“Jesús predicaba de día y de noche rezaba”. Carta vocacional a los sacerdotes

Mons. Amadeo Rodríguez Magro.

Aunque esta misma carta se la escribo a todos los miembros del
presbiterio diocesano, te pido que la recibas como si estuviera escrita
sólo para ti. Esa es mi intención: pienso en cada uno de vosotros,
mis hermanos sacerdotes, y quiero que os llegue personalmente y
a vuestro nombre. En ella, como podrás ver, te hablo de un asunto
que me preocupa mucho y, por eso, considero que debo compartirlo
contigo. Aunque no angustiado, si estoy preocupado por las vocaciones
sacerdotales y a la vida consagrada en nuestra diócesis. Es verdad que
hemos de estar agradecidos porque el Señor, de vez en cuando, nos
regala una, pero lo cierto es que luego vienen largos periodos de sequía
en los que no se vislumbra en el horizonte ningún signo, al menos
visible, de que la vocación esté trabajando el corazón de algún joven.

Esto es lo que en los momentos actuales me parece a mí que está
sucediendo. Como sabes, en este curso no ha entrado ningún chico en
el seminario mayor y, de momento, ningún joven ha llamado en sus
puertas. Es verdad que sí lo han hecho en el menor, con el que, por
cierto, estoy muy contento; pero no te oculto que me cuesta mucho
esperar hasta que recojamos algo de lo que se está sembrando en los
más jóvenes.

Cuando se dan estas circunstancias de escasez vocacional, sé lo
que tengo que hacer: poner esta inquietud en el corazón del Dueño de
la mies. Asiduamente hago la recomendación de Jesús: “Rogad al Dueño
de la mies que envíe obreros a su mies”. Pero como no quiero estar solo
en este empeño, si de algo valen mis recomendaciones, te pido que

también tú insistas en tu oración al Señor por las vocaciones y, haz
que tu oración y la mía se convierta en un clamor en tus parroquias,
porque seguramente, como la mayoría de los compañeros sacerdotes,
atenderás más de una. Gracias por ser tan generoso y trabajador en la
viña del Señor.

Pues bien, te pido que el clima de esta confidencia que estoy
teniendo contigo siga siendo el de la oración; es decir, que lo que yo
ahora te digo, además de pasarlo por tu corazón, lo pases también por
el corazón de Cristo, que estoy seguro es a quien más le preocupa esto
que estamos compartiendo tú y yo: la situación vocacional de nuestra
diócesis. De su corazón salió la llamada que nosotros escuchamos, y de
la que vivimos cada día, y de su corazón siguen saliendo llamadas a los
jóvenes de hoy, aunque no sepamos bien lo que sucede con ellas. Por
eso, si no te importa, te invito a que renueves ante el Señor la gracia de
haber escuchado: “Ven y sígueme”. Recuerda todo lo que sucedió y todo
lo que sigue sucediendo.

Haber sido elegidos y llamados nos convierte necesariamente
en guías de la vocación: primero de la vocación cristiana y, además,
de cualquier vocación especial que el Señor tenga reservada para
los jóvenes. Por nuestra experiencia personal, nosotros estamos
capacitados para estar tanto en el origen de la llamada como en
el posterior camino de discernimiento. Haber sido llamados nos
convierte en expertos en la escucha y en el seguimiento del Señor, y
también en acompañantes de cualquiera que haya percibido en su
interior la voz del que le sugiere seguirle.

Por cierto, conviene dejar siempre claro que la vocación es
universal, como lo es la santidad, meta de la llamada. Cada bautizado
ha de ser estimulado a andar según la vocación a la que ha sido
llamado (cf. Ef 4,1), que es muy alta: “ser partícipes de la naturaleza
divina” (2 Pe 1,4). Pero, como esta vocación base es siempre dinámica
y, por tanto, está abierta a la novedad del Espíritu, tras la llamada
inicial vienen siempre otras, que concretan la voluntad del Señor sobre
nuestras vidas en diversos estados y ministerios. “Dios me ha creado
para un servicio preciso. Me ha confiado una tarea que no se la ha
confiado a ningún otro” (Beato Newman).

