Cristo Rey misericordioso

Mons. Demetrio Fernández   No se nos ha dado otro nombre en el que podamos ser salvados” (Hech 4,12), porque sólo en Jesucristo Dios ha podido decirnos su amor hasta el extremo, sólo en Jesucristo hemos podido pagar a Dios la deuda del pecado, sólo en Jesucristo el odio de los hombres se ha convertido en amor. Entrar en la órbita de su amor nos va configurando con Él, nos hace capaces de amar como ama Él. 

El reino de Dios se ha instaurado plenamente en Jesucristo. Prefigurado largamente en el Antiguo Testamento, con sus luces y sus sombras, en Jesucristo ha llegado a su plenitud, y en Jesucristo “Dios lo será todo para todos” (1Co 15,28). No se trata de un reino de fuerza y de poder, ni menos aún de esclavitud o sometimiento por la violencia. El reino de Dios es “un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (Prefacio de la Misa). El reino de Dios entra en el corazón de los hombres haciéndolos capaces de amar en el servicio, y de ir instaurando la civilización de amor, que proviene de la gracia, frente a la cultura de la muerte, que proviene del pecado.  

Por eso, en el evangelio de esta fiesta de Cristo Rey, aparece Jesucristo como rey y juez universal, retribuyendo el amor con que cada uno hayamos actuado en nuestra vida: “Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos sus ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante Él todas las naciones” (Mt 25,31). Y en ese juicio final seremos examinados en el amor. “Al atardecer de la vida te examinarán del amor” (san Juan de la Cruz). Y recordaremos las palabras de Jesús: “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Un corazón abierto a la misericordia, es un corazón capaz de recibir la misericordia de Dios. “Venid benditos de mi Padre, heredad el reino preparado desde la creación del mundo”.  

Cuando el reino de Dios que Cristo ha venido a instaurar entra en el corazón de todos los hombres, los hombres se hacen capaces de amar al estilo de Cristo, atendiendo al que sufre, al que tiene hambre, al que tiene sed, al forastero, al desnudo, al enfermo. En cada uno de ellos, Cristo se ha disfrazado de mendigo para reclamar nuestra misericordia, para hacernos misericordiosos, para abrir nuestro corazón y de esa manera hacernos capaces de la misericordia de Dios. 

Por eso, Jesús dice: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36), es decir, no proviene de las fuerzas de este mundo, ni siquiera de las fuerzas buenas que este mundo es capaz de producir. El reino de Dios que Cristo ha instaurado proviene de Dios, de su gracia, de su amor, de su misericordia para con los pecadores, y prende en el corazón de quienes se abren a la gracia y por eso se hacen misericordiosos para los demás. Es una corriente de vida que tiene su origen en Dios y que pasa por el corazón de Cristo, donde se recicla el pecado del mundo, convirtiéndose en misericordia para todos. Participar de esa misericordia es la señal inequívoca de que el reino de Dios ha llegado al corazón del hombre, y desde ahí puede alumbrar un mundo nuevo, donde la misericordia (el amor que supera la miseria humana) sea la expresión del reino de Dios. Venga a nosotros tu reino, y seremos salvados de nuestras pobrezas y miserias, de nuestro pecado y de la dureza de nuestro corazón. Venga a nosotros tu reino, y seremos capaces de amar al estilo de Cristo.

 

Con mi afecto y bendición:

 

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.