias.

Esa actividad religiosa comenzó a inquietar a los comités revolucionarios (socialistas, comunistas y sindicalistas, laicistas radicales) del barrio de la Estación. Con gran preocupación fueron comprobando que los «frailes» (así los llamaban) eran la locomotora que animaba la vida religiosa en Pozuelo y alrededores. Era irritante y provocador para ellos que los religiosos fueran por la calle en sotana y además con su cruz oblata muy visible a la cintura.

Sin embargo, la comunidad de los oblatos no se dejó intimidar. Lo que hizo fue extremar las medidas de prudencia, de serenidad, de calma, tomando el compromiso de no responder a ningún insulto provocador. Y, por supuesto, ningún religioso se mezcló con actividades políticas ni siquiera ocasionalmente. Pero eso sí: se mantuvo el programa de formación espiritual e intelectual sin renunciar a las diversas actividades pastorales que formaban parte del programa de formación sacerdotal y misionera de los escolásticos.

El 20 de julio de 1936 las juventudes socialistas y comunistas se echaron a la calle y comenzaron nuevos incendios de iglesias y conventos, particularmente en Madrid. Los milicianos de Pozuelo, por su parte, asaltaron la capilla del barrio de la Estación, sacaron a la calle los ornamentos e imágenes y les prendieron fuego. Incendiaron luego la capilla y repitieron la escena en la parroquia del pueblo. El 22 de julio, a las tres de la tarde, un nutrido contingente de milicianos, armados de escopetas y pistolas, asaltó el convento; los religiosos fueron detenidos, la casa fue saqueada y todos los cuadros religiosos, imágenes, crucifijos, ornamentos sagrados, etc. fueron destrozados y quemados.

El día 24 de julio, sobre las tres de la mañana, se producen las primeras ejecuciones. Sin interrogatorio, sin acusación, sin juicio, sin defensa, llamaron a siete religiosos y los separaron del resto. Sin explicación alguna fueron introducidos en dos coches y llevados al martirio. El resto, al día siguiente e inesperadamente, quedó en libertad.

Al quedar libres, buscaron refugio en casas particulares. El P. Francisco Esteban Lacal se arriesgaba y desvivía por darles ánimo y llevarles la Sagrada Comunión. Pero en el mes de octubre, tras una orden de busca y captura, fueron detenidos nuevamente y llevados a la cárcel. Allí soportaron un lento martirio de hambre, frío, terror y amenazas, sin embargo, entre ellos reinaba la caridad y un clima de oración intensa.

En el mes de noviembre llegaría el final de aquel calvario para la mayoría de ellos. El día 7 fueron fusilados dos de los prisioneros; veintiún días después, les llegó la hora a los otros trece: el 28 de noviembre de 1936 fueron sacados de la cárcel, conducidos a Paracuellos del Jarama y ejecutados. Un testigo afirma que, al parecer y antes de morir, el P. Esteban Lacal dio la absolución al resto y dijo: «Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos. Lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de corazón. ¡Viva Cristo Rey!».

«Al brillante y glorioso ejército de los mártires pertenecen no pocos cristianos españoles asesinados por odio a la fe en los años 1936-1939, (…) por la inicua persecución desencadenada contra la Iglesia, contra sus miembros y sus instituciones. Con particular odio y ensañamiento fueron perseguidos los obispos, los sacerdotes y los religiosos cuya única culpa –si se puede hablar así- era la de creer en Cristo, anunciar el Evangelio y llevar al pueblo por el camino de la salvación. Eliminándolos, esperaban, los enemigos de Cristo y de su doctrina, hacer desaparecer totalmente la Iglesia del suelo de España» (Juan Pablo II, Causas de los Santos, 1992).

Biografía del P. Francisco Esteban Lacal

Nació en Soria el día 8 de febrero de 1888 en una familia de profundas raíces cristianas. Hizo sus primeros votos en julio de 1906 en el convento de los oblatos de Urnieta (Guipúzcoa). En 1911 fue a Turín (Italia) y allí completó los estudios eclesiásticos; fue ordenado presbítero el 29 de junio de 1912. Al año siguiente se incorporó, como profesor, a la Comunidad del Seminario Menor de Urnieta, donde estará hasta 1929. Este año fue destinado a Las Arenas (Vizcaya) como auxiliar del Maestro de Novicios. Un año más tarde, en 1930, regresa a Urnieta como Superior; y en 1932 es nombrado Provincial.

En 1935 trasladó su residencia a Madrid, a la casa que ya tenían los Oblatos en la calle de Diego de León. Allí acogió a un grupo de oblatos que, detenidos en su Comunidad de Pozuelo de Alarcón y llevados después a la Dirección General de Seguridad, fueron puestos en libertad el 25 de julio de 1936. Con ellos -y con sus hermanos de la Comunidad de la capital- sufrió las angustias de la persecución religiosa y la experimentó directamente cuando el 9 de agosto de 1936 fue expulsado de su propia Comunidad de Diego de León, por lo que se refugió en una pensión situada en la Carrera de San Jerónimo. El día 15 de octubre fue detenido y el 28 de noviembre fue martirizado con otros doce oblatos en Paracuellos del Jarama.

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