Del respeto a la libertad

Mons. Santiago García Aracil    La libertad es tan deseada como la felicidad. Sin embargo, es tan difícil de  alcanzar la libertad plena como la felicidad permanente. Me refiero a lo que de libertad y felicidad podemos lograr en esta vida mortal estando insertos en una sociedad plural. En ella nos encontramos con diferentes estilos de vida, y también con diversos criterios, a veces contrarios entre sí, desde los cuales se definen la libertad y la felicidad. Por eso, muchas cosas, expresiones y formas de vida que son buenas para unos, resultan inconvenientes, indebidos y hasta injustas para otros. A esta situación, ya de por sí harto incómoda y neutralizante, y que dificulta muchas veces el diálogo, la colaboración, la convivencia y la paz, se une el subjetivismo imperante en muchísima gente, aunque de ello no todos tengan conciencia clara. Por este subjetivismo cada uno constituye sus propios sentimientos, sus propios gustos y sus vivencias propias en punto de referencia. Desde él deduce los criterios para sí, y pretende que también para los otros, con los que juzga de lo bueno y de lo malo; de lo correcto y de lo incorrecto, lo que es justo o injusto, los propios derechos y la libertad de ejercerlos; generalmente con este juicio determina sus actuaciones y comportamientos sin considerar las repercusiones que puedan tener en la vida de los demás. Esta forma de pensar y de vivir hace pensar en una creciente dificultad para la relación personal e institucional que, por otra parte, es necesaria para la convivencia y el progreso en la colaboración y la paz. Al mismo tiempo, se hace difícil construir con solidez una auténtica democracia. Falta coherencia en el pensamiento y respeto en el comportamiento.

El problema no está en evitar con leyes y policías los avasallamientos, las violencias, las faltas de respeto y el malestar causados por las interferencias entre unas personas y otras, y entre unas instituciones y otras. El problema, que es ciertamente más profundo, está en la educación recibida o en la falta de reflexión serena. Con la educación para la pluralidad por la reflexión se puede llegar a formar un hábito de respeto a los demás, absolutamente imprescindible para avanzar en la construcción de una sociedad democrática.

Sin embargo, asistimos con muchísima frecuencia a manifestaciones que, siendo legítimas en última instancia según las leyes bajo vigentes y al amparo de la democrática libertad de expresión, resultan bastante discutibles si se considera, cuanto menos, la forma de llevarlas a cabo. La experiencia frecuente nos da muestras de que las expresiones en favor de las cuales se exige libertad, no son un vehículo correcto y respetuoso para manifestar con decoro las propias ideas y criterios; parece que se quedan en una forma de explayar fanatismos en contra de los derechos ajenos. Y lo peor del caso es que, para ello, se tergiversa la verdad y la manipula como justificante para justificar modos de hacer en nada hijos de la cultura y, además, plenamente discrepantes del más elemental respeto a los otros.

Esta forma de proceder, que incluye muchas veces lo que objetivamente es difamación y calumnia está excesivamente a la orden del día, llegando, a veces, a exacerbar los ánimos de quienes se sienten ofendidos e ignorados en sus derechos. Entonces es cuando surge el peligro de enfrentamientos que no resuelven nada y que pueden enconar más la agresividad impidiendo una conducta social pacífica y constructiva.

La reflexión sobre lo que venimos diciendo es deber de todos: unos para corregirse, y otros para fortalecer su dominio y su paciencia. Para los cristianos, afectados frecuentemente por estos comportamientos intolerantes, debe quedar muy claro que no se puede vencer el mal respondiendo también mal. Es un principio frecuentemente expresado por el Beato Juan Pablo II, Papa, que hay que vencer el mal con el bien, la intolerancia ajena con la expresión serena y educada de la verdad en la que ha de apoyarse el respeto que conduce a la libertad de todos.

Termino refiriendo una escena que pudo verse por la televisión en los días de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid durante el mes de agosto inmediato pasado: cuando un grupo de jóvenes, probablemente de diversos países, fueron increpados agresivamente por un grupo de laicistas contrarios a la visita del Papa y a cuantas manifestaciones católicas tenían lugar en las calles de la capital de España, en lugar de responder siquiera con la propia defensa, se arrodillaron en medio de la calle y se pusieron a rezar.

Creo que con esto hemos llegado a la conclusión del razonamiento previo. Basta, pues, con sacar la moraleja: también hay jóvenes que nos dan lecciones de civismo y espíritu democrático desde la fe en Jesucristo nuestro Señor sin miedo a declararse católicos donde quiera que sea.

 

+Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".