Te invito, pues, a que, en oración, renueves el gozo de tu llamada
y te aseguro que, en la presencia y compañía del Señor, sentirás el

impulso de llamar a otros a amarle y a seguirle y, en especial a aquellos
y a aquellas jóvenes con los que tienes relación en tu ministerio. La
oración, en efecto, es el clima que nos convierte en animadores de
la vocación. Hace unos días leí una reflexión del Cardenal Ratzinger,
hoy Benedicto XVI, escrita o dicha en el año 2001, en la que habla
de un sacerdote italiano llamado Don Dídimo, que solía decir: “Jesús
predicaba durante el día y de noche rezaba”. A esto comenta el
Cardenal: “Jesús debía adquirir de su Padre Dios a los discípulos.
Esto es siempre válido. No podemos ganar nosotros a los hombres.
Debemos obtenerlos de Dios para Dios”.

¡Es hermoso, verdad! Pero, sobre todo, es extraordinariamente
válido. Por eso te sugiero que alimentes en la oración el celo
vocacional. Si lo haces, seguro que crecerá tu sensibilidad para hacer
de la vocación ese objetivo pastoral imprescindible, que ha de ser
transversal a todo lo demás que haces en tu vida ministerial. Te
aseguro que nacerá en tu corazón sacerdotal una fuerza interior, que te
llevará a ser un vocante con el que siempre cuente el Señor y su Iglesia.

Como esa fuerza es contagiosa, comparte ese bendito “virus” con
tus colaboradores más cercanos y, juntos, constituíos en centinelas
del paso del Señor por la vida de los jóvenes. Que cuando esto suceda,
cualquiera de vosotros estéis a su lado ayudándoles a superar su
perplejidad, quitándoles los miedos y señalándoles a Jesús, para que
reconozcan que la llamada es real y personal. No dejes de estar muy
cerca de la vida de los niños y de los jóvenes, acompaña el camino de fe
de cada uno. Sí, uno a uno, una a una.

Por eso te insisto en que también esta atención cercana a las
vocaciones la lleves a tu oración. Pon en el corazón de Cristo el corazón
de cada uno de los jóvenes en los que puedas haber detectado algún
signo de vocación; y reza también por la sensibilidad vocacional de
los padres, de los catequistas, de los animadores juveniles, de los
profesores de religión, etc.

Para esa oración al dueño de la mies, te propongo un texto del
Evangelio, y te animo a que lo medites a solas con el Señor; aunque en
esa soledad quepa el mundo entero y quepan especialmente aquellos
a los que has sido enviado en tu ministerio sacerdotal. Medita Juan
1,35-51. Léelo todo, porque es estimulante. Pero, aunque todo el texto
es vocacional, me permito invitarte a meditar sobre todo los versículos

35-37: “Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y,
fijándose en Jesús que pasaba, dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Los
dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús”. Estaba Juan
con dos de sus discípulos –que en realidad no eran suyos, porque Juan
sólo era el precursor- y fijándose en Jesús (en quien hay que fijarse)
que pasaba dice: Este es el Cordero de Dios. Apuntó a quien hay que
apuntar en la misión y puso a los discípulos tras la pista verdadera de
sus vidas. Los discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.

No dejes de entrar en toda la verdad de este texto, porque en
él se apunta al qué y al cómo de nuestra vida ministerial. Se apunta
a la verdad de lo que somos y seguramente nos desvela también la
causa de algunos de nuestros errores. ¿Percibimos el paso de Jesús
en el día a día de nuestro ministerio? ¿Estamos atentos al interés que
Jesús despierta en los jóvenes, en nuestros jóvenes discípulos? ¿Somos
diligentes en decir a tiempo, oportuna e inoportunamente: Este es el
Cordero de Dios? Lo que pase o no pase después ya no depende tanto
de nosotros; pero lo que sí espera el Señor es nuestra mediación. Para
eso hemos de estar muy atentos al Señor, muy pendientes de él, de su
paso. Y también estaremos muy atentos a lo que se pueda despertar en
el corazón de los jóvenes a los que señalamos el paso de Jesús.

