Un juicio distinto, un juicio de amor

Mons. Ciriaco Benavente    En este último domingo del año litúrgico, fiesta de Cristo Rey, es como si el Evangelio quisiera poner ante nuestros ojos el último acto de la historia humana: el juicio universal. Es bueno que se nos advierta que habrá un día – el día de la verdad – en donde quedara al descubierto, más allá de las apariencias, lo que en nuestra vida ha sido trigo y lo que ha sido paja. El que fue juzgado y condenado por los poderes de este mundo aparecerá en gloria como juez de los hombres y de la historia. El género literario del texto, solemne y expresivo, quiere manifestar la seriedad del acontecimiento.

El evangelista Mateo, que nos ha ido marcando durante el año el itinerario para ser verdaderos discípulos, nos recuerda hoy en qué consiste ese seguimiento y qué es lo decisivo para aprobar o suspender el examen.

Seguir a Jesús, imitarlo, ser sus testigos, significa preocuparse de los últimos de la tierra, escuchar en sus gritos la voz misma de Jesús, responder en la medida de nuestras posibilidades y de sus necesidades. Querer entrar en relación con Jesús, que es lo peculiar de la vida cristiana, implica para Mateo hacerse cargo de los crucificados de la historia.

Frente a la lógica del mundo, que incita permanentemente a honrar a los poderosos, a los notables y a los famosos, Jesús se identifica con los pequeños, con los pobres: “Lo que hacéis a uno de estos mis hermanos, a mí me lo hacéis”.

La Buena Noticia de este domingo consiste, por tanto, en el hecho de celebrar a Jesús como Rey, pero como un Rey que se identifica con aquellos que necesitan de nuestra ayuda, de nuestra solidaridad, de nuestra atención sanadora. Sin esta conciencia, nuestras celebraciones dominicales dejarían mucho que desear. Tan convencido está Mateo de que lo que dice es de Jesús que no duda en repetir hasta cuatro veces las obras de misericordia, sin las cuales no puede darse un verdadero discípulo: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, hospedar al forastero, vestir al desnudo, consolar al enfermo, visitar al encarcelado. Son formulaciones con las que se sintetizan las necesidades de nuestros hermanos.

Siempre que leo este texto del juicio, tan bien escenificado por Mateo, me impresiona tanto la sorpresa de los que son colocados a la derecha de Jesús como la de los que son puestos a su izquierda. Algunos no son conscientes de haber hecho el bien o el mal; es como si sólo en ese momento se les revelara el sentido último de sus actos.

En realidad, el juicio, que imaginamos futuro y lejano, es un acontecimiento permanente: Cada día vamos labrando nuestro propio juicio. Lo único que acontecerá es que se desvelará lo que, tal vez, estaba oculto en cada una de nuestras jornadas. En el fondo lo que se nos descubre es una increíble identificación y presencia de Jesús en cada hombre y en cada mujer. La última y fulgurante venida del Señor en gloria es la prueba de sus otras venidas, discretas y anónimas, pero permanentes, en cada uno de los que necesitaban de nuestro amor.

Pero Jesús, que es revelación del amor del Padre, tiene palabras de aplauso y, también, palabras durísimas, de condena. Digo esto porque hay quienes condenan de manera implacable la injusticia, y luego, en virtud de un “buenismo” sentimental le quieren negar a Dios ese derecho contra los autores de esas fechorías que claman al cielo.

Negarse a amar no es lo mismo que amar; la ausencia de amor no cabe al lado del Dios que es amor. Cuando Jesús habla del infierno quiere decir que el amor de Dios es tan grande que nos ha hecho verdaderamente libres, incluso para poder negarnos a su amor. Dios no quiere el infierno; la existencia de un sólo condenado sería un escándalo, antes para el mismo Dios que para la criatura. Entre el infierno posible y el infierno efectivo ha interpuesto todo el poder de su amor: la cruz de Cristo. Ha puesto todos los medios para que nadie se cierre a su amor de manera definitiva y plena: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para el mundo se salve por Él». «Yo no he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores». El infierno, en cuanto rechazo absoluto del Amor, no existe más que de un solo lado, del de aquellos que lo crean para sí mismos.

Las dos escenas del juicio son semejantes y antitéticas: Lo que unos han hecho, otros, pudiendo hacerlo, lo han omitido. Todo hombre, cristiano o no, será juzgado con el mismo criterio: por el amor concreto que haya ofrecido a sus hermanos. No basta con no hacer el mal, hay que hacer el bien.

+ Mons.  Ciriaco Benavente Mateos

Obispo de Albacete

Mons. Ciriaco Benavente Mateos
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Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos nació el 3 de enero de 1943 en Malpartida de Plasencia, provincia de Cáceres y diócesis de Plasencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Plasencia y fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1966. Es Graduado Social por la Universidad de Salamanca (1971). Comenzó su ministerio sacerdotal en el pueblo salmantino de Béjar, donde fue coadjutor, de 1966 a 1972, y luego párroco, de 1973 a 1979, de la Parroquia de San Juan Bautista. Desde 1979 a 1982 fue Rector del Seminario de Plasencia y Delegado Diocesano del Clero entre 1982 y 1990. Este último año fue nombrado Vicario General de la diócesis, cargo que desempeñó hasta su nombramiento episcopal. El 22 de marzo de 1992 fue ordenado Obispo en Coria. Obispo de la diócesis de Coria-Cáceres hasta diciembre de 2006. En la Conferencia Episcopal Española ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones desde 1999 hasta 2005. En la Conferencia Episcopal Española en la actualidad es miembro de las Comisiones Episcopales de Migraciones y de Pastoral Social. Con fecha 16 de octubre de 2006 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Albacete, tomando posesión de la sede el día 16 de diciembre de 2006.