Seguramente el Señor te dirá también: como el Bautista, no estés
solo, rodéate de los jóvenes. Búscalos como también yo los busqué y
búscalos para mí, que yo los pondré en el camino que haya pensado
para ellos. Que siempre será un camino de servicio a los demás en el
amor de Dios. Y, sobre todo, te dirá que estés en los ámbitos en los que
se gesta la vocación: catequesis, escuela, familia, grupos juveniles…

Si quieres, puedes seguir con alguna otra experiencia vocacional.
Te propongo, por lo “imprevisible”, la vocación de San Mateo 9,9-
13. Quizás te ayude a creer más en las posibilidades de cualquier ser
humano, tanto en la llamada como en la respuesta. No descartes nunca
a los “publicanos”. Ya ves que ellos también anhelan y valoran el tesoro
escondido. También puede servirte la vocación de Pablo (Hch 9,1-22);
sobre todo para que creas en lo “inaudito” de que un perseguidor se
convierta en apóstol. También los que andan en la hostilidad pueden
ser alcanzados por Cristo con una hondura increíble (Filipenses
3,7-16). No olvides que toda vocación auténtica tiene su raíz en la
conversión al Señor.

En esa experiencia de oración con Jesús, estoy seguro de que
renovarás todas las razones que tienes para cooperar con él en la
llamada vocacional. Por mi parte, te pido que hagas lo que puedas.
Sé que es muy complejo, que hay muchas causas para esta sequía
vocacional; pero nosotros hemos de hacer todo lo que esté de nuestra
parte por mostrar a la sociedad, a los católicos, a las familias y a los
niños y jóvenes, que ser llamados enriquece y embellece la vida; que
nosotros, testigos de esta llamada, llevamos en el alma un “ciento
por uno” que no se compara con ninguna otra cosa que se nos pueda
ofrecer como futuro. Y recuerda ante el Señor que, para mostrar la
verdad de lo que somos, no es necesaria una edad capaz de conectar
con los jóvenes; eso sería apoyarse en elementos externos y, por tanto,
superficiales; se necesita tener una vida plena y realizada en Cristo y,
para eso, cualquier edad es buena.

Me consta que hoy no es fácil, pero tú sabes igual que yo que
aún tenemos muchas posibilidades de encuentro personal con los
jóvenes, con tal de que nos propongamos estar entre ellos. Por eso no
dejes de hacerte presente con asiduidad y de un modo significativo
allí donde aún los reunimos. Ellos deben descubrir que te ocupas de
ellos personalmente y, por tanto, que estás dispuesto a escucharlos y
a acompañarlos. En cuanto a los jóvenes que ya se alejaron, hay que
crear plataformas de encuentro, que las hay, aunque reconozco que
nos encontramos con muchas dificultades.

En fin, si quiero que acojas con comprensión y complicidad esta
carta, he de dejar de escribir. Sólo te digo de nuevo: “Ruega al dueño
de la mies (de noche, en la oración) que envíe obreros a su mies; pero
de día, en la misión, en tus contactos pastorales, no dejes de apuntar
al Cordero de Dios, especialmente cuanto estés con los jóvenes.
Te aseguro que a ellos le interesa Jesús y que más de uno te dejará
para ir tras él e interesarse por su casa y por su vida. Y seguramente
alguno se unirá a ti para ir diciendo por ahí, como hicieron Juan y
Andrés: “Hemos encontrado al Mesías”.

Perdona mi osadía, pero he sentido la necesidad de escribirte,
aunque reconozco que le he dado muchas vueltas a si debía o no
hacerlo. Estoy seguro de que al Señor le gusta que lo haya hecho
y quiere que compartamos estas preocupaciones. También estoy
convencido de que nos va a dar lo que necesitamos para mejor servir

a la evangelización en esta Iglesia de Plasencia en los próximos años.
Evocando un documento de la Conferencia Episcopal española, sin
laicos no podremos evangelizar hoy, pero tampoco sin consagrados y
de manera ninguna lo podremos hacer sin presbíteros.

Con todo el afecto de mi corazón, en Cristo Sacerdote.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
Acerca de Mons. Amadeo Rodríguez 194 Articles
Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.